Ahora su prensa se queja de la invasión china a esta región y a los ‘cantos de sirena’ del gigante asiático con anuncios de cuantiosas inversiones.
Por Rafael Sarmiento Coley, Director
Se queja El País de Madrid, España –en editorial que se publica aparte en este mismo portal- de la cada vez más notoria presencia de la economía china (“el último bastión comunista del mundo”) en América Latina y el Caribe. Hasta cuestiona con discreta ironía la actitud genuflexa que, según el editorialista, asumieron, en reciente reunión en Pekín, varios mandatarios de los países miembros de la Comunidad de Estados de Latinoamérica y el Caribe (Celac), ante el gobierno chino, que anuncia inversiones multimillonarias en estos países en los próximos años.
Inversiones que la nota editorial califica de ‘cantos de sirena’, peligrosos, en momentos en que varios países latinos se encuentran en graves dificultades económicas y de gobernabilidad, lo cual los haría caer de manera tonta en brazos del gigante asiático.
A todo esto hay que recordar que China ha encontrado el camino abierto para entrar sin dificultades a conquistar los mercados de estos países del subdesarrollo debido a que tanto Europa –principalmente España, el interlocutor válido de la región ante la Comunidad Económica Europea – como Estados Unidos – el mejor cliente y vecino de los países latinos-, no se han preocupado a tiempo por la suerte de estas naciones. Ni jamás se emplearon a fondo para ayudarlos a salir a flote de sus niveles de pobreza, con planes de desarrollo correctos. Y con políticas de democratización de la riqueza, que en el caso colombiano está cada vez más concentrada en pocas manos.
Nunca hubo una sincera voluntad política para ayudar a orientar la política y la economía de América Latina y el Caribe. Siempre, como en la época de los bucaneros, llegaron inversionistas piratas que compraban o fundaban empresas, sacaban el capital y unas enormes ganancias, y luego vendían al mejor postor el cascarón de la empresa. No aplicaron jamás la mínima responsabilidad social. Hicieron lo mismo que los colonizadores de hace 500 años: saquearon todas las riquezas naturales (oro, plata, perlas, quina y otras materias primas de la época). Arruinaron las poblaciones aborígenes. Acabaron con la economía primitiva. Y se fueron a la fuerza, pero con las alforjas y la barriga llena. En aquellas épocas de hace 500 años en España se decía en reuniones de palacio, en corrillos y calles “quiero irme a hacer las Américas”, es decir, la esperanza de los españoles era venirse al otro lado del mundo a llenarse de tesoros y regresar a casa con incalculables fortunas. Ahora son los chinos los que, según el editorialista de El País, dicen “me voy a hacer las Américas”.
Aún en los recientes años España ha tenido la oportunidad de hacer algo más que anuncios de buena voluntad y palmaditas en la espalda. Lo pudo hacer antes de que a ella también le llegara su mal cuarto de hora económico. No lo hizo.
Ahora, en una disputa global por expandir sus economías, las grandes potencias irrumpen, como modernos piratas del siglo XXI, en todos estos mercados del tercer mundo, en busca de negocios, y, principalmente, de clientela para su alta producción, hasta el punto penoso de encontrar en mercados como el venezolano, boliviano, ecuatoriano y otros de esta región, no solo calzado, carros y ropas, sino hasta papel higiénico y jabón “Made In China”.
Esa es una presencia invasiva total. Lo que no ocurrió nunca con otras economías impulsadas por la globalización, tal vez por considerar que no valía la pena hacer un mayor esfuerzo por entrar a unos mercados de muy bajo poder adquisitivo.
Lo importante es que se mire la lección. Que empresas de capital español con presencia en Colombia, especialmente en Barranquilla y la Costa (caso Triple A, Electricaribe, Movistar-Telefónica, BBVA y otras), reconsideren el trato que dan a sus clientes, el bajo salario que pagan a sus empleados, y en algunos casos específicos los pésimos servicios que prestan a su comunidad de usuarios. Desde luego, bien sabido es que el modelo económico chino y de varios países asiático es infame e inhumano con sus trabajadores. Colombia, sin embargo, no puede permitir jamás nivelarse por lo bajo en esas materias.
Es verdad que algunas de estas empresas realizan colosales esfuerzos para sobrevivir en una economía con altibajos. Pero, de todas maneras, están soportadas en una solidez política y una indiscutible estabilidad jurídica, como es el caso colombiano, en donde se respeta y hasta se estimula con esmero la presencia del capital foráneo para que venga a generar riqueza sana con empleos de calidad y con una sincera responsabilidad social.












