Por: Francisco Figueroa Turcios
Hay hombres que guardan fotografías en álbumes, otros conservan cartas amarillentas por el tiempo y algunos atesoran canciones que los devuelven a los días felices de su infancia.
Wilfredo Rosales Ortega, en cambio, lleva su tesoro más preciado dentro de la cabeza. Allí, en los laberintos de su memoria, habitan fechas de nacimiento, nombres de artistas, historias de juglares y los secretos discográficos de quienes han contribuido a escribir la historia de la música vallenata.
Wilfredo Rosales, nació el 26 de junio de 1969 en Sincé, Sucre, sin sospechar que la vida le había concedido un privilegio que tardaría años en descubrir. No necesitaba una biblioteca para consultar los datos que le interesaban ni un archivo de papel para reconstruir episodios de la historia musical que lo apasionaba. Su memoria, silenciosa y prodigiosa, comenzaba a convertirse en un archivo humano del vallenato.
Pero el descubrimiento de aquella facultad extraordinaria no ocurrió en una parranda, en un festival de acordeones ni durante una conversación con los grandes conocedores del folclor. Tampoco sucedió mientras escuchaba una canción de Alejo Durán o de los hermanos Zuleta. La revelación llegó en el lugar menos imaginado: su puesto de trabajo como vigilante de un edificio Tierra Alta en el barrio Belen en la Capital de Antioquia.

Foto: Wilfredo Rosales e Israel Romero
La avería de unos citófonos, en el edificio Tierra Alta, que en principio parecía un simple inconveniente cotidiano, terminó abriendo una puerta hacia una capacidad que el propio Wilfredo Rosales desconocía.
Los residentes necesitaban comunicarse con la portería y el sistema de citofonía había dejado de funcionar. La solución provisional consistía en llamar por teléfono a cada apartamento. El administrador le entregó entonces una libreta en la que estaban registrados los números telefónicos de los propietarios.
Wilfredo se enfrentó a aquella lista sin imaginar que estaba a punto de descubrir uno de los secretos mejor guardados de su propia existencia.
—El administrador del edificio Tierra Alta en el barrio Belen me entregó una libreta donde aparecían los teléfonos de los residentes. Recuerdo que los tres primeros dígitos de los números eran 256; solo tenía que agregar los otros cuatro dígitos restantes. Al cabo de tres semanas ya me sabía los 250 números telefónicos mediante el método de asociación. Así fue como descubrí que tenía una memoria prodigiosa —relata Wilfredo Rosales.
Dos meses antes, o incluso el día anterior, aquellos números habrían sido simples combinaciones de cifras impresas sobre el papel. Sin embargo, su cerebro encontró la manera de relacionarlos, ordenarlos y conservarlos. Lo que para otras personas habría sido una tarea rutinaria de consulta se transformó en un ejercicio de aprendizaje que terminó revelándole una habilidad excepcional.
Los 250 números telefónicos fueron las primeras piezas de un rompecabezas que, con el paso del tiempo, adquiriría una dimensión mucho mayor. Wilfredo Rosales descubrió que su memoria no solamente podía almacenar cifras: también podía convertirse en una herramienta para organizar conocimientos, reconstruir historias y preservar información. Sin saberlo, había encontrado la llave de un universo que desde niño lo esperaba al otro lado de una melodía: el folclor vallenato.
Dos casetes y un amor por el vallenato para toda la vida

La historia de Wilfredo Rosales con la música vallenata había comenzado mucho antes de aquella revelación en la portería del edificio. Su primer encuentro con el folclor no tuvo la solemnidad de una ceremonia ni la grandeza de un festival. Fue una experiencia doméstica, de esas que parecen insignificantes cuando suceden, pero que con los años adquieren el valor de un recuerdo fundacional.
Wilfredo, tenía diez años cuando su padre, Alfonso Rosales, compró dos casetes en Maicao, La Guajira. Eran dos pequeñas cajas de plástico que guardaban mucho más que canciones: contenían sonidos, historias y emociones que terminarían acompañando a su hijo durante toda la vida.
Uno de los casetes era Los elegidos, del Binomio de Oro; el otro, Tierra de cantores, de los hermanos Zuleta. —No me cansaba de escuchar los dos casetes en una vieja grabadora marca Sony y así fue como me enamoré de la música vallenata —recuerda Wilfredo Rosales
Aquellas cintas se convirtieron en compañeras inseparables de Wilfredo Rosales en infancia. Cada reproducción era una oportunidad para volver a escuchar las canciones, reconocer sus detalles y familiarizarse con un mundo musical que comenzaba a despertar su curiosidad.
Mientras otros niños encontraban sus pasiones en los juegos de la calle o en las canchas de fútbol, Wilfredo Rosales descubría que una canción podía ser el comienzo de una historia interminable. Detrás de cada interpretación había nombres, fechas, agrupaciones, grabaciones y episodios que merecían ser conocidos.
El niño que se enamoró del vallenato por medio de dos casetes comenzaba a desarrollar una relación cada vez más profunda con ese universo sonoro. La música dejó de ser solamente una compañía para convertirse en un territorio que deseaba explorar. Y cuando una pasión encuentra una memoria capaz de retener sus secretos, el conocimiento empieza a multiplicarse.
1991: el vallenato encontró un lugar en su memoria…

