CrónicasEspeciales

La imaginación antes de los prejuicios

La casa de mi abuelo siempre fue el punto de encuentro. Y hoy, cuando el tiempo ha pasado, sigue siendo el lugar donde mi imaginación vive.

Por Carmen Bonnin

La casa de mi abuelo es el lugar donde las memorias de la infancia recobran vida como espíritus invocados por la mente y la nostalgia de esos años donde la felicidad era absoluta.

Libros mágicosCada viernes era casi un ritual suplicar que ese fin de semana me dejaran dormir donde el abuelo. Me encantaba jugar en el parque y sobre todo el acceso a todo lo que que se me ocurriera. Para mi abuelo mis deseos eran casi órdenes en su inconsciente. Una de las cosas que recuerdo es los libros con tanta información e ilustraciones en las que me sumergía por horas recreando lugares que en ese momento no eran factibles visitar fuera de la imaginación.
La rutina de los fines de semana se convirtió en la de las tardes. Mi abuelo me recogía en el colegio a la hora de la siesta, para llevarme a almorzar con él y luego ir a su empresa en el centro de la ciudad. Allí él me tenía una pequeña oficina al lado de la suya, pero a mí me encantaba bajar a la bodega donde había todo un espacio lleno con cajas con las que construía ciudades de cartón. En esos años mi imaginación no tenía límites.

El retiro

Al cabo de los meses mi abuelo decidió retirarse para descansar en casa, disfrutar de los nietos y de la casa de campo que había comprado junto a mi padre y mis tíos. El retiro de mi abuelo produjo un sabor agridulce en mí, puesto que tendría a mi abuelo tiempo completo, pero mi oficina de la creatividad se había cerrado por tiempo indefinido.
Para mi abuelo, su merecido retiro significó hacer todas esas cosas que por su trabajo y ambición se privó en los años productivos. Con su retiro toda su energía la enfocó en sembrar sus propias frutas y verduras, tener sus propias gallinas y hasta un caballo. «Rufo», el caballo, merece sus propias líneas pero no esta crónica porque se haría interminable.
Mi abuelo ajustó su vida a la tranquilidad que solo ofrece la naturaleza, el campo y las disminución de la responsabilidad, sin afectar el mantenerse ocupado. Él solo cambió sus propósitos y fue feliz. Mientras tanto, yo tenía que experimentar a las ocho años la posibilidad de ajustar mi imaginación al cambio, en ese momento el jardín del patio y la finca se convirtieron en testigos de esa conexión inicial con la naturaleza.
Las vacaciones se convirtieron en ¡el paraíso! La educación tradicional se encontraba en receso y yo expuesta a una realidad completamente diferente para una «damita» de ciudad. Los árboles se convirtieron en estructuras perfectas a las cuales me gustaba retar y conquistar. Pasaba horas jugando con los hijos del capataz; me encantaba compartir con ellos y vivir la experiencia de un niño para el que todos los días eran de la naturaleza. Hoy que miro a la distancia ese pasado, veo que ese niño no sabía muchas cosas del mundo civilizado, debido a la pobre educación rural, pero conocía las entrañas de la vida real mejor de lo que muchos niños y mayores no llegan a conocer en toda una vida, aunque hayan visitado Disney, o estado en París y New York.

Óscar

Óscar, el hijo del capataz, era un niño de mi edad con un cabello rubio y piel oscura no por lo genes, más bien era un bronceado permanente producto de labrar el campo, la caminata de 20 minutos para llegar a la escuela y la deficiencia vitamínica. Fuera de lo externo, él tenía una habilidad increíble para conectarse con lo vivo y divertirse con la perfección de sus escenarios, un niño que no tenía el privilegio del materialismo pero tenía la fortuna que muchos de mi generación consideraban invisible.
Me gustaba ayudarle a hacer las tareas, pero sobre todo ver en sus ojos el hambre por el conocimiento y la curiosidad de saber cómo eran las ciudades americanas que veíamos en los Power Rangers de esa época. En ese entonces yo era el Power Ranger rosado, por evidentes razones; y los árboles, nuestros dinosaurios. Gracias a la imaginación sin límites, en esos momentos estaba realmente presente.
Stephanie Jaramillo o Carmen Bonnin
Yo tenía 10 años y para la familia no estaba bien jugar con los niños de los capataces. Es increíble cómo a esa edad mi inocencia conoció por primera vez los prejuicios, de los cuales todos somos víctimas. La única diferencia que había entre Óscar y yo es que mi familia tenía el poder de pagar a su padre para trabajar, y eso nos daba la aparente oportunidad de estar un escalón más arriba de los de su condición. Eso me hacía parte del círculo vicioso llamado sociedad, que todos criticamos aunque nadie acepte de manera consciente su participación activa.
Quiero aclarar que estas líneas no son una crítica a mi familia ni a la sociedad. Lo que escribo me nace como un tributo a la imaginación, porque fue en ese entorno de mi abuelo y su amor donde yo pude reconocer el mundo en el que estaba creciendo. Un mundo del que no se escapa mi familia, la familia de Óscar y mi propia realidad. Precisamente por ser consciente de esa realidad disfruto el haber compartido y disfrutado en total libertad la belleza de la naturaleza y los juegos de infancia en casa de mi abuelo, porque es un privilegio ser parte de una familia que protege, cuyo amor incondicional me dio la oportunidad de estimular mi imaginación y hasta cierto punto mostrarme la diferencia.
Es increíble para mí hacer este viaje en el tiempo y tener la posibilidad de recordar cómo era mi mundo en esos años donde nuestros padres se convirtieron en los arquitectos de nuestra felicidad y nos permitieron experimentar la dicha absoluta, pero al mismo tiempo prepararnos para un mundo que en nuestros años inocentes era paradójico, en mi tiempo presente ver a mi abuelo es entender que los años pasan y que no somos eternos, que el cuerpo eventualmente se cansa y que todo cambia. Entender que somos experiencia y que cada causa tiene un efecto y que cada acción también tiene un reacción.
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