A propósito de cierto Refugio…

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Cuando la filosofía se viste de poemas.

Por Javier Franco Altamar 

Este encuentro mío con la poesía de Jorge Mario Sarmiento Figueroa ha sido una experiencia fabulosa pues, a mi modo de ver, sus líneas exceden los cánones de su propia modalidad, si es que existe algo así. De pronto es que no existe, y él se ha encargado de demostrarlo con ‘Mi último refugio’.

Me atrevo a decir que los 32 poemas que conforman ese libro no solo constituyen un delicioso material para la lectura amena, sino que funcionan como creativo recurso para que olvidemos que estamos leyendo. Y entonces ocurre la magia: entramos en contacto directo con el esplendor del Universo y con sus verdades. Mejor dicho, con esos textos podemos hacerles el quite a las palabras, que la mayor parte del tiempo están en calidad de estorbo cuando intentamos conocer el mundo.

Voy más lejos: esos textos no son de poesía, sino de filosofía pura. Son capaces de tocar, en pocas líneas, pero con contundencia, todas las caras del cubo de nuestra vida, y, de paso, las variables más inexploradas de lo que nos rodea. Allí están el amor en sus diferentes expresiones, las reflexiones de la realidad con sus contextos y aristas, y se expresa con sinceridad el animal glorioso que nos habita porque es lo que somos.

Recordé, entonces, no sólo al Nietszche, que salta en el texto con su eterno retorno, sino al cuerpo de hedonistas que se desliza con Demócrito a la cabeza, con Epicuro en su esplendor, y hasta con los estoicos, centradas sus realizaciones en las riendas propias. Por esa vía, claro está, me encontré con el Dios de Spinoza, es decir, con la misma naturaleza de la que somos parte, pequeña y grande al mismo tiempo, en la que hemos sido capaces de decir cosas como las dice Jorge Mario.

Pero también está Wittgenstein con sus sentencias sobre los límites del lenguaje, y se asoma Onfray poniendo el acento en el rescate de la sabiduría del Cosmos. Así lo hace el poeta que él defiende, el mismo que mira la taruya, o el que se deja mirar desde la sinceridad de las almendras.

Quizás suene atrevido de mi parte, pero este no es un libro solo para poetas que cruzan metáforas como pinceladas de decorativas. No: es también para ellos, pero sobre todo para los otros mortales. Porque Jorge Mario nos recuerda que además del silencio, tenemos el recurso del artista que habla, del aedo moderno que nos lleva en un viaje a la médula de los significados, de la cítara pulsada que nos pone en sintonía con la inmanencia.

Si como decía el ya mencionado Wittgenstein, “los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo”, la poesía de Jorge Mario nos permite superar las finitudes de la palabra, y nos ubica en esas dimensiones donde la estrechez se disuelve.

Meme

Camiseta roja, pantaloneta azul,

el niño yace, un cadáver de pez en la playa.

Su imagen pequeña se hace universal,

símbolo total de un país en ruinas, de una especie muerta.

Los días pasan lentos, las redes son rápidas.

Ahora, el niño, si acaso, es un meme.

 

Un joven patea a una abuela en los límites de la franja,

luego sonríe para la foto del álbum nacional.

Una heroica pataleta de juventud.

 

Mensaje de navidad para el hijo que no recibirá el abrazo.

Afuera, la época llega en los reflejos de bolas rojas.

Adentro, el óxido de los barrotes se come el tiempo sin decir palabra.

Afuera, la cuna espera al redentor entre ovejas plásticas.

Adentro, en cualquier momento, el colchón arderá en llamas.

 

De quién es el niño, de quién es la playa, de quién son las ruinas, de quién la pantalla,

de quién es el nieto, de quién es la abuela, de quién es la franja, de quién la patada,

de quién es la cuna, de quién son las llamas, de quién los barrotes, de quién la palabra.

Buenos

Quiero partirte el alma por todas las causas,

en un rincón poner tu nombre, como una negación.

Hacerlo como niño que llora

porque conoce la oscuridad en los pechos que no se apiadan.

Conozco, por ignorante, la dulzura de ese veneno.

Sé que esto se puede pedir como lo pediría una reina inglesa:

Me hace el favor y me la trae, así sea muerta.

Lo mismo sé que caerse del caballo es un placer, el abismo es caerse de la vida.

Porque los buenos muertos siempre vuelven,

el dolor infinito es verlos recoger nuestras almas,

limpiarnos el sudario, consolarnos y nosotros no poder,

no poder… no poder.

El perdón nos romperá el alma,

cada llanto de los buenos muertos nos volverá a la vida por la mera gratitud,

con la que iremos a donde sea que podamos,

a recoger tantas muertes, sus pedazos.

A limpiar con toda la paz,

para que podamos ver con nuestras almas

lo que parece que avizoro:

Que caerse del caballo es un placer, el abismo es caerse de la vida.

Que caerse del caballo es un placer, el abismo es caerse de la vida.

Dragón

Tú, que me conoces tanto, me regalas una sonrisa feliz cuando me ves de fuego.

Tú, que sabes que entre lo real y el universo está la tela de los misterios, por donde salgo y entro a placer, hasta que esto termine.

A veces llego con la euforia de dragón arlequín,

lo contrario del extraño ser de interior dorado que está de este lado y mira por el otro,

en el lugar de la mente.

Con esos ojos miro tu fuego, tu sonrisa, veo tu corazón rebozado de sangre,

te veo la desesperación, la placidez y la alegría.

Con esos ojos que ven sin luz, con esos nos vemos.

 

Para adquirir el libro, comunícate con:

Jorge Mario Sarmiento Figueroa – 3185062634

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