Juan Madera, genio de ‘La Pollera Colorá’

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Juan Bautista Madera Castro parece una fina talla en caoba que se ha detenido en el tiempo apacible de la sabana.

Por: Gustavo Tatis Guerra

Juan Madera, genio de ´La Pollera Colorá

Está sentado en una mecedora frente al viejo retrato en sepia en el que aparece con su clarinete tocando la cumbia ‘La pollera colorá’ (1963), que le ha dado la vuelta al mundo y es considerada el segundo Himno Nacional de Colombia.

Juan Bautista es delgado, cabello blanco a ras, ojos grises profundos que contrastan con las vetas serenas de su piel. Saca de entre su colección de sombreros uno negro, se viste de guayabera de color crema, zapatos negros y se mece en la sala de su casa en el barrio El Cortijo en Sincelejo, donde vive desde 1980, un año después de la tragedia del desplome de las corralejas. Allí llegamos gracias a mi amigo Hugo Sierra, el director de la Casa de la Cultura ‘Fernando Iriarte’ de Sincé.

Mientras la brisa helada entra a la casa con una ráfaga de rocío al atardecer, él recuerda a sus 97 años sus días de infancia en Sincé, su aldea natal, y al músico Epifanio Montes Osorio, a Virgilio Iriarte y Adolfo Mejía.

De repente me cuenta que un día haciendo la siesta lo despertó la melodía que él mismo inventó hace cerca de sesenta años, pero estaba siendo interpretada al otro lado del mundo por una orquesta, y la melodía lo sacudió con la alegre novedad de una revelación. Y otra vez quedó enmudecido cuando ante su televisión escuchó a Bart Simpson interpretando ‘La pollera colorá’ en el capítulo 11 de la serie Los Simpsons.

Infancia en Sincé

Juan Madera y los recuerdos de su infancia

“Aquellos años de infancia fueron años dorados”, dice con su voz lenta, suave, como si saboreara el antiguo sabor de las sílabas. “Vivía casi enfrente de Virgilio Iriarte, el padre de Fernando Iriarte, quien deseaba que su hijo también cuidara de la tierra, pero Fernando tenía más interés por la música que por la tierra. El viejo Virgilio le dejó a sus hijos unos pedazos de tierra a todos.

“Recuerdo a Argemira García, la abuela materna de García Márquez, una mujer delgada, alta, elegante, amable. Sincé era un pueblo tan sano que uno podía acostarse con billetes en el pecho y nadie se atrevía a cogerse nada. También recuerdo a Juan Benavides, quien trajo a Mariano Ospina Pérez, una sorpresa para los conservadores y una extrañeza para los liberales de su época.

Ospina Pérez caminó por las calles polvorientas de Sincé, y el estallido de la pólvora en la Plaza del Carmen en La Esmeralda anunció la bienvenida con pitos y timbales. Todo parecía normal en medio de los vecinos conservadores que esperaban a Ospina Pérez y también aquellos vecinos liberales que eran la familia Arrieta. La pregunta de uno de los Arrieta en plena plaza fue como un baldado de agua helada: ¿Y quién es el que llega a Sincé? ¿Jesucristo? La familia de Juan Benavides conserva de aquella visita la vajilla grabada con hilos dorados de la invitación a Ospina Pérez.

Juan Madera y Gustavo Tatis Guerra

“Mi padre se llamaba Eusebio Castro y era sembrador de yuca, maíz, plátano. Pero su verdadero apellido era Montes Martínez. Era hijo natural. Mi madre era Carmen Madera Arrieta. Pero cuando el padre Ayola me fue a bautizar, sentí que a los hijos naturales no los reconocían. Mi nombre debía ser Juan Bautista Montes, pero fue decisión mía llamarme Juan Madera Castro, uno de los 11 hijos de Eusebio y Carmen.

Corregir los apellidos era tan complicado y había que ir a Roma. En mi infancia, en Sincé, no alcancé a estudiar ni la primaria, porque mi papá me llevó a trabajar en el monte. Jugaba a lo que jugaban los niños de mi tiempo: a la cometa, al trompo, al tejo. El padre de Adolfo Mejía era mi amigo. Era relojero y tocaba el requinto. No alcancé a ser amigo del músico Adolfo Mejía porque se fue temprano del pueblo.

“Un día el músico Pacho Montes empezó a llamar a los jóvenes de Sincé para que se inscribieran en las clases de música. Pacho Montes se presentó con dos tanques llenos de instrumentos. Era la oportunidad. El primer maestro era Ricardo Maza y era de Magangué. La fiebre de la música atrajo a los muchachera de Sincé.

“El Trébol era el pozo que abastecía de agua a los sinceanos. Yo tenía un tanquecito de agua del pozo. Fui a la primera clase de música con Maza y, entre los instrumentos que pusieron sobre una mesa, vi un clarinete. Yo cogí el clarinete que jamás en mi vida había tocado. Nadie en mi familia es músico, pero antes de empezar yo me llevé el clarinete a los labios y sin proponérmelo sonó aquel instrumento.

