Arte y CulturaLocalesMundoNacionales

Canuto Espejo y ‘La Margentina’

Era el tema que lo enloquecía, así como embrujó a Escalona creyendo que era brasilera. La verdad es que era una hermosa morena nacida en la zona cafetera colombiana que chapuceaba en portugués.

Julio De la Osa interpreta en vivo el tema que embrujó a Escalona y enloqueciò a Canuto Espejo: ‘La argentina.

Por Rafael Sarmiento Coley

Dos capítulos de la novela ‘La doble cara de Canuto Espejo’

3.- Un país vendido a pedazos

Canuto Espejo, sentado en las primeras sillas del avión, alcanzó a ver por la ventanilla ahí casi frente a la nariz de la aeronave repleta de pasajeros del viaje mañanero de los lunes hacia Bogotá, uno de los cerros altos del Tolima. De inmediato se le vino a la mente la crónica que con frecuencia escuchaba en el estadio ‘Romelio Martínez’: “En el cerro ‘El Tablazo’, en el Tolima’, se estrelló el avión donde viajaba el equipo Junior y casi todos se mataron”.

Canuto pensó: “¡Mierda!, hasta aquí llegué yo. Tanto joderme en el monte, luego en la ciudad y en la universidad, para quedar aquí estripado en uno de estos cerros”. Y antes de terminar sus pensamientos sintió en las nalgas el mismo líquido húmedo y espeso que le rodó por las piernas cuando los chulavitas (o ‘Los Pájaros’, que eran y siguen siendo la misma cosa, aunque ahora son ‘Negros’ y tienen otros ‘jefes’ en reemplazo de los que han ido muriendo de muerte natural), mataron a Encarnación Espejo y Hortensia Requena, sus padres. Con voz casi inaudible le dijo a Carlos su colega senador y compañero de banca:

–Carlitos, alcánzame el maletín de manos que tengo que ir al baño por una emergencia.

No esperó más. De un salto Carlos, que sabía de sobra el cuento de la incontinencia del esfínter de Canuto, le alcanzó del locker el bolso azul que su amigo siempre llevaba terciado al hombro como un carriel de antioqueño. Presuroso, Canuto sacó una toalla negra, del mismo color del pantalón, se la colocó alrededor de la cintura y el trasero, y se fue caminando despacito, como mujer a punto de dar a luz, hasta el baño. Menos mal que el ano se portó bien y sólo alcanzó a botar una migaja de materia fecal, porque Canuto no había desayunado ese día. En calzoncillos, bastante incómodo en un wáter estrecho con un lavamanos del tamaño de una totuma en la que Canuto tomaba la leche en ‘Las Babillas’, como pudo, quitó el amarillento material fecal y con un pequeño jabón oloroso a putica pobre, dejó limpio el trasero de su pantalón. Por dentro y por fuera. Y como era negro, no se notaba lo mojado.

Ya pasado el susto, aterrizó el avión en Eldorado, y los estaba esperando el chofer de siempre.

–Buenos días mis honorables senadores. ¿Directo para el Capitolio?-, preguntó el conductor.

–No. Llévanos al hotel, que tengo que recoger unos papeles para empezar a estudiar la bendita reforma tributaria que está más enredada que un bulto de anzuelos, respondió Canuto.

Canuto siempre se colocaba en la Comisión tercera, que es una de las más apetecidas -lo mismo que la primera, de asuntos constitucionales-, y la cuarta porque es la que maneja los temas más álgidos de la economía del país: hacienda y crédito público, impuestos y contribuciones, exenciones tributarias, sistema bancario, leyes sobre monopolios, autorización de empréstitos, Planeación Nacional, actividad financiera, bursátil, aseguradoras y de captación de ahorros, entre otros. Mejor dicho, la crema y nata de la ‘mermelada’ que cada gobierno (y los peces gordos del empresariado colombiano), tienen que repartir en proporción a la importancia del proyecto.

Y su compadre y amigo de toda la vida, Carlitos Bula, nacido en San Jacinto del Cauca, Bolívar, el 7 de abril de 1943, siempre se metía en la comisión cuarta, que trata de leyes orgánicas, control fiscal, patentes y marcas, en fin, temas económicos muy similares a los de la tercera. Por eso los congresistas se peleaban por esas dos, porque eran las denominadas ‘comisiones económicas’, “que es donde está el billullo”, según hacia años les comentó el senador Víctor Renán Barco, el que más sabía sobre hacienda pública y presupuesto. Cuando se conocieron, a pesar de la ya avanzada edad de Víctor Renán, llamado ‘el cacique mayor de La Dorada, Caldas´, se hicieron muy amigos por la misma pinta de ‘corronchos’ en su forma de vestir, chaquetas a cuadros, corbatas del tiempo de la vitrola, zapatos ‘Corona’, perfume de ‘Pino Silvestre’ y la costumbre de cargar en el bolsillo de la chaqueta algo “para quitarse la fatiga”: un bocadillo envuelto en hoja de bijao, un chocolate ‘Corona’, o cuatro bolitas de coco.

Esa semana estaban citadas a plenaria las comisiones conjuntas de senado y cámara, tercera y cuarta, para tratar dos temas quisquillosos: la venta de una de las más robustas empresas del Estado, y la solicitud del sector bancario para incrementar medio punto en la tasa de interés anual, tal como ya se lo habían solicitado a la junta del Banco de la República, que, por gracia divina, autorizó la petición, que de todas maneras tenía que pasar por el cedazo del Congreso.

Canuto y Carlos Bula, que vivían en el mismo viejo hotel donde se alojaba Víctor Renán, le habían aprendido muchos trucos, secretos y minucias que se movían en esas comisiones. Los mensajes de urgencia de la Presidencia de la República. De los ministros. De los cabilderos o lobistas, tan confianzudos que se sentaban en los escaños de los congresistas con el maletín en donde llevaban el soborno envuelto en el periódico del día.

–Bien, Carlitos, pongámonos de acuerdo, porque esta vaina está como para chuparse los dedos. Aquí es donde tú y yo vamos a sacarles los trapitos al sol a los conservadores, que todo lo quieren vender. Ellos creen que, por haber recuperado la Presidencia de la República, tienen todo el poder en sus manos. Se van a llevar su garrotazo. Yo procuraré pedir la palabra después de que hablen los ponentes del proyecto y el ministrico de Hacienda ese, que es un heliotropo de la rancia sociedad goda bogotana. Después de las réplicas y contrapunteos, pides tú la palabra, y sigues el hilo de mis catilinarias.

–Entendido, viejo Canu. Va pa’esa-, respondió Bula.

