Lácides Romero, el mundo suena en su acordeón

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Al niño Lácides Romero no le alcanzaban los pies para tocar el órgano de la catedral de Montería, cuando su padre lo inició en la música.Empezó a verlo tocar a sus tres años y luego a los siete comenzó a ser alumno de su padre, el maestro Tiburcio Romero.

Por: Gustavo Tatis Guerra

Gustavo Tatis y Lácides Romero

La historia empezó cuando su padre siendo un niño aprendió viendo tocar el armonio en la iglesia de Lorica, su pueblo natal. Después de la misa entraba a tocar el armonio a escondidas, hasta que el párroco Lácides Bershal lo motivó a estudiar música hasta convertirlo en el músico solicitado que tocaba el armonio en todas las iglesias del Sinú.

Su hijo mayor, Lácides, a sus 10 años, no solo se hizo virtuoso del armonio sino que aprendió a cantar las misas en latín, atendiendo las solicitudes de muchas iglesias. El padre le entregaba las partituras a Lácides, recuerda su hermana Angélica Romero, y el niño músico las interpretaba al día siguiente.

“Todos los días, siendo niño, salía de mi casa a las seis de la madrugada en bicicleta por aquellas calles oscuras para ir a tocar en la iglesia. Recorría kilómetro y medio. Todas las noche se iba la luz en el Lorica y, entonces, mi papá, que tenía un piano vertical en la sala, ensayaba a la luz de las velas. Entonces los vecinos llegaban a la casa y se creaba una tertulia musical.

Venían Roviro Flórez con su violín, el doctor Vento, el señor Herazo que traía su bajo, el italiano Gino Arona que tocaba el violín en la Escuela de Música de Montería. Yo era una esponja. Me iba con mi padre a la iglesia y me sentaba en un butaco cerca a él, y la música sacra que él tocaba me erizaba la piel. Creo que la música entró primero en mí por la piel y después por la partitura. Mi padre no solo tocaba en las iglesias, sino que era pianista, luthier, constructor de instrumentos, fabricó violines y contrabajos, fue arreglista de la Sonora Cordobesa. Es el compositor de los porros ‘El bocachico sinuano’, ‘Pura paja, ‘El Taquito Méndez’ y arreglista del porro ‘Roberto Ruiz’.

 

Lácides Romero Meza

“Además de todo lo anterior, mi padre era carpintero y tallador. Hacía las camas, las mesas, las sillas, los taburetes de la casa, los atriles, y estudiaba Radio y Electrónica por correspondencia. La culpa de lo que soy se lo debo a él. Aprendí con él a desarmar y armar los instrumentos, a hacerme mis propios juguetes de madera. A nadar como pez en agua dulce y salada, a ser polifacético, a valorar aquellas noche sin luz en las que siempre había cirios. Cuando venía la luz, volvíamos a la realidad. Pero papá seguía ensayando además de las músicas regionales, las músicas del mundo en la sala de la casa. Era la música de Europa, Asia y Suramérica.

De esa vocación surgió en mí también mi afición a la caricatura y a la pintura. Una vez me castigaron por hacerle una caricatura a los profesores de la Salle. Recuerdo haber pintado una acuarela a mis seis años. Mi padre era un hombre apacible, tranquilo, con una curiosidad hacia las artes y la música, mientras mi madre, Rosario Meza, era dinámica, emprendedora, y era quien iba a cobrar porque la timidez de mi padre le impedía cobrar por su trabajo.

De Lorica nos fuimos a vivir a Montería, cuando nombraron a mi padre organista de la catedral de Montería. De la misa de seis me iba a la escuela a las siete y salía a las dos de la tarde. Después ensayaba con mi padre una música distinta a la música sacra de las iglesias. Lo que ensayábamos era porros, puyas, fandangos. Una vez fui al Hospital de San Jerónimo a las cinco de la madrugada a tocarle a unos enfermos. Unos estaban aún en pijamas y otros conectados a tubos de respiración.

En aquellos años de mi infancia nosotros vivíamos en la calle 24 con carrera 5, en Montería, las grandes orquestas que sonaban e invitaban a los clubes sociales eran la Sonora Cordobesa y la Orquesta de Lucho Bermúdez. Muchos de los músicos de la Sonora Cordobesa participaban en la Orquesta de Pedro Laza y sus Pelayeros, en Cartagena.

