Crónica de velitas encendidas

Google+ Pinterest LinkedIn Tumblr +

Uno sabe que ha llegado diciembre porque la luz es más brillante y el viento vuela en una brisa de agua.

Por: Gustavo Tatis Guerra

Y en la casa suena otra vez la voz inconfundible de Nury Borrás que, más allá de la muerte canta mejor sus ‘Cuatro fiestas’, de Adolfo Echeverría, una canción que nos hace nostálgicos y mejores con solo oírla. Pero también nos hace felices y al borde de las lágrimas volver a escuchar ‘Aires de Navidad’ con esa voz de cristales que se rompen de Héctor Lavoe, y ‘Bomba en Navidad’, de Richie Ray y Bobby Cruz, o ‘Mensaje de Navidad’, de Diomedes Díaz, tal vez, la más conmovedora y sentimental canción sobre lo que somos los hombres sabaneros y caribes, los montunos y los corronchos en Navidad.

¡Qué tristeza y qué soledad para quien se quedó sobre los cerros! ¡El tiempo que se fue no vale nada, que mueran los recuerdos que nos duelen!

Y esa misma canción nos lleva al patio de la casa, oloroso a pasteles y a un enorme bijao que parte en dos el olor del día en una mesa desnuda.

Y los recuerdos huelen a madera recién pulida, a yarda de telas para la camisa que coserá mamá, a dulzaina y a hojalata con la que hacen los carros de los niños y al papel de colores con las que se envolvían los aguinaldos y ‘las cuelgas’, una palabra desterrada del diccionario cotidiano. ‘Cuelga’ era un detalle, un presente, un regalo.

Historia de una tradición

Ahora las velas están encendidas como en la madrugada de hace más de dos milenios, alumbrando el camino de Belén.

El pabilo de las velas es una luz a punto de apagarse. La luz encarna el doble misterio de la concepción de la Virgen María, el nacimiento de Cristo y el alumbramiento espiritual, que es más que aquella luz de las luciérnagas en las oscuranas de los pueblos sin luz eléctrica, o los faroles que se crean con papel de celofán de colores verde, amarillo, rojo y azul cada noche del de 7 de diciembre o en la madrugada del 8 en todos los pueblos del Caribe colombiano y en el país, la primera de cuatro celebraciones que hoy de manera cotidiana, festiva, comercial y profana, son las fiestas de Navidad y Fin de Año. El 8, el 24, el 31 de diciembre, y el Día de Reyes, 6 de enero.

La Fiesta de las Velitas se celebra en todo el país en la noche del 7 y en la madrugada del 8, con una segunda ronda de velas, desde que el papa Pío IX proclamara en la bula Ineffabilis Deus, el 8 de diciembre de 1854, esta vigilia con velas en honor a la Virgen María.

Entre los judíos se conmemora la Fiesta de las Luces para recordar la derrota de los helenos, la independencia judía en manos de los macabeos sobre los griegos, la purificación del templo de Jerusalén y el retiro de imágenes paganas en el siglo II antes de Cristo. Los judíos creen en el milagro de un candelabro que siguió encendido ocho días después con el aceite de un solo día. Desde ese entonces, se acostumbra encender un candelario de nueve brazos.

La virgen soñada

De tanto soñar con la Virgen María, sus fieles la ven en todas partes, hasta en el parpadeo de una vela. La gente ve lo que cree y lo que desea ver, pero el rostro de Dios jamás podrá verse porque no es materia sino espíritu. Es imagen que ha prevalecido en la cultura occidental a lo largo de dos milenios. Como prevalecen las deidades de la cultura oriental, el sentido de lo sagrado es común a todas las creencias filosóficas en la humanidad.

Hay quienes se aferran a la imagen deificada que ha sido tallada en madera,

bronce o mármol o a la imagen pintada con la gracia o los acertijos de la imaginación humana. Y siguen viendo a la Virgen porque quieren verla como si fuera una flor que acaba de aparecer en el jardín. La ven en el verdín de los muros detrás del tinajero, en el asiento oscuro del café al amanecer, en los vidrios empañados de las ventanas, en el agua dormida de los aljibes, en las semillas de las balsaminas, en las sombras de las nubes o en la arcilla pisoteada del invierno.

La ven al atardecer frente al mar, en la llanura, en la sierra, en la ciénaga y en la selva. Lo que se hereda como tradición o como convicción religiosa o cultural, es muy difícil de desterrar. Recuerdo al poeta Cintio Vitier, que trabajó con el gobierno cubano, al frente del Instituto José Martí, quien, al margen de la revolución cubana era un católico convencido y asistía a su iglesia en La Habana. Pero también conocí a otro poeta que, en contravía aparente con la revolución, era budista y lector de textos orientales que devoraba en la clandestinidad.

En un viaje a Santiago de Cuba visité la iglesia de la Virgen de la Caridad del Cobre, que es morena como la Virgen de la Candelaria de Cartagena, advocaciones de la Virgen María, y allá -como acá- la virgen se les apareció a los mineros en una piedra arrancada del fondo de la tierra, como se le sigue apareciendo la Virgen del Carmen, a la gente del puerto, a los marineros y a los choferes de Cartagena.

Vi en una casa santiaguera a una familia que tenía un cerdo amarrado en las patas de una cama, esperando que llegara diciembre para sacrificarlo. El cerdo sacrificado en diciembre era una vieja costumbre cubana. En Cartagena, el pastel de cerdo y pollo es infaltable en las fiestas de diciembre. Y si al pastel se le agrega la Kola Román, la felicidad es absoluta.

Lo sagrado y profano

Con las creencias religiosas hay que ser respetuoso como con las creencias políticas, las convicciones filosóficas o las elecciones sexuales. El mundo oscila entre seres ortodoxos y fundamentalistas, para hablar en términos extremos; y en seres eclécticos y tolerantes, los que respetan los matices de diferencia en el pensar y en el vivir. Pero también hay seres herejes y nihilistas, iconoclastas y excéntricos. Los que ya no creen en nada o son tan descreídos de todo y de todos, una especie de amargura conceptual desencantada ante la vida y el mundo, que niega todo y rechaza cualquier manifestación cultural sobrenatural. Es como sentarse en una misma mesa con un sintoísta, un budista, un católico y un ateo. El sintoísta japonés siempre se sentirá acompañado por 8 millones de dioses que aletean en la naturaleza.

El budista sentirá la sonrisa perpetua de Buda, el católico la sangre que gotea del madero de una cruz de amaranto en donde ha sido sacrificado y crucificado el profeta del perdón que nos legó el mandamiento supremo de amar al prójimo como a nosotros mismos.

Y el ateo solo dirá como Luis Buñuel: “Soy ateo, gracias a Dios”. O como un ateo humanista como José Saramago dirá que Dios es el absoluto silencio del universo que nos interpela y nos abruma.

Pero cada cual tendrá razones para encender una vela a una virgen, a un dios, a una ceremonia familiar o íntima, con luces encendidas por alguien que está a punto de nacer o llegar. Una vela encendida o un candelabro con siete o nueve velas encendidas, para quien crea o no crea, es ya un acto supremo de belleza. Los niños son los más felices encendiendo velas y recogiendo las espermas derretidas para inventar una fiesta. El fuego nos reconcilia siempre con nuestro pasado, y purifica los recuerdos, e ilumina el sendero de los magos del Oriente rumbo a Belén o al corazón de quien escribe o lee esta crónica.

Share.

About Author

Chachareros

Chachareros es una invitación a que todos nos envíen sus artículos. La Cháchara los recibe con gusto

Comments are closed.

 Vulnerability scanner