Andando con Juancho Polo

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Hubo de pasar muchos días para volver a recuperar la tranquilidad.

Por: Óscar Flórez Támara

Juancho Polo Valencia

Juancho Polo me había secuestrado el sueño. En cualquier parte donde ponía mi pensamiento emergía como un duende cobrándome una deuda que jamás había contraído. Y en la medida que quería ocuparme de otra cosa saltaban sus canciones como otra posibilidad de mostrarme la vida.

Siempre con colores diferentes, limpios y embellecidos. Así fue Juancho Polo en el amor. Y la amistad la elevó a dimensiones insospechadas, más allá de los sueños y de la sangre. Llegando muchas veces a la profundidad y la distancia entre el hombre y el creador. La amistad, para nuestro campesino cantor, es el sentimiento más puro y elevado que tenemos los humanos. Y por extensión, los pueblos en su misión civilizada por compartir los designios del planeta. De acercar los corazones y unir las manos en un gesto caluroso de la vida. Por la comprensión plena de este sentimiento Juancho Polo no dudó un instante en hacer la comparación de la soledad que padecen aquellos que no tienen amigos. Incluso, fue capaz de dirigirse a Dios y decirle que “como no tiene amigos, anda en el aire”.

Juancho Polo reflexiona, vive en el Macondo de maravillas y de dolores, donde le toca llevar en los huesos la dura realidad. Realidad que no es la del papel, es la de la indiferencia y el cinismo que muestran ciertos gobernantes que solo actúan cuando ya se ha consumado la tragedia para sacar provecho de la misma sin importar el grado de pobreza o miseria en que quedan los que la padecen. Así lo percibimos en la canción titulada: “Las aguas del Manzanare”, donde pone al descubierto la conducta de quienes por deber les toca realizar una obra y no la realizan cuando la naturaleza muestra el mejor momento para hacerla, sino cuando ésta atenta contra la misma obra.

Intentemos analizar la canción antes anunciada: “Las aguas del manzanare/ se han puesto muy peligrosa/ cuando se inundan las calles/ ¡Ay! Se pierden muchas cosas…Vamos a ver cómo hacemos/ vamos a ver que pensamos/ esto no es en el invierno/ esto será en el verano…”

Aquí están reflejado “Cien años de Soledad”, toda esa realidad mágica que padecemos, pero que al fin, con un dejo de impotencia reprimida, Juancho Polo concluye que “donde quiera que uno muera/ toda la tierra es bendita”.

Sé que Juancho Polo tendrá su valoración en la medida que nuestra identidad no nos avergüence y empiecen a florecer sin complejos ni prejuicios las generaciones que nos han de suceder. Su alegría y tristeza fue expuesta de manera agraciada en el análisis fino y sereno que le hace a la naturaleza, desde el misterioso canto del pájaro carpintero hasta las turbulentas aguas del río Manzanare. Todo converge con extraordinaria naturalidad en este campesino cantor que supo elevar su espíritu en el más supremo escondite donde la altura pierde importancia al regar sus ojos en el infinito universo como complejidad de estrella y de ser y reafirmar su nombre fuera y dentro del mundo historial que pertenecemos y que nos pertenece.

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