Epilepsia colectiva

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Nada es tan peligroso como una persona contaminada por un credo. Se convierte, potencialmente, en asesino o en mártir.

Por Jorge Guebely

Intranquiliza a los colombianos sensatos la imagen de unos uribistas haciendo trizas la bandera de la comunidad LGTBI. Poseídos por una convulsiva furia, apuñalaban el símbolo con la ferocidad de una bacteria ideológica. Asesinaban la tela para defender pasionalmente su bandera mental, discurso político animado por el Centro Democrático, viejos valores de la pre-modernidad que se resisten a la desinstalación mental. Expresiones arbitrarias que rememoran los caudillismos populares de la pre-civilización.

Inquieta por ser prueba contundente de que nada es tan peligroso como una persona contaminada por un credo. Se convierte, potencialmente, en asesino o en mártir. Puede asesinar al que no comulgue con su dogma o dejarse despellejar en plaza pública por sus ideas. Prueba también de que las banderas constituyen el alimento de todas las violencias, de todas las guerras, de todas las pobrezas humanas, con las que se enriquecen todos los empresarios de las armas y se consolidan todos los políticos de las extremas.

Inquieto yo, mientras ebrios de ideología trituraban la bandera, recordé a Erich Fromm, psiquiatra de origen judío, miembro del grupo de Frankfurt. Recordé sus preguntas al hacer disquisiciones sobre las banderas ideológicas: ¿Fue la inmensa irracionalidad del nazismo obra de un solo hombre? ¿Sólo Hitler fue capaz de incinerar a siete millones de judíos y provocar el asesinato de setenta millones de personas durante la segunda guerra mundial?

Contundentes las conclusiones: Hitler engendró la pérfida bandera a partir de su delirio de importancia personal, la inoculó en sus lugartenientes bajo el contenido estrambótico de la superioridad racial, la militarizó en la conciencia de un ejército que la transformó en credo de batalla y la popularizo en la conciencia de un pueblo que creyó la mentira de una bandera asesina. Allí se convirtió en verdadero peligro, el pueblo no sólo no rechazaba los crímenes, sino que los aplaudía. Su desborde mental trituraba todas las diferencias.

Alemanes homofóbicos de ayer recuerdan a los uribistas de hoy, alienados apuñalando la bandera de la comunidad LGTBI. “Sin alienación no puede haber política”, afirmaba lúcidamente Arthur Miller.

Banderas ideológicas, cárceles mentales, artificios lingüísticos, peligros sociales cuando se hacen populares. Fuente de violencia, asesinatos y guerras. Poco importa que sea de izquierda o derecha. Lo mismo el chavismo venezolano que el uribismo colombiano, los diferencia la feligresía. Uno o varios hombres engendran la criatura ideológica, un pueblo le da animación asesina, la transforma en credo, en mandamiento, en llamas. Es el momento en que la razón se transforma en epilepsia colectiva, según Ciorán.

jguebelyo@gmail.com

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Jorge Guebely

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