En una Barranquilla acostumbrada al maquillaje, una verdad -aunque imperfecta- provoca un fusilamiento, un linchamiento o una calificación de enemigo.
Por Rainiero Patiño M.
Una cancha de fútbol a veces no es solo una cancha, por encima y por debajo del césped y de la arena corre un río de historias. Está cancha de ahora es la ciudad, nuestra ciudad: esforzada y en evolución, pero levantada en columnas frágiles y maquillada estrambóticamente en un discurso ligero y contagioso.
En la ciudad de los titulares perfectos, una imperfecta verdad -aunque sea sobre una cancha de fútbol- causa un fusilamiento. Un linchamiento al osado, una crucifixión del extranjero, una calificación de enemigo o un agresivo «cachaco»: por mediocre, por usarla como excusa, por cizañero, por hijo de tantas.
La verdad casi siempre rompe el encantamiento. Lo desfigura, lo desvela. Enciende el reflector que da directo a los ojos. En el primer instante encandila, enceguece, hace lanzar ‘palos al aire’ como protección contra el cuerpo que nos ha dejado desnudos. La realidad, al tumbarse la máscara, arde en la piel.
Esta cancha rodeada de gente entusiasta es la ciudad. Estas graderías colmadas que cantan embriagadas de alegría es la ciudad. Estos fanáticos gritones y apersonados del triunfo son la ciudad. Y estos otros fanáticos que conjugan la derrota en tercera persona son la ciudad. Esta dirigencia que insiste en que «todo es perfecto», es la ciudad. Y esta población a la que le parece bello ‘el traje del emperador’, es la ciudad.
Este estadio que nos sigue pareciendo el mejor, aunque no tenga zona de parqueadero, tenga problemas en los baños, carezca de un entorno agradable, que nadie controle los precios de las cafeterías, tenga problemas de iluminación adentro y afuera, y que ha sufrido miles de tristezas para tener una pista atlética, ente otros problemas, es un reflejo de lo que comunicamos como sociedad.
Y ese muchachito que dice verdades a medias, rara vez con palabras, a veces con sus piernas. Ese que intenta justificar una derrota en el otro. Ese, que enseñamos a comportarse como una diva, pretendemos que hable como un presidente y le damos prioridad en nuestras primeras páginas, es una señal de lo que somos como país.
Pero, sobre todo, este campo de fútbol maltrecho al que colorean sus baches con pintura verde -como quien pretende enterrar problemas sociales con concreto- es lo que somos, aunque los titulares y las encuestas insistan en que todo aquí es perfecto, aunque nos quieran vender como capital de todo, menos de la verdad.











