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Hambre en el bulevar y peligro en el parque partuzero

Fuente de la imagen: El Espectador

Por Randy Gómez Africano «El Gonzolombiano»

Interludio de Estudiantado After Hours: Reportajes en Gonzo sobre la rumba universitaria bogotana.

No hubo fiesta en Deja Vü ni forma de erradicar el veto a mi persona en algún otro antro, así que estoy en medio del desocupe y ahora el estómago me presiona como si me apretaran o hundieran unos dedos en mis mejillas por el hambre. Así que por ello, de golpe me meto por los lados de la novena, rondando por el local de El Perrote y la sede de Colpensiones, y entro a la 59 en la búsqueda de alimentos.

Esta zona es habitual para mis deberes de manutención de estudiante foráneo solitario, pues su local de D1, ubicado al sur de la calle, ha sido mi único expendedor de víveres mensual cercano en estos días-o al menos el único que puedo costear, pues un Carulla Express solo sirve para perros de 5 mil-, su Oxxo me ha resuelto alguna compra y almuerzo escaso, y su local de Crik, metido entre tiendas de esquina y cafés-restaurantes, me ha sacado del hambre con su combo de 14 mil.

Aquella también está llena de oscuros antros ruidosos y apretados, metidos en diminutos locales que tienen un tamaño inversamente proporcional al ruido de sus rancheras y las multitudes sentadas en sus sillas emborrachándose y conversando asuntos personales controversiales-es decir contándose chismes-, por lo que también es posible que encuentre mi rumba ansiada en esta calle.

Pero hoy este no es el caso, pues mientras bajo veo al D1 cerrado y solo encuentro varios locales de tipo LGTB vacíos a pesar de lo prendidas y vivas que están sus luces.

-No hay nada aquí-pienso

Por aquello me devuelvo y subo de golpe, pasando por bares y un edificio blanco moderno abandonado y cubierto en garabatos, barricadas y grafitis, pero solo veo al Crik cerrado, a la hamburguesería artesanal ubicada al frente del Oxxo en medio de la salida diario de sus trabajadores; y a todo bar ruidoso en sus horas bajas.

-No hay nada que hacer aquí, definitivamente-vuelvo a pensar

En eso, todo el viaje y su ruta son vueltos a hacer, pero al revés, y ahora estoy parado como un regala-folletos callejero, en la Novena otra vez. No miro mayor cosa que un local de arepas del país vecino, así que harto y alertado de mi falta de plata, me meto en él, buscando meterme unos pasapalos, que alguna vez comí alcoholizado a causa de su precio inferior a los 10 mil.

***

– ¿Cuánto por la pepiada?

-14-dice el moreno grueso de la caja

– ¿Cuánto por el pabellón?

-16

– ¿Qué tan grandes son las arepas?

El moreno saca una bola de masa y al mismo tiempo junta sus manos, creando un círculo de no más de 10 centímetros. Obviamente, con ello me responde.

– ¿Eso cuesta 16 mil?

-Si, esa es la porción y viene en este plato-responde

-Ok, ¿Cuánto es que costaban los tequeños?

-10 mil

-Ok, muchas gracias

No convencido, y disgustado por la falla, me retiro de ahí. Ahora lo único que queda es pasar, a ver si ahí hay algo así sea insalubre, por el siempre de fondo y nunca protagonista parque partuzero y loco: El Parque de los Hippies.

***

Aquel, ahí metido entre las luces anaranjadas de los postes y el ruido callejero, es una explanada rectangular de ladrillos de unos cien metros cubierta por bases para bicicletas; uno que otro vendedor nómada que vende alguna manilla o postre sospechoso en tuppers viejos; postes de todo tipo; grafitis; edificios robustos clásicos de esta ciudad; varios árboles de ramas raquíticas que en otras temporadas son robles coloridos; y, específicamente, grupos de veinte o treintañeros abrigados que conversan alegres entre humaredas pequeñas y el olor de cigarrillos de alguna cosa inaudible por mí, que paso por su zona trasera en la búsqueda de algún lugar donde estos estén por cantidad para andar “más seguro”.

Esa última descripción es un eufemismo y reduccionismo. En realidad, tanto en esta noche como en cualquier otra, dentro este parque se da la congregación de mucha de esa escondida pero gigante sociedad juvenil, mal llamada alternativa, por la que la capital es referente a nivel nacional, y es común la presencia y/o manifestación de estilos de vida y pensamientos diversos.

Nunca hacen falta por aquí las batallas de rap-que se dan cada jueves por la noche-, los grupos de cabellones barbados conversando; las manifestaciones artísticas de colectivos como el feminista; los patinadores deslizándose en el suelo de ladrillo y alguna que otra rampa; los conciertos gratuitos de presupuestos provistos por una secretaria local; y ferias con ventas de productos hechos a mano, stickers, comida, ropa y accesorios.

Sin embargo, lo más importante y notorio del parque, y no en un mal sentido, es el eterno sobrevuelo en el ambiente del olor a marihuana, emanada de los tabacos que los ya mencionados grupos de veinte y treintañeros aspiran de manera social y tranquila mientras charlan sentados en las banquetas de la zona aledaña a la acera principal-y al CAI de Chapinero- o aquella que se emplaza al frente del Academia 59 y los demás edificios residenciales.

En esa última zona, posicionado en su rampa-calle de ladrillo usada para llegar a estas construcciones, comienzo a caminar para llegar a la esquina. La creencia de que hay más seguridad por aquí está presente y parece evidenciarse al encontrarme presente una muralla de gente tanto sentada en las bancas como de pie en plena traba y sonrisa, por lo que me siento más calmado aquí.

Pero inmediatamente todo cambia al entrar en ese espacio y ellos posar sus miradas en mí. Mientras camino, una muchacha esbelta me ve atemorizada, y su novio-o un hombre larguirucho en buso relacionado a ella- con cara de sospecha me acecha, mirando intermitente mis pasos para hallar cuando saltarme encima; un par de muchachos flacos y con cortes mullet que charlan en un banco se callan, y como perros de seguridad me ven mala carosos de un lado y después de otro; y hasta algún que otro montón de personas agrupadas no hacen más que poner caras enigmáticas, perdidas o disgustadas al verme.

Justo ahí se acerca uno hombre canoso, bajito, desdentado y de vestimenta vieja  parte baja que indica que es habitante de la calle, y en un arranque me dice:

– ¡Esto es la tierra y la calle! (O algo así, no le entendí bien qué dijo)

Inmediatamente unos ojos sobresaltados y un gesto sorprendido se posan en mi cara, y en medio del temor y la pasada efímera por el Sofía Café, acelero el paso. Voy tan en disparada en mi paso que poco me falta para echar a correr y la gente, cumpliendo la recién llegada sensación de que me seguirán, salga detrás de mí. 

Tanto es así que finalmente, a la velocidad de un maratonista, paso el letrero lleno de rayones de BOGOTA, veo que carros llegan a la bomba a su derecha y, ahora estoy aquí, en pleno cruce a la Séptima. Justo a un metro de las casas marrones, a un paso de la cebra con la bandera lgbt y a un cruce de llegar al edificio de enfrente, y por ende, al único Salvator’s Pizza de la ciudad.

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