Getsemaní, cuando el dolor es de barrio

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Getsemaní es algo más que un barrio de Cartagena de Indias. Es el corazón de la memoria de su Independencia de más de tres siglos de ataduras españolas. Allí empezó todo. Y no hay un solo getsemanicense que no se sienta partícipe de esa herencia histórica.

Por: Gustavo Tatis Guerra

Los getsemanicenses tienen un arraigo de más de cuatro siglos. Se apegan a los muros de la casa, a la esquina, a la plaza, a la ventana donde entran y salen los secretos íntimos y públicos.

Mi amigo Benjamín Kiles llevaba consigo mismo, la memoria de la casa de San Antonio donde nació, y de donde salió poco antes de morir. Benjamín no se murió del corazón, como dijeron los médicos, sino de la nostalgia por haber salido de su casa y su barrio.

Al vender la casa donde había vivido más de sesenta años junto a su madre y su familia, Benjamín Kiles empezó a morir de barrio, él sintió que algo de la casa fenecía con él. El dolor en el pecho apareció en el primer amanecer luego de dejar la casa. Su destino fue irse a Torices, que para todos los getsemanicenses es la mejor manera de ser toricenses y getsemanicenses a la vez.

Muy cerca de la casa de Benjamín Kiles había vivido el poeta Jorge Artel en la famosa casa de las ocho estrellas, frente a la iglesia de la Trinidad. Artel se llamaba en verdad Agapito de Arco, pero bastó que alguien se riera de él en la escuela para que decidiera cambiarse su nombre, y eligió el de Jorge Artel. El 9 de abril de 1948 fue apresado solo por ser liberal, sospechoso de haber participado en la quema del periódico conservador El Fígaro, en la calle Don Sancho.

Nunca se le probó y Artel llevó para siempre el resentimiento de ese día trágico. En sus últimos años, visitó dos veces a su ciudad natal. El otoño vibraba en el metal cansado de su voz y en sus ojos oscuros y nos dejaba ver frente a nosotros a un ser aguerrido, de una inmensa dignidad pero con una tristeza de desterrado. A él le dolían las ocho puntas de la estrella de su casa, perdida al salir de Getsemaní. Su mejor poemario, ‘Tambores en la noche’ (1940), es la profunda evocación del barrio, nostalgia de los universos africanos y esperanzas de la tribu.

Pocas cuadras más adelante, por la calle del Espíritu Santo, vivió la familia de Manuel Zapata Olivella cuando el escritor llegó a la ciudad desde el puerto de Lorica. Se quedó desde sus quince años, en 1935.

A pocas cuadras de la casa de Benjamín, vivió Pedro Romero, que dirigía La Maestranza, una escuela de fundidores y herreros que hacían desde campanas, pasando por aldabas, barcos y cañones.

Muy cerca, en La Sierpe, un puente unía la calle con la delgada calle de San Juan, nombrada en el son de Lucho Pérez (‘Lucho Argaín’),cuando en su infancia los niños peleaban por los balines encontrados debajo de las piedras, de las balas disparadas por el inglés Francis Drake en sus tres asaltos a la ciudad. Las dos calles flotaban en el olor de los jabones de glicerina de Daniel Lemaitre y en el menticol del empresario y artista cartagenero.

A pocas cuadras en la calle Lomba nació hace setenta años el poeta Pedro Blas Julio Romero, el hijo único de Inés Romero, negra descendiente de dominicanos, y Clemente Julio, un capitán de barcos que en su viaje de Tolú a Cartagena fue atacado por un tiburón que le devoró una pierna.

Pedro Blas vivió su infancia en Getsemaní y desde hace años fue desterrado a vivir fuera de su barrio, pero cuando le nombran a Getsemaní el acude a defender su barrio como si no hubiera salido de la calle Lomba. Desde hace poco, algunos de sus poemas ya son parte de la nomenclatura de la Plaza de la Trinidad. Sus poemas son una señal de los pájaros y los transeúntes, y la biblioteca del Colegio La Milagrosa lleva su nombre. Su compadre José Gomezcásseres le había dicho en los atardeceres de los ochenta que había que hacer con él lo mismo que se hizo con el Tuerto López: sus poemas fueron empotrados en las calles. A Pedro Blas le pareció una desmesura del afecto de su compadre, pero el día en que se empotraron sus poemas lloró recordando a su compadre fallecido.