Empezó la reunión. Los interesados en los proyectos llevaron un abundante comité de aplausos, que se frotaba las manos porque decían que todo estaba ‘cocinado, servido y comido’ con abundante mermelada. Hablaron de manera extensa los ponentes. El Minhacienda fue muy cauto y breve. Sin sospechar lo que le venía para encima por ser él un directo descendiente de uno de los presidentes de la hegemonía conservadora que vendió a Panamá, a Estados Unidos, y, para terminar de rematar, era uno de los numerosos descendientes las hermanas Ibáñez, ocañeras, de quien se dice que por sus alcobas pasaron todos los detentadores del poder después de la independencia.

–Pido la palabra, señor presidente-, dijo Canuto Espejo.

–Concedida, honorable Senador-, respondió el presidente de la comisión tercera.

–Señoras y señores, honorables colegas de senado y cámara. Con tristeza y vergüenza, somos testigos hoy en este hemiciclo de la democracia colombiana, que el histórico Partido Conservador sigue con sus mismos vicios de vender el país a pedazos; de acabarlo a sangre y fuego. ¡Cómo es posible que ahora se atreva a proponer esa colectividad la venta de la empresa más rentable del país, olvidándose que fueron ellos, los conservadores, quienes, arrodillados ante el imperio americano, vendieron el Estado colombiano de Panamá por 25 millones de dólares, en 1903, bajo la presidencia de José Manuel Marroquín! No nos extrañe que dentro de poco nos traigan un proyecto para vender el departamento del Chocó, para que el vecino país canalero, que heredó con traiciones y cizañas nuestro canal, amplíe sus fronteras, pueda agrandar su zona portuaria, que ya es demasiado pequeña para la demanda de carga y requiere de miles de hectáreas -que allá no tienen-, para construir silos para granos y otros productos similares, depósitos para combustibles sólidos y líquidos y enormes hangares para el almacenamiento de contenedores.

(Canuto quedó en silencio para beber un poco de agua. Y cuando iba a continuar, el presidente le apagó el micrófono para informarle de manera perentoria que tendría 5 minutos más).

-Gracias, señor presidente. No conformes con esa enorme traición a la patria, en la agonía de la insufrible hegemonía conservadora que duró 44 años, desde 1886 hasta 1930, el entonces presidente de la República, Miguel Abadía Méndez, autorizó en la horrenda noche del 6 de diciembre de 1928, al general Carlos Cortés Vargas disparar, sin contemplaciones, contra los obreros indefensos y armados apenas con sus machetes de labranza, que le reclamaban a la United Fruit Company (estadounidense) aumento de los míseros salarios y mejorar la comida y sitios donde dormir. En la madrugada del 7 de diciembre, víspera de la fiesta de la Inmaculada Concepción, la plaza principal de Ciénaga amaneció anegada en sangre y no se podía respirar porque el aire estaba contaminado con el intenso olor a muerte. Han pasado tantos años, y todavía seguimos contando los muertos, por lo que jamás se ha conocido la cifra exacta. No se logró establecer, ni siquiera por el inmolado caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán, quien en el teatro de los acontecimientos recogió toneladas de osamentas que trajo en costales de empacar maíz, y los colocó aquí en este mismo pulmón de la democracia, como prueba irrefutable de la magnitud de una de las tantas masacres que todavía Colombia sigue padeciendo”.

Le cerraron otra vez el micrófono, y Canuto aceptó en forma disciplinada y decente ‘la dictadura’ de la mesa directiva. Además, se había agitado mucho en su alocución con voz firme de tribuno de pueblo.

El comité de aplausos que estaba en las tribunas, traído en buses desde Ciudad Bolívar, Las Cruces, Chía y hasta de Suba y Ventaquemada, quedó en silencio. “La vaina está maluca”, dijo un calanchín de uno de los ponentes del proyecto. El Minhacienda se removía en su silla como si algo caliente le estuviera quemando las posaderas. El presidente de la mesa lo terminó de asustar cuando le dijo que era su turno.

Entonces un senador de apellido de Papa difunto, Beneditto, pidió una interpelación, para permitir que el ministro “ordene sus ideas”.

–Con mucho gusto, honorable senador Beneditto.

Era un parlamentario flacuchento, de una barba hirsuta y una mirada extraviada como si estuviera soportando los rastros de una vida pasada de parrandas, tragos y algo más fuerte que entra por las narices.

–El debate del honorable Senador Espejo me parece más que absurdo, fuera de foco y hasta un tanto apátrida. Honorable senador Espejo, yo provengo de una familia liberal auténtica. Por la dinámica de la política ahora me encuentro en un movimiento que, sin ser conservador, apoya al actual gobierno de dicha colectividad. Y se lo digo con gran cariño y aprecio: no es justo que usted se aproveche de un debate de altura, de pura ciencia económica, para lanzarse con un discurso veintejuliero, pasado de moda, retrotrayendo cosas que son parte de la historia patria de este país. Concentrémonos a lo que vinimos, y ayudemos al actual gobierno, con sentido patriótico, a salir bien librado de esta coyuntura económica, para que no quede mal con la banca multinacional ni con el empresariado nacional. Gracias, señor presidente.

–Tiene la palabra el señor Ministro de Hacienda–, dijo el presidente de la mesa.

—Muchas gracias, señor presidente–dijo el ministro, todavía un tanto nervioso–. Veo como un desacierto que desde un comienzo se haya desviado el debate hacia temas del pasado, que no están en discusión. Lo que se discute aquí hoy es un proyecto que procura facilitar un flujo de caja para que el Estado quede bien con la banca multilateral, y permita al sector financiero contar con mayores posibilidades para disponer de recursos que, con toda seguridad, permitirán incrementar la cartera de créditos al sector productivo nacional para que haya más empleo y un real crecimiento económico. Me disculpa el honorable senador Canuto Espejo, pero este no era el momento ni el espacio para retrotraer un discurso meramente político, que no es materia del tema en discusión. Muchas gracias, señor presidente.

Carlos Bula estaba como jugador de béisbol embasado en tercera pendiente de correr y tirarse de cabeza para meter la carrera del triunfo de su equipo.

–Señor presidente, pido la palabra-, dijo Bula con voz firme.

–Con mucho gusto, honorable senador, pero le advierto que el tema a tratar son dos proyectos económicos de mucha actualidad e importancia para el momento actual que vive Colombia, respondió el presidente de la mesa.

