Crónica de viaje. Las tormentas eléctricas continúan en la Sierra Nevada de Santa Marta. Es la vida que continúa. Conocer sus empinadas, compartir con sus nativos, es una experiencia única.
Texto por Jorge Sarmiento Figueroa – Editor General
Fotos: Maja Petersen, Luciano Tomasetti y Jorge Sarmiento.
Las tormentas eléctricas continúan. La luz de un grueso rayo titila en el plano abierto, tiene el cuerpo de una serpiente descomunal que se lanza y deja la piel en nuestra retina. Todo sucede en una fracción de tiempo en la que quedamos paralizados como animales infantiles, acorralados. Para qué describir el estruendo venidero y el miedo que provoca un trueno cuando uno está desprovisto en el corazón de la montaña. Basta con recordar el rayo que muy cerca de aquí mató a once Mamos de la comunidad Wiwa.
Todo vive
Salimos al mediodía, hace un par de horas atrás, de la casa de Domingo Villafañe, un abuelo arhuaco nacido en el Cesar y habitante de estas tierras desde hace medio siglo. Nos falta la mitad del camino para llegar a la carretera de Palomino, el primer municipio de La Guajira y el último del Magdalena. Una lluvia con fuertes brisas se desata, un resplandor tras otro cubre el cielo de la Sierra Nevada de Santa Marta. Andar se vuelve peligroso por los bejucos que vuelan como proyectiles. Hasta los robles e higuerones parecen querer soltar sus raíces. Ranas y sapos saltan de un lado a otro, las hormigas avanzan raudas acumulando trozos de hojas, una mariposa azul de ojos negros pintados en sus alas se agita bajo la espesura. Hace mucho frío, la lluvia aprieta y amaina según su insondable ritmo, todo tiene vida en esta montaña que es el hogar de cuanto se mueve y respira.
Una ciudad desconocida
En el viaje de ida y regreso nos guía Ángel Villafañe, nieto de Domingo. Es bajito pero muy fuerte y ágil. Caminamos con Maja Petersen, joven voluntaria alemana, y Luciano Tomasetti, fotógrafo argentino. La subida fue el día anterior, desde un hostal en Palomino. Maja y Luciano no conocían la montaña. Yo la he recorrido unas cinco veces desde diciembre de 2012, incluso grabé un documental con la periodista y realizadora española Paula Romero González, en el que Ángel, su familia y este camino son los protagonistas. Sin embargo, tampoco conozco la montaña. Si mi amigo Ángel se nos perdiera en una de las curvas, me vería en aprietos. Estas tierras me parecen más complejas que una ciudad y más vitales que un barrio populoso.
El arca
Volver a ver a Ángel y subir con él a casa de su abuelo es visitar a mis amigos y reencontrarme con un pulmón natural que reverdece mi espíritu. Allá arriba está el ajetreo de siempre. Están los niños Esaú, Isaac y las niñas Yaniris, Yorleidy y Liliana. Los niños tienen nombres bíblicos y las niñas tiene los nombres de moda de la nuevas costumbres citadinas que también llegan a estos confines, pero los cuatro son arhuacos del cabello a los pies. La casa es de ladrillos, en obra negra.
Al lado está una choza dividida en dos áreas, una para la cocina y otra para el comedor. No hay electricidad, no hay gas, no hay acueducto, no hay baños, no hay redes de telefonía fija. La basura que se ve a los lados de Pisonada, como se llama esta zona, es porque la trajeron los «hermanos menores». Nosotros. La casa es en sí misma un arca de animales: perros, gallos, gallinas, pollitos, palomas, cerdos, chivos, burros, mulos, patos, pavos, sapos, ranas, lagartijas, gatos, garrapatas y un zaíno al que llaman Enrique, igual a un jabalí pero más pequeño, que antes era la ternura del hogar y ahora que creció tuvieron que arrancarle los colmillos porque se comía a los pollitos.
Las plagas
Ya nos hemos bañado en un chorro natural a pocos metros de la casa. Lavamos un poco la ropa, que huele a monte. Nos cambiamos y tomamos el café. Con la lluvia que arrecia y el monte crecido nos imaginamos que dormiríamos bajo un infierno de mosquitos. Domingo nos ve echarnos repelente hasta en el rostro y nos dice sonriente: «la plaga se quedó en Palomino.
Allá donde está la basura y el desorden hay más mosquitos que acá arriba». Al vernos las garrapatas en la piel nos baña con un plaguicida. Santo remedio, por ahora. Cenamos y cayó la noche. Cuando la oscuridad llega no hay vela que entretenga. Hay mucho cansancio después de una subida de cuatro horas. Puede que sean las seis o siete de la noche pero en Pisonada es hora de dormir.
Despertar
Los tres dormimos en hamacas dentro de la casa; Domingo, en uno de los cuartos; el resto, en hamacas en el comedor. Hay un silencio absoluto, que dura hasta que un gallo canta. Enseguida otro le responde. Dicen que es cada media hora exacta que uno canta y el otro responde. A Maja, Luciano y a mí nos parece que es a cada minuto. Luego de los gallos se escuchan las palomas, que viven en un alero del techo de la casa y como es de zinc sus pisadas parecen baquetazos contra redoblantes. Después los perros, después el cacareo de las gallinas. Todavía no hay asomo del sol pero los animales ya hicieron el día. Domingo sale como una sombra, escuchamos cuando despierta a una de las niñas para que haga el aseo. Él va a esperar a que despertemos porque nos quiere llevar a su nueva finca.