En 1991, Wilfredo Rosales comenzó a comprender la dimensión de la información que había acumulado sobre la música vallenata. No se trataba únicamente de recordar canciones o identificar voces. Su interés se había extendido a los detalles biográficos de los protagonistas del folclor y a las colecciones discográficas de cada uno de ellos.
—Comencé a investigar y memorizar información sobre la música vallenata. En el año 1991 fue cuando me percaté de que tenía almacenados en el disco duro de mi memoria todos los datos pormenorizados de las fechas de nacimiento de los protagonistas de la música vallenata y cada una de sus colecciones discográficas. Por eso me enrumbé por este folclor —explica Wilfredo Rosales.
La comparación con un disco duro no es gratuita. En su memoria, Wilfredo Rosales comenzó a construir una especie de fonoteca invisible, un archivo sin estanterías donde los nombres y las fechas encontraban su lugar junto a las grabaciones que marcaron distintas épocas del vallenato.
Su curiosidad lo impulsaba a investigar; su capacidad de recordar le permitía conservar lo aprendido. Ambas facultades terminaron alimentándose mutuamente hasta convertir aquella afición infantil en una dedicación que iba mucho más allá de escuchar música.
El vallenato, con su diversidad de voces, acordeones, compositores, intérpretes y producciones discográficas, se transformó en su gran territorio de exploración. Cada dato aprendido abría la posibilidad de encontrar otro. Cada artista conducía a una época. Cada colección discográfica permitía reconstruir una parte de la historia.

Wilfredo Rosales había encontrado su camino sin necesidad de que nadie se lo señalara. Primero fueron los dos casetes que su padre compró en Maicao. Después, los 250 números telefónicos que memorizó para resolver una dificultad en su trabajo. Finalmente, la certeza de que poseía una capacidad que podía poner al servicio de su pasión.
A veces, los talentos no llegan acompañados de anuncios extraordinarios. Se esconden en la rutina, esperan una oportunidad y aparecen cuando menos se les busca.
En el caso de Wilfredo Rosales, el destino no necesitó un escenario ni un acordeón para revelarle su don. Le bastó una libreta de teléfonos, tres semanas de asociaciones mentales y una colección de recuerdos que ya comenzaba a crecer desde aquella infancia en Sincé.
Porque hay hombres que escuchan vallenatos y otros que, además de escucharlos, se dedican a guardar en su memoria las huellas de quienes los hicieron posibles. Wilfredo Rosales pertenece a esa segunda estirpe: la de quienes encontraron en la música una pasión y en la memoria una manera de preservar su historia.
El día que nació el apodo la Biblia del Vallenato