–Señor presidente, con mucho respeto le aclaro que yo no vengo aquí a decir babosadas. Perdóneme por ser tan categórico. Es que con ese cuento de no tocar temas que no sean materia de los proyectos en discusión, es que este Congreso, en buena parte, es el principal responsable de que Colombia sea el país más desigual del mundo. Porque aquí nos traen embutidos como chorizos proyectos para acrecentar las fortunas de los ocho o diez grandes monopolios que dominan por completo la economía nacional. Son los que eligen presidente de la República, fiscales de bolsillo, y hasta jueces de las altas cortes y también contribuyen en forma generosa para financiar las campañas reeleccionistas de más de medio congreso que, como es apenas obvio, devuelven esa generosidad aprobando a pupitrazos todos los proyectos de sus empresarios mecenas, que así recuperan con creces lo que invierten en cada jornada electoral. Esa situación es la que ha enriquecido cada vez más a unos pocos, mientras ha envilecido el poder adquisitivo de obreros, y hasta profesionales de la clase media. Lo que devenga una familia de las clases media y baja no les alcanza para completar la canasta familiar, ni para darles una educación digna a sus hijos. Yo no sé, señor presidente, si usted está enterado de que países que hasta hace poco eran más pobres que Colombia, hoy están en el concierto de las Grandes Ligas en materia económica. ¿Sabe cuál ha sido el secreto, señor presidente? Que esos países, en vez de engordar más y más la chequera de los diez o quince multimillonarios que para alimentar el ego quieren figurar en la revista Forbes en la lista de los más ricos del mundo, le dedican los máximos recursos a la educación, a la ciencia, la tecnología y el conocimiento. Dejémonos de eufemismos, señor presidente, señor ministro, colegas ponentes de estos proyectos. Aquí lo que estamos es haciéndoles el favor a los señores que detentan el poder económico colombiano. Que son dueños de la banca, de las compañías aseguradoras, de las principales empresas constructoras, de cadenas de hoteles, de extensas haciendas ganaderas y fincas para el cultivo de caña, arroz, palma de aceite. Son los dueños de las firmas concesionarias de los peajes (que son los más caros del mundo porque se pagan hasta quince mil pesos por recorrer tres kilómetros), en todas las carreteras colombianas. Son ellos mismos los concesionarios de las fotomultas, del alumbrado público, de las señales viales en ciudades y carreteras, de las sanciones por exceso de velocidad en carreteras y ciudades. El sector financiero colombiano es el más usurero del mundo. El usuario bancario colombiano, además del cuatro por mil que se inventaron para ‘salvar’ a la banca colombiana supuestamente en quiebra en esa época, y luego pasó dicho gravamen a financiar la guerra y lo han ido cambiando de oficio, pero lo siguen cobrando al pobre pueblo colombiano usuario del servicio bancario. En cada reforma tributaria, laboral o financiera, sale masacrada la clase marginada. Le cobran hasta por el aire que respira al ingresar a una entidad bancaria. Le aumentan la edad de jubilación. Le reducen las mesadas de 14 a 12. Los trabajadores se quedaron sin el pago de los recargos nocturnos, así trabajen hasta 14 horas en el día. No les pagan dominicales ni festivos y, usted, señor presidente, ahora me dirá que estos no son temas de discusión. Señor presidente, no podemos ser tan miopes como para no entender que, tal como van las cosas, va a llegar el día en que esa bomba de tiempo estallará. Y no me diga que esas son artimañas del castrochavismo, de la ultraizquierda, del brazo invisible de Patín que quiere revolver el agua en Latinoamérica para recomponer el mapa político mundial. ¡Colegas, reaccionemos! Nosotros no somos ningunos eunucos. Tengamos los pantalones para oponernos con firmeza a todas esas injusticias contra el pueblo pobre colombiano.

–Honorable senador Bula, por un error de mi parte, usted se extralimitó en su intervención, e incurrió en el mismo error de su colega Canuto Espejo: abordar temas que no son materia de los proyectos en discusión. Por tal motivo, y dado que ya se nos agotó el tiempo, se suspende esta sesión conjunta de las comisiones tercera y cuarta de senado y cámara y se cita a una nueva reunión para el próximo martes a la misma hora. Y pido a los honorables senadores y representantes a la Cámara que, por favor, no se salgan del tema materia de discusión.

De regreso a su habitación en el hotel 2 estrellas, después de cenar con medio pollo asado, papas chorreadas y una botella de agua, Canuto y Carlos se despidieron, cada uno para su cama.

Entonces, en medio del cansancio de la jornada en el Capitolio, Canuto, como todas las noches lo hacía para ‘’llamar un dulce sueño”, regresó a su lejano pasado de andariego por todos los pueblos del Caribona, del Nechí y el Cauca. Eran recuerdos que le producían profunda nostalgia. Porque era la vida de su juventud. Del goce con esas jóvenes campesinas que se le entregaban sin tanto afán. O de la pizpireta Candelaria Zuluaga, a quien conoció en Margento (corregimiento de San Jacinto del Cauca), en una noche de parranda interminable porque había llegado el famoso acordeonista Julio De la Ossa.

Por esa época él y su hermano Juan Timoteo ya eran unos hombres de pantalones largos, bien plantados. Habían seguido explotando ‘Las Babillas’. Compraron 60 hectáreas de tierra a un vecino que quería ‘salir del monte para educar a los pelaos, porque no quiero que se queden brutos como yo’.

Tenían un buen hato ganadero, cría de cerdos, pavos, gallinas, frutales y un terreno para cultivar arroz y caña de azúcar. El problema era que desde hacía tiempo la Compañía Colomboinglesa, que había comprado ‘Santa Helena’, ‘La Alemana’. ’Buenos Aires’, ‘Bijagual’ y ‘Regencia Nueva’, les ofrecía el oro y el moro por ‘Las Babillas’, ubicada, justo, en medio de todas las demás propiedades. La Compañía, que se dedicaba a la cría extensiva de ganado para los mercados internos y para exportar carne en canal a varios países europeos, incluido el Reino Unido de Gran Bretaña, necesitaba de manera imperiosa, para completar el mapa de su moderna industria ganadera y arrocera, ‘Las Babillas’.

En Santa Helena y Regencia Nueva habían construido unas viviendas muy cómodas, a todo dar, tanto para la administración y una casa especial para las visitas frecuentes de altos funcionarios y socios colombianos e ingleses de la compañía. También hicieron campamentos para obreros, vaqueros, ordeñadores, mecánicos y conductores de chalupas y lanchas con motor fuera de borda, tractores, retroexcavadoras, planta eléctrica, máquina pilladora de arroz, y personal especializado para mantener las pistas, señalización y hangares, para las avionetas de la compañía en las cuales se desplazaban sus socios y altos funcionarios.

El tigre de La Pacha

‘El tigre de La Pacha’ era un cuatrero

Chiche Villegas decidió quedarse con los dos niños huérfanos en su enorme hacienda ‘Bijagual’. Además, Canuto era su ahijado, hijo de sus mejores amigos y socios en muchos negocios de compra y venta de ganado—Encarnación Espejo Marrugo y Hortensia Requena Ricardo, los dueños de ‘Las Babillas’–, la propiedad más cercana a la suya.