La siembra
La última vez que vine crucé un arroyo para llegar a la parcela donde Domingo tiene cacao, yuca, ñame, hoja de coca para el hayo, especies vegetales y un estanque para el cultivo de peces. Lo importante era el cacao, que ocupaba el frente de una empinada. Esta vez vamos a otra parcela. Está ubicada en un lugar más alto. Nuestras piernas están molidas, el café que tomamos antes de salir nos da un poco de energía para el aguante. «Busqué esta tierra para sembrar más comida. Con lo de abajo no alcanzaba. La sequía nos estaba dando muy duro», cuenta Domingo.
El espacio es pequeño pero bien repartido. Es evidente la sabiduría natural del campesino indígena. Hay ñames de raíces blancas y fornidas, ahuyamas más grandes que un balón de baloncesto, yuca, plátano, caña de azúcar, especies. Donde uno pise hay tierra cultivada. Con todo lo que hay aquí uno piensa que si el mundo se acabara allá abajo, acá seguiría la vida. La lluvia debe de ser un milagro en estos momentos, pero Domingo mira el cielo y nos enseña lo que ya sabíamos y habíamos olvidado: «mucha lluvia también afecta. El cambio del clima es muy rápido ahora. Toca ir mirando cómo sobrevivir».
El ñeque
Yo creía que el nombre verdadero de la comunidad indígena era Arhuacos. No es así. Es Wintukwa. Domingo siempre habla con Ángel en Ikun, su lengua nativa. A lo lejos escuchamos unos perros ladrar. «No son los nuestros», dice Ángel. «Son del vecino, parece que están buscando un ñeque. Damián está rastreando», añade Domingo. Damián es un joven indígena Yukpa, de la Serranía del Perijá. Se vino a vivir a Pisonada hace menos de un mes, en busca de mejor vida. Es fuerte y muy activo. Aparece y desaparece como un rayo. Cada vez que aparece añade un pedazo de historia de su cacería del ñeque. No ha podido atraparlo porque engaña a los perros. El ñeque se come la yuca y la ahuyama, una buena razón para atraparlo. La otra razón es que su carne es muy sabrosa. El tiempo pasa y tenemos que irnos de la parcela. Con Ángel, Luciano y Maja vamos adelante. Domingo y Damián se quedan tras el rastro del ñeque. De pronto aparece Damián detrás de nosotros, viene feliz con el roedor en una mano colgando muerto de las patas. Nos detenemos para que nos cuente su faena. Domingo lo llama a lo lejos. Él suelta al animal, se va y pronto vuelve malhumorado. «Parece que le va a dar el ñeque al vecino. Dice que los perros vinieron de muy lejos y son de él, que atravesó mucho camino y merece la presa». Él no está de acuerdo.
Regresar
Estamos cansados. Hemos desayunado y dormimos una siesta. Es mediodía, hace mucho sol, pero hay que volver. Nos levantamos para preparar el regreso. Contemplamos una vez más el espectáculo de los picos nevados y el paisaje de la Sierra. «Kunkunu son las montañas, Gwirkunu son los nevados», nos explica Yorleidi. Ya nos vamos, Domingo nos detiene: «Tienen que almorzar. Hay ñeque». ¿Hay ñeque? pensábamos que lo habían regalado. Nos lo sirven en una sopa, en verdad es muy delicioso. «Esta carne allá abajo cuesta más que la de la vaca», nos explica el abuelo.
Mira a Damián, lo ve radiante y nos dice en voz alta, para que también el Yukpa escuche: «El vecino es familia. Aquí todos lo somos. Si los perros de él vinieron tras el ñeque y él también vino detrás, no importa que nosotros lo hayamos cogido, el animal hay que dividirlo. Así ellos tienen comida y nosotros también. Y se va a llevar en su mulo un bulto de ahuyamas mías, para que le quede más rico». Damián poporea, es joven y se le nota la irreverencia, pero acata la sabiduría del anciano.
Alimento
Las tormentas eléctricas continúan. El sol bajó muy rápido, serán apenas las dos de la tarde pero todo está oscuro por la lluvia. En el cielo, justo ahora enfrente de nosotros, se marcó el rayo en forma de cascabel mitológica. Ya no tengo miedo. Vuelvo a recordar a los Mamos Wiwas y me pregunto: ¿Para qué hizo el Ejército semejante esfuerzo de traer once ataúdes en helicóptero cuando los Mamos murieron? Deduzco que lo hicieron porque tenían que demostrar solidaridad en nombre del Gobierno, y valor por los indígenas aunque ignoren las costumbres nativas de la Sierra. Son las típicas acciones de nosotros, los «hermanos menores». Para los Wiwas esos ataúdes fueron un encarte, once árboles talados para nada porque esta gente cuando muere vuelve a la tierra tal como vinieron. Sin nada. Sin ataúd. Allá arriba lo que muere queda como alimento en las entrañas de los cerros. Y lo que vive existe con lo que la montaña le da, con lo que la tierra le permite. De aquí bajan 19 ríos que alimentan a dos departamentos. Quizás por eso uno camina por sus senderos y respira su aire, como no lo haría en otro lugar en medio de una tormenta eléctrica.












