Luis González Mora, un artista escondido de Cartagena

270

Ahora, mientras vemos sus fotografías, la imagen del niño chocoano que rema en el río Atrato se convierte, gracias a la mirada de Luis González, en un emperador de las aguas.

Por: Gustavo Tatis Guerra

Su cámara solo se ha fijado en la serena dignidad del rostro del niño tallado en la misma madera de las canoas, sin que se asome en ningún segundo el brillo apagado de la pobreza y mucho menos ninguna tristeza en sus ojos, y, aún menos, las invisibles señales de su orfandad.

La apariencia del niño es la de una criatura que emerge del paisaje, descubierto por Luis en una de sus peregrinaciones tras los milagros de la luz y la sombra. Solo al detallar los dedos del niño descubrimos las huellas de su leishmaniasis. Luis puede captar en una sola imagen una historia oculta entre las piedras, el bosque, la selva o incluso en los reflejos de la ciudad en los espejos de la lluvia.

En la Plaza de Los Coches de Cartagena, descubre la otra ciudad que duerme en sus reflejos, en el adoquinado brillante por las pisadas y las huellas mojadas del tiempo. Es otra ciudad la que duerme bajo la lluvia. Sus cúpulas derretidas en el pavimento, el reloj de la torre girando sus agujas en el tiempo invertido de la espuma y la estatua monumental del conquistador erigida en el destierro de las sombras. La geometría del agua crea otra ciudad debajo de las pisadas de sus transeúntes.

Al caminar por el corazón amurallado en la antigua aldea de los Mocanáes, convertida durante siglos en fortaleza europea y en llave apetecida de bucaneros y piratas aún sueltos de madrina, Luis retrata la olvidada dignidad de las mujeres de San Basilio de Palenque, que para él han sido disfrazadas con la bandera colombiana, cuando ellas mismas son un festín de sabiduría, humanidad y color desbordado.

Bajo el cielo de las frutas, toda palenquera es una deidad que no requiere pregones. Ellas cantan por sí mismas y con ellas todas las frutas del reino. Entonces el ojo de Luis las atrapa en blanco y negro y deja que solo las frutas derramen sus colores.

Luis González Mora

Luis, el menor de ocho hermanos, vino de Corozal a Cartagena de Indias siendo muy niño, embrujado desde sus trece años con un regalo que se convirtió en su destino: una Kodak que le trajo su hermana Aura en uno de sus viajes, y aquello en sus manos fue algo más que un invento para atrapar la belleza de lo imposible. Josefa, su madre, solo le dijo: “Haz lo que quieras con ese invento”. Gonzalo, su padre, silencioso e impenetrable, vio en aquel juguete una prolongación de la temprana sensibilidad del niño y un destello misterioso de la bisabuela cartagenera Amelia Porto, en cuyas pupilas danzaban sus emociones con el arte.

Al llegar por primera vez a Cartagena, Luis fue poseído por el dulce olor de los mangos de todas las estirpes, cuyos perfumes flotaban entre los árboles, detrás de la ventanilla del bus, cruzando por Gambote. Primero fue el olor de los mangos y luego el olor a caimito de la piel de las negras de Mahates, Palenque, Gamero, que también zumbaban en el viento del verano.

“Todo aquello era una experiencia sensorial estética muy excitante”, dice Luis, con el brillo verdoso de sus ojos detrás de sus lentes. Al llegar a la ciudad, los olores del mar y la bahía y de la gente que venía del mercado agregaron a su percepción una ciudad de olores, desde sus orillas castigadas e ignoradas en la pobreza de siglos, el olor ruinoso de las piedras lavadas por el invierno y los soles de agosto, el contraste casi convertido en susurro de la luz y la sombra. En su lente retrató aquel susurro de luz derramada entre los barrotes y aquel susurro de sombras derramas dentro de la ventana, dejando resplandores azules en la sombra y oro disperso en los destellos bailoteantes de luz.

“La realidad es una caja de sorpresas abstractas”, dice Luis.

“A veces, la abstracción contiene otra realidad, y a veces la realidad contiene a las abstracciones. Ocurre con los seres y las cosas”. Una de las fotos que más le conmueven de las que exhibe en la galería del Arzobispado es la de las sombras y los reflejos de unas personas que están en un recinto, como en un diálogo de espejos y sombras, no se sabe dónde comienza la sombra y dónde el otro reflejo de la realidad.

Encuentro con artistas

Luis González Mora

Luis dice que perdió la cuenta de cuántos años estas fotografías estuvieron guardadas en los escaparates del silencio y del olvido. Nunca las hizo para mostrarlas, sino para tener un recuerdo de lo observado y perseguido con pasión desde que era un niño. Cada foto suya ha sido la espera de quien entra en un bosque a ver qué sílabas dormidas despiertan la música de un alfabeto adámico. A veces tiene la impresión de que en un instante se fuga el milagro supremo entre las hojas, debajo de las alas de los pájaros y sus caligrafías de viento.

Un día, el artista Alejandro Obregón lo invitó a conocer su estudio secreto en la vieja casona del siglo XVI donde vivió sus últimos años y al entrar casi en puntillas con veneración, como quien entra en un templo, Luis comprobó que muy cerca de su gabinete de sueños, el artista veía pasar frente al mar “los colores barridos del cielo”, que luego pasaban a sus telas templadas con la pasión de quien supo atraparlas con sus pinceles y su mirada de halcón.

Este maestro de la luz y la sombra dice que su arte es lo más parecido a alguien que navega a ciegas en la oscuridad, para encontrar el milagro del arco iris en la noche.

Compartir.

Acerca del Autor

7. Francisco Figueroa

Comunicador y Periodista. Editor deportivo de Lachachara.co, tiene experiencia en radio, prensa y televisión. Se ha desempeñado en medios como Diario del Caribe, Satel TV (Telecaribe), RCN, Caracol radio, Emisora Atlántico, Revista Junior. Fue Director deportivo de la Escuela de fútbol Pibe Valderrama y dirigió la estrategia de mercadeo y deportes de Coolechera. Para contactarlo: Email: figueroaturcios@yahoo.es

Deja un comentario