Por esos días la compañía colombo inglesa compraba haciendas y fincas a cualquier precio para incrementar la ganadería extensiva, pues no daban abasto para atender los mercados nacionales e internacionales. Ya eran dueños de Santa Helena, un extenso predio de dos mil hectáreas en donde la leyenda aseguraba que todas esas montañas estaban repletas de ganado cimarrón de la Compañía, por lo que apenas tenían pleno dominio sobre un 30% de las reses de su propiedad, que se mantenían en buen pasto, con suficiente peso y tamaño para exportar. El ganado perdido en la manigua era el dolor de cabeza. Porque, no solo estaba mal cuidado, sino que era fácil presa de una manada de tigres comandada por el famoso ‘tigre de La Pacha’, un corregimiento de Altos del Rosario. En realidad, el tal ‘Tigre de la Pacha’ era un cuatrero astuto, quien había organizado una pandilla de cuatreros expertos en cacería para aprovecharse de todo ese ganado perdido en la montaña. Tenían mataderos clandestinos y la carne la repartían en pequeñas lanchas con motor fuera de borda en todos los pueblos y caseríos de la región. Como manejaba buena plata, compraba a cuanta joven se le atravesara, así fuera menor de edad. A esas las paga al doble que las de mayoría de edad.

Se volvió una ‘fiera’ tan famosa que el propio Alejo Durán le compuso una de sus célebres canciones: ¡Ay! pero al tigre de La Pacha me han dicho que le tienen miedo/que le van a poné una trampa y un lazo para cogerlo/ ¡Ay! pero el tigre de La Pacha que ya le temen a esa fiera/como acabó con las muchachas/ y ahora ha empezado con las viejas.

De vez en cuando los vaqueros lograban penetrar montaña adentro y encontraban decenas de esqueletos y cueros resecos de novillos que habían sido descuartizados a ‘colmillo’ por la manada de tigres ‘sebaos’, que se comían tanto las novillas como las vacas viejas.

Hasta cuando los dueños de la compañía ofrecieron una fuerte suma de dinero de recompensa para quienes les trajeran las cabezas de la manada de ‘tigres de la Pacha’, que ya no solo estaban acabando con el ganado cimarrón, sino hasta con los novillos rescatados de la montaña y engordados.

El atractivo de la millonaria recompensa hizo que se organizaran varios grupos de peones bien armados con armamento suministrado por la propia Compañía. Así no tardó la noche en que ‘los tigres’ fueron sorprendidos en el corazón del pie de monte de la Serranía de San Lucas, descuartizando seis novillos y dos terneras.

–Vea docto, tremendo susto nos llevamos –narró uno de los peones cazadores de ‘los tigres de la Pacha’—cuando vimos a esos tipos vestidos con camisas pintadas como tigre, las escopetas a un lado y con rulas, machetillas y hachas despedazaban el ‘ganao’. Nosotros no les dimos chance de nada. Fuimos disparando de una. Cayeron como pisingos en la ciénaga. ‘Muettecitos’. No tuvieron tiempo ni de decir ‘¡Ay mi mae!’…se fueron derechito pa’l infierno.

Resultó que el jefe de la cuadrilla de abigeos era el comandante de la columna de los chulavitas o ‘Pájaros Negros’, que, años atrás, habían aplicado el corte de franela a Encarnación Espejo Marrugo y a Hortensia Requena Ricardo en la finca ‘Las Babillas’.

Santa Helena tenía sus modernos campamentos y establos a orillas del Río Cauca, y sus predios se extendían hacia adentro, hasta encontrarse con la otra hacienda mecanizada a orillas del Caribona, frente a Pueblo Nuevo. También era una hacienda inmensa que, bordeando la margen izquierda del Caribona, llegaba hasta Villa Uribe y hasta el propio lecho del poco conocido río que fue uno de los refugios que sirvió de fortaleza al general Rafael Uribe Uribe, para atrincherarse con un batallón de 230 guerrilleros liberales en un caserío que fue creciendo hasta volverse un pueblo bautizado, como era apenas razonable, como Villa Uribe. Se había convertido en el terror de los chulavitas porque cuanta pandilla godarria se acercaba por esos predios era exterminada a bala y rematados a machete.

A unos 30 kilómetros de Villa Uribe se levantaba Regencia, en la margen derecha del Caribona, un pueblo maderero, en donde fabricaban las mejores canoas de la región. Allí se refugiaban los chulavitas sobrevivientes de las tundas que recibían del ejército liberal de Uribe Uribe. Como era su costumbre, los sobrevivientes llegaban con odio y la sangre envenenada por haber sido humillados, una vez más, por el audaz General de las huestes rojas. Entonces se desquitaban con la pobre gente de Regencia, que al final, poco a poco, se fue rodando, río abajo, hasta fundar un nuevo caserío al que llamaron ‘Pueblo Nuevo’, frente a otra de las grandes y modernas haciendas de la sociedad de acaudaladas familias bogotanas e inversionistas del Reino Unido de Gran Bretaña.

En esa hacienda construyeron lo que ellos llamaban una ‘Mayoría’, que era una casa-quinta forrada en angeo contra mosquitos y otras plagas, piso de madera fina, alcobas con camas elegantes y armarios, neveras y una planta eléctrica potente que, además de energía para el alumbrado de ‘La Mayoría’, la casa del administrador y el hangar de los obreros y peones, servía para mantener la nevera, abanicos, una piladora de arroz y los focos de los establos para ordeñar por las madrugadas. También extendía una línea hasta la pista aérea en donde aterrizaba la avioneta de los socios colombianos e ingleses que venían de Bogotá a revisar la marcha de sus propiedades tan distantes de la civilización, en medio de fieras, sitiada por algunos grupos de las guerrillas de ambos partidos y de la inclemencia de la naturaleza, que en fuertes temporadas de invierno los ríos, quebradas y ciénagas se desbordaban causando enormes estragos.

Lo de las guerrillas amainó en forma parcial y momentánea con el trabajo diplomático de los ingleses, ante el gobierno colombiano, que, como acababa de vender a precio de vaca flaca el Estado de Panamá a Estados Unidos, acudió a la mediación de las fuerzas militares estadounidenses, que vino a ponerle fin a una de las tantas guerras intestinas que ha soportado el pueblo colombiano desde cuando luchó por independizarse de la colonia española, hasta estos días de los nuevos milenios.