Los 250 números telefónicos que Wilfredo Rosales memorizó en la portería del edificio Tierra Alta fueron la primera señal de que su memoria tenía capacidades extraordinarias. Sin embargo, faltaba que alguien descubriera hasta dónde llegaba aquel archivo invisible que llevaba en la cabeza. El responsable de ponerle nombre a ese talento sería su paisano Eugenio Jiménez Meza, profesor de la Universidad de Sucre, sin imaginar que aquella expresión espontánea terminaría acompañando a Wilfredo durante años.
La historia ocurrió en el mismo escenario donde había comenzado a descubrir su prodigiosa capacidad: la recepción del edificio Tierra Alta, en el que trabajaba como vigilante.
—Recuerdo que la novia Patricia Ávila, de Eugenio Jiménez Meza, quien hoy es su esposa, trabajaba en el edificio Tierra Alta, donde yo laboraba como vigilante. Un día, cuando él fue a visitarla, yo estaba en la recepción y tenía el álbum El cantor de Fonseca, de Jorge Oñate. Comencé a reseñarle los nombres de cada una de las canciones y sus respectivos autores —cuenta Wilfredo Rosales.
Hace una pausa para contestar una llamada y luego continua el relato. «Dos semanas después Eugenio regresó a visitar y me hizo varias preguntas sobre la música vallenata y quedó atónito por mis respuestas rápidas sobre cada interrogante sobre la música vallenata» acota Wilfredo Rosales.
Eugenio Jiménez escuchaba y comprobaba cómo aquel hombre, desde su puesto de vigilante, desgranaba los detalles de cada pregunta sobre la música vallenata con una precisión que lo sorprendía.
—¡Wilfredo, usted es la Biblia del Vallenato! —exclamó Eugenio Jiménez. Eso fue el 28 de mayo 1998
La frase nació espontáneamente, como esas ocurrencias que parecen destinadas a quedarse para siempre. No fue el resultado de una campaña publicitaria ni de una estrategia para construir una imagen. Fue el reconocimiento de un hombre que acababa de descubrir, en una conversación cotidiana, la dimensión del conocimiento musical de su interlocutor.
Aquel día, en la recepción de Tierra Alta, Wilfredo Rosales recibió un nombre que terminaría siendo tan familiar como el suyo propio: La biblia del vallenato. El apodo comenzó a recorrer los caminos del folclor. Pasó de una conversación a otra, de un aficionado a otro, de una parranda a una reunión de conocedores. Con el tiempo, quienes querían identificar a Wilfredo dentro del mundo de la música vallenata comenzaron a llamarlo por aquel remoquete que había nacido de la admiración de Eugenio Jiménez Meza.
El talento de Wilfredo, es una bendición de Dios…
Para Wilfredo Rosales, la memoria prodigiosa que le permite recorrer los caminos de la música vallenata sin necesidad de consultar libros ni archivos no es solamente un talento extraordinario. Es una bendición de Dios, un regalo que reconoce con gratitud y que se ha convertido en la mayor riqueza de su existencia.
En un mundo donde muchos miden sus tesoros por el dinero acumulado, las propiedades adquiridas o los bienes materiales, Wilfredo Rosales tiene una respuesta distinta. Su fortuna no está guardada en una caja fuerte ni necesita una cuenta bancaria para contabilizarse. Está dentro de su cabeza, en ese territorio prodigioso donde conserva los nombres de los artistas, las fechas de nacimiento, las canciones, los compositores y las colecciones discográficas que forman parte de la historia del vallenato.
—Mi gran riqueza es mi talento —reflexiona Wilfredo Rosales. La frase resume su manera de entender la vida. Wilfredo sabe que aquello que lo distingue no se puede comprar ni transferir. Es una capacidad que ha cultivado con los años, alimentada por la investigación, la pasión por el folclor y una memoria que se convirtió en su sello personal.
Pero detrás de la gratitud también habita una preocupación profundamente humana: el deseo de conservar intacto ese tesoro mientras transcurren los años. Por eso, en sus conversaciones con Dios, Wilfredo eleva una petición que nace de lo más íntimo de su corazón.

Wilfredo Rosales, le pide a Jesucristo que le conceda una vida larga, pero que esa longevidad llegue acompañada de una memoria intacta. Que el paso del tiempo no le arrebate la capacidad de recordar aquello que ha dedicado tantos años a aprender. Que pueda continuar evocando los nombres, las fechas y las canciones que le han dado identidad dentro del universo vallenato. También le pide que lo libre del párkinson, enfermedad que teme por su posible impacto en su capacidad de seguir ejerciendo el talento que considera su mayor riqueza.
No es solamente el temor a olvidar. Es el deseo de seguir siendo quien ha construido a través de los recuerdos. Porque para Wilfredo Rosales, perder la memoria significaría mucho más que dejar escapar cifras, nombres o fechas. Sería enfrentarse a la posibilidad de que se desdibujara una parte esencial de su relación con el folclor que ama.
Aquel niño que nació en Sincé, Sucre, se enamoró del vallenato escuchando los casetes de Los elegidos, del Binomio de Oro, y Tierra de cantores, de los hermanos Zuleta, jamás imaginó que un día convertiría esa pasión en su principal patrimonio. Tampoco sabía que una libreta con 250 números telefónicos le revelaría una capacidad extraordinaria, ni que un profesor universitario terminaría bautizándolo como la Biblia del Vallenato.
Hoy, cuando mira el camino recorrido, encuentra en esos episodios las señales de una historia que parece escrita con la tinta invisible de la memoria y la fe.
Wilfredo Rosales agradece el talento que le fue concedido y le pide a Dios que se lo permita conservar. Su mayor aspiración no es acumular más riquezas materiales, sino seguir disfrutando de esa capacidad que le permite viajar por décadas de historia musical sin abandonar el lugar donde se encuentra.
Al fin y al cabo, hay tesoros que se guardan bajo llave y otros que viven en los recuerdos. El de Wilfredo está hecho de acordeones, voces, compositores y canciones. Es un patrimonio que lleva consigo y que desea conservar mientras la vida se lo permita. Porque su gran riqueza, como él mismo dice, es su talento. Y su plegaria más profunda es poder seguir recordando.
Doce festivales vallenatos…

