Los sicarios de la infamia

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Siempre hay razones para asesinar a un hombre, a un líder social, a una mujer o a un niño. Por el contrario, casi es imposible justificar su vida

Por: Óscar Flórez Támara

Por eso el crimen en una sociedad enferma encuentra una justificación. Así nos lo afirma Albert Camus en uno de los pasajes de La Caída. En realidad, es una verdad de a puño que no necesita explicación.

Cuando los espías de Antipas y los fariseos urdieron la trama para que Jesús cayera en desgracia con el César, la mayor intención de estas personas era justificar el por qué debía morir el Maestro. Y en ese ajetreo de preparar una treta para comprometerlo en algún actuar ilícito, apresarlo y condenarlo, no vacilaron en hacer toda clase de marañas, siendo capaces de poner en sus labios palabras suspicaces cuando en realidad ellas solo anidaban la sinceridad del hijo del carpintero.

Así la inquina y la perfidia de los carniceros de entonces, para demostrarle a Tiberio el desconocimiento que Jesús hacía de su reinado y la desobediencia a pagar el tributo a que estaban sometidos los que se encontraban bajo el Imperio Romano, cuyo verdadero objetivo era lograr el crimen de un hombre inocente, porque los mercaderes no podían soportar a una persona desprendida que predicaba el nuevo amanecer victorioso montado en un pollino por las calles de Jerusalén.

Detrás de tantas intrigas y calumnias se escondía una sola verdad: el interés de los Sumos Sacerdotes por hacer del templo, no una casa de oración, sino una cueva de ladrones donde el becerro de oro era la máxima adoración.

 Desde antaño, el actuar humano ha cambiado poco. Los zánganos y fariseos deambulan por todas partes. En las calles, en las oficinas, en los cargos de elección popular, buscando un fin determinado para lograr objetivos malsanos y asquerosos, dando origen a un nuevo orden del crimen organizado o desorganizado, pero al fin y al cabo crimen. Con tal de vivir medrando dentro de una sociedad indiferente, son capaces de entregar la cabeza no solo de sus padres, sino de quienes se les atraviesen en sus objetivos.

Esto ha dado origen al sicariato, lo cual cada día nos acerca más a una conducta horrenda y despreciable, donde el asombro perdió la esencia de hacernos reaccionar ante cualquier desfachatez humana.

Cuando a todo se le ha puesto un precio, es fácil escuchar que “por la plata baila el perro”. Se le estableció un precio a la vida, a la honra, y a la ética se le persigue como a la peor lepra social existente en el momento crucial que vivimos. A esto hemos llegado, no solo a mancharnos las manos, sino a empuercar con la lengua.

Navegamos en la peor ruindad que no nos deja ser decentes. Estamos anclados en medio de esta tragedia, siendo personajes principales o secundarios, no importa. La infamia sigue su curso, porque el sicario no solo consiste en recibir plata para matar físicamente, sino también en deshonrar y calumniar al semejante: “Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Se le escuchó decir al Maestro cuando los confabulados quisieron confundir su mente para sacar partido de la infamia tramada.

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