Ya con la región un poco más en calma, la Compañía se desbocó en la compra de más y más tierras. A Chiche Villegas fue al primero que le compraron ‘Bijagual’ por una cantidad de plata que él nunca quiso revelar. Fue un secreto que se llevó a la tumba. Fue tan receloso en eso, que en una ocasión, tomando cervezas con unos amigos en Pueblo Nuevo, escuchando los discos de Abel Antonio Villa, Alejo Durán, Luis Enrique Martínez y los Gaiteros de San Jacinto y la cañaemillo de Miguel Beltrán (músico y el mejor curador de picadura de culebras que había en la región), que acababan de llegar en la ‘Argelia María’ en unos sacos de pita, un borracho se la dedicó preguntándole de seguido “¡Ajá, Chiche Villegas!, ¿y por cuánto fue que vendiste Bijagual?”. Hasta cuando a Chiche se le acabó el buen genio y sacó el revólver que cargaba en la pretina del pantalón, no para matar a nadie, sino “por si las moscas”. Cuando el borracho vio que Chiche blandía el arma, salió corriendo. Chiche alcanzó a dispararle clavándole la bala en una de las nalgas. Una nalga muy de buenas, porque Chiche, para no ir al calabozo del pueblo, arregló por las buenas con el herido, y le dio cuatro fajos de billetes recién salidos de la imprenta del Banco de la República. ¡Era tanta plata, que el herido casi se muere de la alegría!

Canuto Espejo era testigo de todo eso, porque ya le había salido un boso ralo y unos cuantos pelos en la barbilla. Además, Chiche dejó de comprarles pantalones cortos tanto a Canuto como a Juan Timoteo. Los dos hermanos conservaban todavía la propiedad de ‘Las Babillas’, herencia de sus padres decapitados por los chulavitas, el brazo armado del Partido Conservador.

La compañía también compró ‘Candelaria’ a Pepe Villegas, el hermano de Chiche. Ambos decidieron irse para San Jacinto del Cauca. Chiche compró una amplia casa a orillas del puerto. Se hizo socio de un viejo amigo, Ovidio Bula (el padre de Carlos), y se dedicaron al negocio de la compra y venta de ganado en toda la región de La Mojana, desde Caimito, San Marcos, Rabolargo, La Ventura y todas las fincas de esa zona.

Canuto y Juan Timoteo, que ya habían empezado a deletrear y garrapatear unas cuantas palabras en una escuelita de Pueblo Nuevo, ya en San Jacinto fueron matriculados en la escuela dirigida por el profesor Amín y la seño Blanca, una profesora de piel del mismo color de su nombre, joven, de unos 18 años, la esposa de uno de los hombres más ricos del pueblo que tenía el lastre de vivir borracho.

La seño era una mujer bella, de pelo largo y piel suave como de terciopelo. Canuto desde el primer día le puso el ojo. Procuró escoger el pupitre justo frente a ella para mirar esas piernas rosadas y esos ojos negros como pepa de guama. Se quedaba lelo, perdido en sus recuerdos desde cuando se enamoró de Carmen, una amante que tenía su tío Pepe escondida en ‘Bijagual’, la finca de su hermano Chiche. Canuto se enamoró de ella y, a fuerza de trasnochos alumbrado por una vela, escribió su primer verso en la vida, con una letra casi ilegible: “Carmen, te quiero, por ti mis noches son largas”.

Con las manos sudando frío y la barbilla temblorosa, a la mañana siguiente, cuando todo el mundo se fue a sus faenas, le entregó el papelito. Se quedó tieso a la espera de, por lo menos, una bofetada. No fue así. Carmen soltó una carcajada cómplice y le dijo “gracias, Canuto, serás un buen poeta”. Canuto tartamudeó y sacó fuerzas de donde no las tenía: “entonces, ¿te gustó?, ¿Puedo darte un beso?”.

Ahora sí esperaba dos manotazos. En vez de eso Carmen lo agarró por un brazo, “Pero aquí no. Ven a mi cuarto”. Aquello fue más de lo que Canuto había soñado en todas estas noches. Carmen lo abrazó, lo besó, le dijo “quítate la ropa”, mientras ella quedó como Dios la trajo al mundo, y Canuto pensaba que moriría en este instante de la emoción. Fue la primera vez que supo qué era eso de estar desnudo.

Aquello le quedó clavado para siempre en el pecho y el alma. Por eso ahora, seis años después, frente a las piernas rosadas de la seño Blanca, llegó el día en que no se aguantó. Al concluir la clase vespertina, se le ofreció para llevarle el cartapacio de libros y cartulinas y acompañarla hasta la casa. “Porque ya está oscureciendo y en el pueblo ya han matado varias culebras”. Blanca grito: “¡Ay, Canuto, ¡pero no me asustes así! Vamos, pues”. Y se fueron varios con Canuto y la seño Blanca. A las pocas cuadras cada uno cogió para su casa y Blanca y Canuto siguieron solos.

“Es la maestra más bonita que he tenido en mi vida”, le dijo.

“¿Verdad, Canuto? Y ¿has tenido muchas maestras?”

“Más o menos, pero feítas y regañonas, no como usted que es linda y cariñosa”.

La seño Blanca soltó una sonrisa cómplice, sacó de la cartera la llave de la puerta. La casa era de material con techo de zinc y piso de cemento. Tenía sala, comedor, un pequeño salón de estudios, cocina, baño y tres habitaciones. Canuto supuso que una, la más grande, era la del matrimonio, la segunda era para la niña, hija de la pareja, y la tercera para un huésped ocasional.

Canuto empezó a pisar terrenos reservados. “Seño Blanca, ¿y su marido?”

“Ay, Canuto, ¿Tú no lo sabes? Nosotros casi estamos separados porque él vive borracho de cantina en cantina. Me cuentan que se pone a hablar cosas horribles de mí”, contó la educadora con el rostro entristecido.

A Canuto el cambio de semblante de su seño que se le había convertido en un amor platónico, lo envalentonó. “¿Y por qué? Si usted es una mujer seria y respetable, entregada a su escuela”.

Blanca lo miró con una expresión de afecto por aquellas palabras de solidaridad de su alumno. Y, sin más rodeos, empezó a contar su desdicha:

“Imagínate, Canu, que por culpa de ese granuja todo San Jacinto sabe de qué color son los pelos de mi vagina, de qué tamaño es mi clítoris, y que soy tan ardiente que no me conformo con menos de tres orgasmos cuando él me coge, cuando la verdad es que, de milagro, quedé embarazada de esa muchachita que es mi mayor tesoro”, concluyó Blanca.

Y Canuto quedó con el rostro sudoroso, la boca abierta y ensimismado. En realidad, no sabía qué decir, ni qué hacer. Hasta cuando tragó en seco. “¡Qué malvado es ese tipo! No merece a una mujer tan digna y noble como usted, seño. Lo lamento”.

El corazón y el alma de la seño Blanca se volvieron una gelatina y no pudo contener el deseo de abrazar y besar a aquel muchacho tan comprensivo y generoso. Se besaron y abrazaron con fuerza. Con furia y frenesí, y, sin proponérselo, cuando se vieron fue tendidos en la cama matrimonial, desnudos, haciendo el amor de manera salvaje hasta lograr el éxtasis no se sabe cuántas veces. Porque Blanca bramaba como una leona en celo y Canuto había llegado a tanta excitación sexual, que parecía un burro yegüero, y ninguno de los dos se pusieron a contar los orgasmos, sino a disfrutar al máximo de aquel momento en que vieron estrellas, subieron y bajaron del cielo.