Foto: Wilfredo Rosales y Adolfo Pacheco
La memoria de Wilfredo Rosales no conoce fronteras. Durante años ha guardado en sus archivos mentales los nombres de los juglares, las fechas que marcaron sus vidas, las canciones que inmortalizaron sus voces y las producciones discográficas que enriquecieron el folclor. Pero ese conocimiento no se ha quedado quieto, encerrado en los laberintos de su cerebro. También ha viajado con él hasta Valledupar, la capital mundial del vallenato, donde ha tenido la oportunidad de compartir su sabiduría con los amantes de esta expresión musical.
Wilfredo ha asistido a doce festivales vallenatos. El primero, en 1999, llegó como una recompensa inesperada, de esas que parecen confabularse con el destino para abrir caminos que hasta entonces solo existían en la imaginación.
Su viaje inaugural a Valledupar no nació de una invitación académica ni de un compromiso como conferencista. Fue el premio de un concurso organizado por la emisora Estrella Stereo, en Medellín, la capital antioqueña.
—El primer Festival Vallenato al que asistí fue en el año 1999. Recuerdo que fui porque me gané un concurso en la emisora Estrella Stereo, en la capital de Antioquia. El premio era ir a Valledupar al Festival Vallenato con todo pago: incluía tiquete aéreo, hotel y alimentación —recuerda Wilfredo Rosales.

Foto: Wilfredo Rosales y Javier Matta, rey vallenato 2023
Aquel premio le permitió a Wilfredo Rosales vivir de cerca una celebración que hasta entonces conocía principalmente a través de la música, las investigaciones y los recuerdos que almacenaba en su memoria. Valledupar dejó de ser solamente un nombre ligado a las canciones y los juglares para convertirse en un territorio que podía recorrer, escuchar y sentir.
Lo que comenzó como un viaje ganado en un concurso radial terminó abriendo una puerta que permanecería abierta durante los años siguientes. Desde aquella primera visita en 1999, Wilfredo continuó asistiendo a los festivales a los que era invitado para dictar conferencias sobre el folclor vallenato.
La transformación es significativa: el hombre que descubrió su talento memorizando números telefónicos terminó viajando para compartir los conocimientos que había acumulado sobre la música de acordeones. La libreta de teléfonos había sido el primer escenario de su memoria prodigiosa; las conferencias se convirtieron en una oportunidad para poner ese conocimiento al servicio de los demás.
En cada invitación hay un reconocimiento a su dedicación y a su capacidad para reconstruir los detalles de una historia musical que atraviesa generaciones. Porque el vallenato no está compuesto únicamente por canciones que se escuchan y se bailan. También está hecho de nombres, fechas, compositores, intérpretes y grabaciones que merecen ser recordados para que el paso del tiempo no borre las huellas de sus protagonistas.
Doce festivales después, aquel viaje de 1999 conserva el valor simbólico del comienzo. Wilfredo Rosales llegó a Valledupar gracias a un concurso de radio y, con el tiempo, regresó invitado para hablar de aquello que mejor conoce y más ama.
El destino le había pagado el primer viaje con un premio. Los años siguientes le ofrecieron otra recompensa: la posibilidad de convertir su pasión en conocimiento compartido.
Así, Wilfredo Rosales Ortega, la Biblia del Vallenato ha seguido viajando con sus recuerdos a cuestas, llevando en la memoria las páginas de un folclor que no necesita estar escrito en un libro para vivir en la conciencia de quienes lo aman.