A Pedro Blas le ocurre lo mismo que a Benjamín Kiles: lleva a Getsemaní en su corazón y no se siente en ninguna otra parte que no sea su calle Lomba, como Benjamín en su calle San Antonio.

Pedro Blas dice que “Getsemaní es el solemne desorden untado de vida”. Y Benjamín Kiles, al irse del barrio, como Jesús Taborda, que ha vivido toda su vida en Getsemaní, siente que algo de la ciudad muere con él al mudarse a Torices.

“Pero ¿sabes? -me dice ahora, que avanza en su bicicleta rumbo a Torices-, es que los getsemanicenses somos los únicos en Cartagena que seguimos viviendo en el mismo barrio aunque nos vayamos”, dice Jesús Taborda.

Muy cerca de la casa de Pedro Blas y Benjamín Kiles pasa el mundo. Por allí vivió sus últimos años el poeta Raúl Gómez Jattin, que intuía que el mundo terminaría buscando a Getsemaní, pero el temor era el mismo para él y para los que nacieron allí: que los nativos tuvieran que irse del barrio porque era imposible pagar los impuestos, y buscar otros lugares de Cartagena donde posar el pie.

En la casa esquinera con balcones frente a la Plaza de la Trinidad, nacieron los hijos del músico salvadoreño Rigoberto Lezama, quien durante más de medio siglo formó a diversas generaciones de músicos como trompetista, director, productor, arreglista o pedagogo, e incidió de manera decisiva y protagónica en el impulso creativo y musical en distintos formatos, desde la música tradicional cartagenera, como los porros, cumbias, los ritmos antillanos como la salsa o el bolero, hasta los formatos jazzísticos y las orquestas de big band. Músicos destacados de la ciudad reconocen su jerarquía humana y artística, como el investigador Enrique Luis Muñoz, los músicos Víctor Del Real, Juan Carlos Coronel o Michi Sarmiento.

Si el balcón contara secretos, de allí saldrían centenares de melodías y sinfonías de los encuentros humanos con tantos músicos del barrio y del mundo.

Juan Carlos Coronell

Muy cerca nació, en una vieja casa de Getsemaní, el cantante Juan Carlos Coronel y en una casa aún sin precisar nació el novelista Germán Espinosa. Y en la calle de la canción de Lucho Pérez, la reina vitalicia del Cabildo de Getsemaní, Nilda Meléndez, reivindicó hace más de treinta años la esencia del Cabildo como expresión de las fiestas tradicionales de Cartagena, en la celebración de su Independencia, y su vinculación con el África y el Caribe.

Fue ella la primera en despertar las deidades africanas e integrarlas a la fiesta cartagenera: Oshun, diosa del amor; Elegguá, el dueño del destino; Yemayá, la diosa del océano, y Changó, el dios del tambor, todos ellos con referentes en los santos católicos.

No hay una sola calle y un solo callejón que no nos lleve a la historia.

A pocos pasos, estaba la empresa de zapatos Beetar, que hacía los zapatos Caprichos, en blanco y negro, y los zapatos Corona, que tenían carramplones metálicos y resonaban en el pavimiento. Mi padre compraba los zapatos Corona en ese almacén. Esos zapatos marcaron una época en Cartagena.

Una de las grandes virtudes humanas de Getsemaní es la reserva de su convivencia: allí se hereda la bella costrumbre de mecer el atardecer en la puerta de la casa, en una mariapalito de madera, un taburete o una mecedora mompoxina. La plaza no ha muerto aún, pese a las amenazas de la globalización. Allí se encuentra el mundo en los escaños de la plaza, los nativos y los forasteros que decidieron quedarse atrapados por el embrujo del barrio.

Getsemaní es el barrio de los lanceros que en aquella mañana de noviembre de 1811 se tomaron el Palacio de la Proclamación y declararon la Independencia absoluta de España.

Barrio de artesanos, talladores de santos, músicos, poetas, pintores, peloteros, cocineros, sastres, afiladores de cuchillos, maestros de escuela, reinas de belleza, gente noble que lleva a su barrio en sus hombros. La canción ‘El getsemanicense’, de Lucho Pérez los retrata: “Barrio de bravos leones, sinceros de corazones, y amables en el tratar”.

Epílogo

Benjamín Kiles llevaba la sombra de Getsemaní en todo lo que recordaba. Era un devorador de libros. Sus cuatro pasiones eran su casa de Getsemaní en la calle de San Antonio, leer todo lo que le cayera en las manos, beber cerveza y amar a su eterna novia: Cecilia. Murió de físico dolor de barrio.

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