“De pronto, el profesor preguntó: “¿Quién sonó el clarinete?”. Yo me quedé mudo y paralizado porque creí que me iban a regañar, pero los compañeros me delataron. El profesor se me acercó y dijo: “¡Tome ese instrumento, que le va a servir!”. En aquellos días, el profesor llevaba siempre una tabla para darle en la mano a los alumnos desaplicados. Ahí empezó todo, pero tuve de maestro desde niño a Juan de la Cruz Piña, el padre de Juan y Carlos Piña, y soy padrino de sacramento de Juan Piña”.

Viajes tras la música

Juan Madera y su clarinete

“Cuando salí de Sincé, nunca me olvidé de regresar. Viajé en buques de vapor por el río Magdalena, pero siempre aprovechaba los días festivos para regresar a mi pueblo. Iba en aquellos viejos buques y también en tren. Pero ahora todo eso se perdió y desapareció. Los barcos por el río y el ferrocarril.

Recuerdo aquellos barcos pitando, alumbrando la noche con sus luces en el puerto, y los músicos que tocaban a bordo. Cada barco tenía su orquesta. Y la gente bailaba en esos barcos. Todo eso se acabó. Yo tocaba el clarinete en la orquesta del músico corozalero Pedro Salcedo, que tocaba el bombardino, luego el saxofón y clarinete.

Tocábamos en el bar Hawái de Barrancabermeja. Un día fuimos a acompañar al maestro Salcedo para grabar a los estudios de Emilio Fortul, en la calle 40 de Barranquilla, uno de sus álbumes, con cinco canciones: ‘Amparito’, ‘Paulina Calvete’, entre otras, pero la quinta canción no le convenció, así que le faltaba una, y yo ya tenía la melodía de ‘La pollera colorá’. Entonces él decidió grabarla casi accidentalmente para llenar ese quinto vacío, sin saber que se convertiría en un himno. Tenía ocho días de casado con Amparo Manjarrés, con la que he celebrado Bodas de Oro y estaba desesperado por verla, después de grabar la cumbia. La toqué con con el clarinete sencillo de 13 llaves, que me regaló Epifanio Montes. Luego a Luis Gabriel Meza le trajeron un clarinete de Europa, y él me dio el suyo que tenía 21 llaves”.

Los derechos musicales

El compositor Wilson Choperena, de Plato, Magdalena, que también integraba la orquesta de Salcedo, le pidió a Juan Madera agregarle unos versos inspirados en una muchacha llamada Mirna Pineda. “Ombe, Choperena, ¡cómo no!”, le dijo Madera. “La letra no embellece la música, y con la sola letra nadie baila”. Se grabó sin parar y sin tropiezos al atardecer, en cinco horas. En Barrancabermeja lo más lejano era encontrar una pollera colorá. Así que a la versión instrumental de Madera se le agregó la letra de Choperena. El creador de la melodía dice que delante del maestro Salcedo el mismo Choperena le preguntó cuándo la iba a registrar. El 24 de octubre de 1962 fue registrada en la Notaría Primera del Circuito de Barrancabermeja. Pero en junio del año 2000, Juan Madera demandó a Chopera al comprobar que él había transferido y cedido los derechos de la cumbia a Sonolux en 1971 y a Sono Inter en 1996, violando sus propios derechos musicales. En 2010, el compositor Wilson Choperena fue condenado a 24 meses de prisión y a pagar una muilta de 10 millones de pesos, por los delitos de defraudación a los derechos patrimoniales del autor de la música.

Epílogo

Una mañana tocaron a la puerta de Juan Madera y tuvo un pálpito terrible, pero era para anunciarle que recibiría el título de Bachiller Honoris Causa del Colegio Antonia Santos de Sincé. Madera les dijo perplejo: “Acepto con una condición: que no me pasen al tablero”.

Me cuenta que ha compuesto otras cumbias que han quedado guardadas en el olvido, como ‘El abarcón’, dedicada a Eligio Arroyo; ‘Los lentes de Telmo’, ‘El bastón de Tomás’, ‘La catanga’, entre otras. Algunas fueron grabadas por su compadre Juan De la Cruz Piña y por Pello Torres. Donó el clarinete de su música a la ciudad de Barrancabermeja, pero el alcalde que lo recibió y terminó preso se quedó con el instrumento. Donó la partitura de su cumbia a la Casa de la Cultura de Sincé. Dice que a sus 97 años, y con 11 hijos, no le teme a la muerte. Reza el Padre Nuestro antes de dormir. Y espera ser cremado cuando Dios disponga de él, y sus cenizas reposen en su Sincé natal, al que espera regresar antes de partir. Solo le inquieta que no le hayan cumplido la promesa oficial de que erigirían un monumento en su pueblo.

Aún espera. Le digo que no vaya a irse antes de eso.

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Acerca del Autor

7. Francisco Figueroa

Comunicador y Periodista. Editor deportivo de Lachachara.co, tiene experiencia en radio, prensa y televisión. Se ha desempeñado en medios como Diario del Caribe, Satel TV (Telecaribe), RCN, Caracol radio, Emisora Atlántico, Revista Junior. Fue Director deportivo de la Escuela de fútbol Pibe Valderrama y dirigió la estrategia de mercadeo y deportes de Coolechera. Para contactarlo: Email: figueroaturcios@yahoo.es

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