Invención para el mundo

Lácides Romero

A Lácides le dicen ‘El Acordeonista de Bach’, pero es algo más que eso. Ha construido un acordeón reformándolo con nuevas teclas y lengüetas y maderas antiguas de un piano de 1890. El acordeón de Lácides solo lo tiene él que lo ha construido en cuarenta años de prodigiosa y disciplinada curiosidad. Su acordeón pesa 13 kilos. Y con su acordeón viajan sus herramientas con las que cuida cada lengüetica de tres milímetros o cada botoncito cada vez que cruza los inviernos, veranos y otoños del mundo. Con ese acordeón toca a Bach, a Beethoven, a Mozart, Vivaldi, a Georg Friedrich Händel, uno de sus preferidos, pero también interpreta la música popular de su tierra y las músicas del mundo. La música sacra que cantó desde niño, la música barroca, la música de Oriente, Japón y China.

“Entre los clásicos mi preferido es Händel por su temperamento emprendedor y cosmopolita. Su música tiene un espectro más grande”.

Lácides es autor de ‘Variaciones colombianas al Carnaval de Venecia’ (2000) en las que introduce la guabina, el pasillo, el bambuco, el joropo, la danza y el porro. Es autor de seis libros que revolucionan el concepto de la pedagogía musical, dos de ellos son ‘Introducción a la música colombiana’ y ‘Entrenamiento auditivo armónico’, que descifra las melodías, arpegios y acordes.

“La pedagogía en el mundo occidental es muy cerrada. La línea melódica es horizontal y mi sugerencia es que los estudiantes la piensen verticalmente. Propongo saltos en los acordes. Les digo a los estudiantes que no se queden entre cuatro paredes. Que se asomen a nuevas posibilidades. Por ejemplo, al ser invitado a Cartagena, a las Clínicas Instrumentales de Unibac, tengo que explicar a los estudiantes que el acordeón no solo es para tocar música de los valles de Upar o las sabanas del Bolívar Grande. Que este acordeón reformado que suena como un armonio se abre a las músicas del mundo”.

Autodidacta visionario

Lácides es un visionario de la música. Estudió piano en el Instituto de Bellas Artes de Medellín pero siguió como autodidacta insaciable investigando y perfeccionando su proyecto novedoso de la música. Es Pedagogo Musical ‘Honoris Causa’ de la Universidad Pedagógica Nacional de Bogotá. Y, a lo largo de más de cuatro décadas, ha sido maestro invitado en diversas universidades del país. Docente en la Universidad Javeriana y en la Universidad Pedagógica. En 2001 recibió la Medalla de Bronce en el Concurso Internacional ‘The Golden Accordion’, de Nueva York.

Epílogo

Ahora interpreta ‘La cumbia cienaguera’ ante nosotros. Desliza sus dedos y la misma cumbia empieza a sonar en versión japonesa, gracias a la invención de su acordeón reformado. Lácides se prepara para viajar en próximos días a Brasil a un encuentro con 80 acordeoneros de Europa y América. Me confiesa que en sus 71 años jamás se ha emborrachado. Es un artista sobrio que solo bebe una copa de vino en las comidas, pero jamás ha permitido que las bebidas se lo beban a él. Lo suyo es sacrificio y una humildad ejemplar, los pasaportes de su genialidad.

En el Museo de los Grandes Acordeonistas Veteranos del Mundo, en la ciudad de Record Terme (Italia), está la huella de una mano recubierta en oro. Es la mano del colombiano Lácides Romero Meza.

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Acerca del Autor

7. Francisco Figueroa

Comunicador y Periodista. Editor deportivo de Lachachara.co, tiene experiencia en radio, prensa y televisión. Se ha desempeñado en medios como Diario del Caribe, Satel TV (Telecaribe), RCN, Caracol radio, Emisora Atlántico, Revista Junior. Fue Director deportivo de la Escuela de fútbol Pibe Valderrama y dirigió la estrategia de mercadeo y deportes de Coolechera. Para contactarlo: Email: figueroaturcios@yahoo.es

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