Sus encuentros se dieron más de seguido. Siempre con la prudencia debida, sin poder escapar al dicho de que ‘pueblo chiquito, infierno grande’. Cuando el cuento llegó a oídos de Chiche, le habló con firmeza, pero sin altanerías. Que eso estaba muy mal. Que era mejor que se perdiera unos días de San Jacinto. Y le dio una plata para que viajara a un pueblo cercano. Esa noche bajaba de Nechí la ‘Argelia María’ con destino a Altos del Rosario.

Canuto empacó en una maleta unos cuantos pantalones, camisas y calzoncillos y se montó en la lancha sin saber para dónde iba. La lancha atracó en el puerto de Tenche. Allí Canuto se bajó y compró en una cantina tres botellas de aguardiente. Una muchacha que vio su actitud comprendió que sufría una pena de amor. Se le acercó y le prometió que ella podía aliviarle la pena. Canuto le dijo, “¡pues vamos!”.

-¿Pa’dónde?-, preguntó ella.

“Pa’ donde nos lleve el destino”. Y se fueron. Al llegar a Achí ya habían desocupado dos botellas de aguardiente, porque se habían ido al pie del capitán de la lancha, a quien también de vez en cuando le daban su buen trago. “Poquito, poquito, muchachos, porque no me puedo emborrachar. Soy responsable de la vida de ustedes y de todos los pasajeros”.

En Guaranda volvieron a bajar a comprar más licor y algo de comida. Queso, bollos de mazorca y suero. Allí la ocasional compañera de Canuto se encontró con dos amigas también de vida alegre y, al ver que Canuto estaba tan ‘prendido’ y entusiasmado, le preguntaron a la amiga que si podían irse con ellos, y Canuto fue quien respondió: “Pa’ arriba todo el mundo”. Los cuatro se fueron al cuarto del capitán, le dieron suero, bollo y queso. “Así sí vale la pena tener pasajeros alegres en la ‘Argelia María’. No supieron en cuantos otros pueblos pararon, ni por qué ríos o ciénagas llegaron a la ‘Boca de las Palomas’. El capitán, como ya estaba entonado, les ofreció darles un paseo para que conocieran el pueblo al que Alejo Durán le compuso un disco, La Pacha.

Y de ahí enfilaron al puerto de destino de la ‘Argelia María’, Altos del Rosario. Ya era casi media noche, de un sábado alegre, y desde lejos se escuchaba el ronquido de un acordeón, el tun tun de un tambor y una caja y el sonido monótono de una guacharaca.

Fue entonces cuando el capitán, de la emoción, dio un giro brusco al timón y la ‘Argelia María’ se estrelló contra el muelle de madera y empezó a llenarse de agua. Los pasajeros brincaron como pudieron hasta ganar las escalinatas de madera del muelle, sin importar que sus enseres quedaran en la lancha que se hundía despacio, muy despacio, mientras el capitán lloraba aferrado al timón. Canuto y sus muchachas lograron, después de grandes esfuerzos, soltarlo del timón y arrastrarlo hacia el muelle antes de que se ahogara dentro de su amada ‘Argelia María’, que por años quedó con medio cuerpo fuera del agua como testimonio de una leyenda.

Todos llegaron a la plaza en silencio, menos el capitán, que se fue a llorar su desventura no se sabe a dónde. Entre tanto, un conjunto vallenato traído de Magangué por Martín Rodríguez, el hombre más rico del pueblo tocaba el repertorio de Alejo Durán, repitiendo a cada intervalo ‘Altos del Rosario’, sin que todavía el pueblo supiera que la ‘Argelia María’ ya era historia del pasado.

Esa noche Canuto se aprendió de memoria la canción que Alejo les dedicó a la lancha y al pueblo que tanto lo quiso:

“Lloraban los muchachos, lloraban los muchachos/ lloraban los muchachos cuando di mi despedida/yo salí del Alto, yo salí del Alto/yo salí del Alto en la Argelia María. / Decía Martín Rodríguez, decía Martín Rodríguez/ lo mismo su papá/ si la fiesta sigue, si la fiesta sigue/si la fiesta sigue Durán ya no se va”.

Pasado un mes, Canuto Espejo llegó a Magangué y se matriculó en un colegio de bachillerato, sin certificados académicos, ni papeles de identidad, alegando que los había perdido en la tragedia de la ‘Argelia María’, que era la noticia que conmocionó a todos esos pueblos ribereños del Nechí, el Cauca, el Caribona y el gran Magdalena. Le creyeron. Su capacidad para asimilar las enseñanzas le permitieron dar saltos de canguro. Gracias también a la holgura con la cual vivía en una pensión, y a la generosidad con que emborrachaba y alimentaba a sus profesores.

Había adquirido la fama de estudiante consagrado a inteligentísimo. Un lector noctámbulo empedernido de lunes a viernes. Sábado y domingo eran para las parrandas con la patota de sus profesores, y hasta con el rector a bordo. Así pudo, en tres años, recibir el cartón de bachiller. Para celebrarlo, uno de sus maestros compinches ofreció el amplio patio de su casa, lleno de árboles frutales y un quiosco parrandero.

Alguien del grupo informó que acababa de ver en el puerto al acordeonista sabanero Julio De la Ossa (oriundo de Chochó, Sucre), que iba para una fiesta de Toros en San Martín de Loba.

Canuto ordenó que fueran a traerlo así fuera cargado. Que se le pagaría el doble de lo que se iba a ganar en esos pueblos lejanos. Julito, amante de la plata y el ron, no lo pensó dos veces. Se fue a animarle el grado a Canuto. Y arrancó con el disco que tenía más enguayabado a Canuto, porque le hacía recordar a su seño Blanca. Era un tema compuesto por Julio De la Ossa dedicado a una muchacha de Margento, corregimiento de San Jacinto del Cauca. Canuto había oído hablar de la belleza y coquetería de la tal ‘margentina’. Y fue la primera canción que le pidió al músico de Chochó, que años más tarde sería rey vallenato en Valledupar.

Julio De la Ossa, un hombre bajo de estatura, con un sombrero vueltiao nuevecito y una camisa de cuadros amarillos, abrió el fuelle de ese acordeón y todo el mundo se paró para escucharlo más de cerca: “Allá en San Jacinto el Cauca/ se escucha llorar mi lira/por una linda muchacha/ Rosalba la margentina. /A mí me dio sentimiento/ al ver que lloró mi lira/tengo que ir a Margentino/a ver a Rolsalba Villa/ Mi lira vive llorando/ por esa mujer hermosa/ pobre Julio De la Ossa/ Rosalba lo está matando”.

