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Ni estatua ni memoria: la deuda con Marco Coll

Por: Francisco Figueroa Turcios

Hay goles que se celebran un instante y se desvanecen en la memoria. Otros, en cambio, se quedan suspendidos en el tiempo, desafiando generaciones, como una postal imborrable del fútbol mundial. El gol olímpico marcado el 3 de junio de 1962 por  Marco Coll, en el Campeonato Mundial de Fútbol celebrado en Chile, pertenece a esa estirpe inmortal: un gol en un campeonato del mundo, una proeza que ningún otro jugador ha logrado repetir en la historia de la Copa Mundial de la FIFA.

Pero mientras el mundo del fútbol lo reconoce como una rareza gloriosa, en su propia tierra, Barranquilla, el eco de esa hazaña parece diluirse entre promesas incumplidas y homenajes que nunca se concretan.

Mario Alberto Coll, su hijo, lo afirma sin estridencias, pero con el peso de los años: el reconocimiento sigue siendo una deuda abierta. “Nos han prometido, homenajes, monumentos, recordatorios… Esperábamos que el Complejo deportivo de la Selección Colombia que se construyó en el proyecto urbanístico Alameda del Rio en el norte de Barranquilla llevaría el nombre de mi padre, pero todo se ha quedado en palabras”, confiesa, como quien ha aprendido a convivir con la espera

Mario Alberto y su padre Marco Coll

Mario Alberto Coll creció escuchando la historia de la hazaña del gol olímpico como quien hereda una leyenda viva. No la leyó en Diario del Caribe, ni en El Heraldo o en las enciclopedias de la historia de los mundiales de fútbol, ni la vio repetida en pantallas: la vivió en casa, en la voz de su padre, Marco Coll, en los silencios cargados de nostalgia, en los recuerdos que nunca necesitaron exageración.

En la voz de Mario Alberto Coll, no hay rabia, hay cansancio. El cansancio de quien ha visto pasar gobiernos, dirigentes deportivos y promesas. De quien ha escuchado homenajes anunciados con solemnidad… y luego archivados en el olvido.

Audio Mario Alberto Coll

Porque si bien el nombre de Marco Coll aparece en las estadísticas, en los registros y en la historia oficial, el reconocimiento tangible —el que se ve, el que se siente, el que honra— sigue siendo una deuda pendiente.


El gol ocurrió en un contexto donde Colombia apenas empezaba a asomarse al mapa del fútbol mundial. No había reflectores permanentes ni cámaras en todos los ángulos. Lo que hubo fue talento puro, en estado natural.

En un torneo donde han brillado nombres inmortales, donde han caído récords y se han levantado imperios futbolísticos, el gol olímpico de Coll sigue siendo un territorio inexplorado. Nadie ha vuelto a marcar uno igual. Nadie ha logrado repetir esa mezcla exacta de precisión, audacia y destino.

Mario Alberto lo resume con una frase que pesa más que cualquier estadística: “A mi papá lo recuerdan más afuera que aquí”. Y tal vez ahí está la herida.

Porque no se trata solo de un homenaje simbólico, de una placa o de un acto protocolario. Se trata de reconocer que en ese gol hay una parte de la identidad futbolera del país. Una pieza única, irrepetible, que debería ser motivo de orgullo permanente.

Y tal vez ahí, en ese balón que aún parece no haber caído del todo, está la verdadera deuda: no con el hombre, sino con la memoria.

Porque mientras el gol de Marco Coll sigue girando intacto en la historia de la Copa Mundial de la FIFA, Colombia continúa en fuera de lugar frente a su propia grandeza, dejando que una de sus gestas más puras sobreviva apenas en el recuerdo, cuando debería estar escrita —con justicia y sin demora— en el lugar más alto de su identidad futbolera.

Sobre el autor

Comunicador y Periodista. Editor deportivo de Lachachara.co, tiene experiencia en radio, prensa y televisión. Se ha desempeñado en medios como Diario del Caribe, Satel TV (Telecaribe), RCN, Caracol radio, Emisora Atlántico, Revista Junior. Fue Director deportivo de la Escuela de fútbol Pibe Valderrama y dirigió la estrategia de mercadeo y deportes de Coolechera. Para contactarlo: Email: figueroaturcios@yahoo.es
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