Análisis de la primera y segunda Guerra Mundial desde la participación de los mercados financieros que en ese entonces atizaron el fuego. Y la participación de los judíos como víctimas y victimarios.
Por Jorge Guebely*
La Primera Guerra Mundial, sucedida hace cien años, no solo produjo dividendos económicos sino prebendas políticas. Torpe sería atribuir su origen al asesinato del archiduque austriaco, Francisco Fernando. Ningún asesinado, por muy ilustre que sea, provoca una conflagración de esas magnitudes.
Fue más bien un negocio redondo para las élites financieras, especialmente las judías. Sus capitales sufragaron el conflicto en ambos bandos para promover el mercado bélico. Exacerbaron patriotismos y nacionalismos utilizando sus medios masivos de comunicación: agencia Wolff en Alemania, Reuters en Inglaterra y Havas en Francia. Con chantajes o complicidades, emplearon políticos sagaces y militares sanguinarios para avivar el fuego.
Y mientras morían nueve millones de ingenuos soldados, que creían combatir por una causa superior, el mercado bélico entró en un apogeo sin precedente en la historia de la humanidad. Más de 130 millones de personas vieron sus vidas menoscabadas a raíz de un negocio ajeno y asesino.
Cuatro años después, Alemania, sin explicación aparente, propuso a Inglaterra un armisticio de paz a pesar de ir ganando la guerra. De pronto se debilitó. No fluyeron más los préstamos. Era una de las estrategias de las élites judías para construir un Estado en territorios palestinos, que estaban ocupados por ingleses. Esa misma élite obligó al presidente Wilson de los Estados Unidos a entrar en guerra contra Alemania sin importar que, en su campaña electoral, hubiese prometido un «no» a la guerra europea.
El tratado de Versalles ratificó ese deseo, los judíos askenazis obtuvieron autorización para instalar los primeros asentamientos en tierras ajenas. Apenas eran el 1% de la población. En la Segunda Guerra Mundial fueron reconocidos como Estado. Hoy poseen el 80% del territorio palestino. Un Estado en donde varios de sus dirigentes fueron terroristas funcionales. Solo que el terrorismo de las élites tiene tintes celestiales; los otros, son diabólicos.
Al final de la guerra, Alemania descubrió la traición de los capitales financieros. Hitler, soldado de un frente, los culpabilizó de la derrota y del atroz endeudamiento. La mezquindad financiera había engendrado otro monstruo más. Basta leer ‘Mi lucha’ para entender su odio. Odio que en la Segunda Guerra Mundial se convirtió en holocausto. Seis millones de judíos populares fueron perseguidos y masacrados por la furia hitleriana. Incluso, con apoyo de las élites financieras, muchas de ellas, judías.
Porque para las élites financieras, los conceptos de raza, cultura, humanismo… no son más que bagatelas. Sólo les interesa la patria del dividendo. Verdaderos gallinazos humanos, hacen de la muerte un festín de ganancias, prebendas y bellaquerías.
* Jorge Guebely es escritor y columnista de varios medios de comunicación nacionales.