Semanas después, con su cartón de bachiller debajo del brazo y una docena de libros de literatura y política en la maleta, se montó en ‘La Candelaria’ rumbo a San Jacinto del Cauca a darle la buena nueva a su padrino. Aquel viaje se le hizo largo. Aburrido, se le dio por recorrer el segundo piso de la lancha mirando por todos los camarotes sin motivo distinto al de matar el aburrimiento. De repente sus ojos se estrellan con unos ojos color almendra y una cara hermosa, agradable, que le sonrió.

“Mucho gusto, señorita, soy Canuto Espejo Requena, vengo de terminar mi bachillerato en Magangué, para darle la buena nueva a mi familia que vive en San Jacinto del Cauca, arribita de Achí y Tenche”, terminó su presentación y, alargando el brazo con la mano abierta, caminó los pasos que lo separaban del camarote en donde estaba la joven en plan de descanso.

–¡Vaya! El gusto es mío. Tú debes ser el hijo de Chiche. Me han hablado mucho de tus travesuras.

–¿Cómo así? Si yo soy un muchacho sano.

“Sí, pero tienes la mala suerte de haber perdido la virginidad con una amiguísima mía. Y en San Jacinto, Margento y todos los pueblos ribereños son famosos tus polvos con tu maestra de escuela la seño Blanca, la esposa de nadie menos que del hombre más rico del pueblo, que cada vez que se emborracha, que sigue siendo todos los días, dice que ya encargó a Barranquilla un revólver de seis balas para clavártelas todas en el pecho”. La joven habló de corrido, y de repente quedó en silencio, sorprendida por los colores cambiantes de la cara de Canuto.

–¡Mierda! ¿Y quién es usted que me conoce la vida con tanto detalle?-, reaccionó Canuto asombrado.

–Mucho gusto, yo soy Rosalba Villa.

–Ah vainas, la propia margentina que tiene viviendo en pena a Julito De la Ossa, con quien acabo de parrandear dos días seguidos en Magangué para celebrar mi grado. ¡Carajo, y ese hombre sí te quiere! ¿Y tú, también lo amas?

Rosalba se sentó en el camarote, estiró las piernas y los brazos, miró a Canuto fijamente, y le respondió:

–Si quieres saber la verdad, sí estuve atraída por él. Pero de ahí a enamorarme, todavía no he encontrado a ese hombre. Ni siquiera en Valledupar, que tiene tanta fama de ser cuna de hombres ricos y coquetos-, habló con una picardía radiante.

–Nojoda, y tú qué fuiste a hacer por allá tan lejos, mujer enigmática-, interrogó Canuto.

Rosalba, rascándose la barbilla, explicó: “En Margento me visitan muchos amigos. Un día fue el capitán Jaime Arévalo, el capitán de las avionetas de la compañía inglesa. Me dijo que tenía que viajar a Valledupar a llevar una plata a unos ganaderos que tienen fincas en Mompox. Me invitó porque iba solo. Y me fui. ¡Me encanta mucho la aventura desde cuando era una niña allá en la finca cafetera donde nací en Risaralda! Porque yo no soy de Margento. Ni mi apellido es Villa. Mi verdadero nombre es Candelaria Zuluaga. Te estoy contando mis secretos, porque sé que tú eres como el tigre, comes calladito, y nadie sabe a quién, ni cuándo, ni cuántas veces te la comiste. ¿O no es así´?”.

Canuto asintió, anonadado al encontrarse ante una mujer con semejantes alcances.

La ahora llamada Candelaria Zuluaga siguió contando su vida novelesca estilo ‘Corin Tellado’:

“Cuando llegamos al aeropuerto ‘Alfonso López’ de Valledupar nos esperaba una numerosa comitiva. Se veían ya entonados. Puro whisky fino. De repente se acerca un hombre bien plantado, vestido impecable con saco y corbata vino tinto. Y dirigiéndose a uno de sus paisanos, dijo:

“¿Y quién es esta bellezura que a mí no me han presentado?”. Y agarró por el brazo a un hombre alto, blanco, simpático, le dijo “hombre, compadre Crispín Villazón, usted que es un senador pulcro y decente ha cometido la indecencia de no presentarme a la linda dama que nos honra con su presencia”.

“¡Carajo, Rafael Escalona! Tú no pierdes el vicio del gavilán pollero. Ven, con mucho gusto te presento a la copiloto del capitán Arébalo, quien vino a traerles una plata a los Molina por un ganado que vendieron en Mompox”.

Candelaria recordó que aquel episodio pintoresco le causó unas ganas enormes de tomarle el pelo a aquel señor, a todas vistas mujeriego indomable, y, como era una mujer con una velocidad mental envidiable, recordó algunas palabras en portugués que le quedaron grabadas de un brasilero que fue por las fincas cafeteras del Quindío, Caldas y Risaralda, en busca de conocimientos para mejorar sus cultivos. Ella tenía 14 años, un cuerpo bien formado, y genéticamente coqueta, lo menos que se esperaba es que el brasilero no se fijara en ella, le dijo que si quería aprender algo de su idioma carioca, y ella enseguida le dijo que sí, y el costo de unas pocas clases de portugués fue su virginidad perdida a tan temprana edad.

En forma galante estiró el brazo y le dijo: “muito prazer, soy Edyala Albes Filho, do Brasil”.

Cuán no sería la sorpresa de Candelaria, Rolsaba o Edyala, que a los pocos meses escuchó en la radio un disco interpretado por un grupo que ella nunca había escuchado, llamado Bovea y sus Vallenatos, con el tema ‘La brasilera’. Le llamó la atención el título y se puso a escucharlo:

“Yo la conocí una mañana, yo la conocí una mañana/ que llegó en avión a mi tierra/y cuando me la presentaron/ me dijo que era brasilera/ ¡ay! yo creo que cruzó la frontera/pa’vení a meterse en mi alma. /Se perdió en las nubes el avión sobre el cielo de Valledupar/Me quedé llorando su amor/por eso la vine a buscar/pero si no me quiere besar/ cojo mi camino y me voy/. A mi dolió que se fuera/ pero ella me dio a comprender/ que los ojos de una mujer/dicen cuando quieren de veras/Y como el que se queda, se queda/triste se quedó Rafael”.

Desde ese momento Canuto Espejo Requena, más astuto que Rafael Escalona en asuntos de mujeres, le espetó sin remordimientos: “Tú no eres avispá, tú lo que eres es una tigra salvaje en celo, y yo soy el que te voy a amanzá”.

Desde ese momento no dejaron de amacizarse a cada instante hasta llegar a San Jacinto del Cauca, cuatro días después. Canuto se quedó en San Jacinto, le contó a su padrino Chiche todas sus peripecias, su grado, su buen uso del dinero que le dio, y la fortuna de haber conocido “a la tal Rolsaba Villa, que no se llamaba así, sino Candelaria Zuluaga; que no es margentina, sino risaraldense, y que en Valledupar se hizo pasar por la brasilera Edyala Albes Filho, pariente lejana de la actriz número uno de Brasil, Sonia Braga”.

Chiche se quedó anonadado. “¡Carajo, Canuto, ¡tú eres una vaina seria! Aquí le quitas la mujer al hombre más rico del pueblo, que, menos mal, que es un borracho perdido. Y terminas de amante ocasional de la mujer que dejó loco de amor al maestro Escalona. Y hay una cosita bien escondida que ni siquiera mi hermano Pipe lo sabe: cuando todavía no te habían salido pelos en las chácaras enamoraste con un verso garrapateado a la amante que se escondía en ‘Bijagual’, que fue con la que perdiste la virginidad”.

Canuto enmudeció. Sentía una pena enorme. Una vergüenza que le recorría todo el cuerpo. Por primera vez agarró ambas manos de su padrino y le juró que, en adelante, sería un hombre distinto, que estudiaría abogacía y le daba su palabra de que, algún día no muy lejano, en vez de vergüenza, sentiría un sano orgullo por su ahijado. Dejó rodar unas cuantas lagrimas que se enredaron en sus bigotes y barbilla semilampiños.

Chiche lo levantó. Lo abrazó. Y ambos lloraron. Por la noche, Chiche se fue al cuarto de Canuto para contarle de lo que se había salvado. Rolsaba, Candelaria o Adyala, tres nombres distintos y una sola mujer casquivana, por quien un joven amante, decepcionado por los desplantes de su diva, se descerrajó un tiro de revólver en la cabeza. Se salvó de vainas, porque lo llevaron de urgencias en una chalupa a un hospital de Caucasia. Por ella se tiró a ahogar Jaimito Arango, el hijo del administrador de Bijagual, decepcionado porque Rosalba una noche, después de beber con él durante casi seis horas, no quiso hacer el amor. Él se fue furioso en su chalupa a toda velocidad, ciego de la ira, no vio un tronco grueso que bajaba por el río, la chalupa dio varias vueltas de campana y se hundió, dejando a Jaime a punto de ahogarse. Lo salvaron unos pescadores que a esas horas de la madrugada regresaban de sus faenas. Y, por último, Gildardo, un simpático joven hijo de una mujer que, luego de parir de varios maridos de paso, encontró un hombre rico oriundo de Gavaldá, mucho más joven que ella, que se encoñó por la maestría con que se movía en la cama y, desde entonces, la tuvo como su amante en San Jacinto. Le pagaba todo y educó a su prole. Gildardo fue el más afortunado, porque, dada su inteligencia y buena estampa, fue enviado a estudiar una carrera profesional en Barranquilla. En unas vacaciones fue a visitar a su familia en San Jacinto.

El día de su llegada, por la noche, sus hermanos y amigos lo llevaron al mejor burdel del pueblo que tenía aspiraciones de calificarse como cabaré. Ahí estaba en primera fila Candelaria Zuluaga, más hermosa y coqueta que nunca. Gildardo esa misma noche quedó prendado de ella, y así estuvieron dos semanas. Hasta cuando le llegó otro ‘machucante’ a Candelaria y zafó a Gildardo. Lo reemplazó por un viejo amigo, gaitero pobre, que lo único bueno que le dio por permitir disfrutar de sus atributos fue componerle un disco: “Yo tenía mi Candelaria/y con ella me divertía/ se fue y me dejó llorando/adiós, Candelaria mía/. Yo conozco a esa mujer/que tiene un cuerpo divino/maldito sea mi destino/no la supe comprender. /Candelaria me dejó a mi/ pa’ ve si yo me moría/ahora que he vuelto a vení /yo estoy vivo todavía”.

Gildardo al día siguiente bien temprano descolgó la hamaca donde dormía. Soltó uno de los cáñamos con que guindaba el chinchorro, se fue a un frondoso árbol de mango en el fondo del patio, y ahí lo encontraron ahorcado.

Después de escuchar esas historias, Canuto Espejo Requena juró ante un Cristo crucificado, un San Martín, la Virgen María y San Gregorio, un pequeño altar que Roquelino, el único marica del pueblo, tenía en un rincón de su cantina ‘La Roca’, que renunciaba a esa vida de holgazán que había vivido hasta entonces. Que en adelante sería un hombre distinto.

Sería un Canuto Espejo Requena con otra cara, de tal forma que cuando se viera en un espejo, ni él mismo se reconociera.

Desde entonces empezó a encargar libros a amigos que viajaban a Medellín, Barranquilla o Cartagena. Obras sobre política, economía, clásicos de la literatura universal. En sus noches de largas cavilaciones llegó a la conclusión de que el camino para cristalizar todas las ideas que tenía en mente era la política, para defender las ideas progresistas y de justicia social del Partido Liberal, por el cual habían muerto a manos del brazo armado del Partido Conservador, Encarnación Espejo y Hortensia Requena, sus padres.

Lo primero que haría sería llegar a un acuerdo con su hermano Juan Timoteo para vender ‘Las Babillas’, que desde hacía mucho rato la quería comprar la compañía de los ingleses y bogotanos. Llegaron a ofrecerles más plata que toda la que habían dado por otras haciendas mucho más grandes y mecanizadas que ‘Las Babillas’, que era como una vaca muerta atravesada en el camino del gran imperio ganadero de la Compañía.

Juan Timoteo, siendo el menor, era el más reacio a vender, por respeto a la memoria de sus padres que fueron enterrados en una fosa común y que años después los dos hermanos desenterraron para sepultarlos en unas tumbas separadas, pegada una de la otra, en forma de dos pequeñas iglesias, con su cúpula, su cruz, un diminuto campanario y la lápida de Encarnación Espejo y Hortensia Requena.

Sobre el autor

Director general de Lachachara.co y del programa radial La Cháchara. Con dos libros publicados, uno en producción, cuatro décadas de periodismo escrito, radial y televisivo, varios reconocimientos y distinciones a nivel nacional, regresa Rafael Sarmiento Coley para contarnos cómo observa nuestra actualidad. Email: rafaelsarmientocoley@gmail.com Móvil: 3156360238 Twitter: @BuhoColey
Noticias relacionadas
Arte y Cultura

Telecaribe, 40 años de un sueño que le dio voz al Caribe: memoria, identidad y futuro desde la pantalla

AgendaArte y CulturaCineCrónicasMundo

Una conversación con el actor Anderson Ballesteros

Ciencia y TecnologíaMundo

En América Latina, la conversación sobre IA y trabajo ya superó el miedo al reemplazo: el debate ahora se concentra en quién podrá adaptarse

Arte y Cultura

“Leo tus labios”: el amor vuelve sin aviso y lo cambia todo

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *