El agua tiene memoria, Luis Eduardo

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El agua recuerda cada instante y cada gota de su existencia. La memoria del agua no falla y es contagiosa. Lo sé por experiencia. Cuando la brisa anuncia lluvia, cuando la lluvia se vuelve aguacero y el cielo acompaña el momento con su ruidosa y cegadora pirotecnia, me resulta inevitable pensar en Luis Eduardo Ramos.

Por Andrés Salcedo para La Cháchara

El escritor ,locutor periodista y exgerente de Telecaribe recuerda a Luis Eduardo Ramos

La memoria del agua me lo trae con su cuidado bigote y esa sabia humildad pueblerina que era su sello.

Luis Eduardo Ramos Badel – QEPD

Este valioso ejemplar humano que acaba de dejarnos para siempre había nacido en Sincé pero se domicilió tempranamente en Sincelejo. No había necesidad de preguntarle por su origen: su talante sabanero sonaba graciosamente en cada sílaba, repercutía en cada gesto. Un hombre sencillo, bonachón, con un profundo sentido de la amistad.

Llegó a Barranquilla a ocupar la gerencia de Telecaribe y estuvo en el cargo del 2001 al 2003. Pero la memoria que el agua me devuelve ahora, no es la del funcionario, sino la del hermoso ser humano que era Luis Eduardo.

¿Cómo olvidar la escena?. Fue una tarde de octubre del 2002. Fuimos a almorzar a un restaurante que acababa de abrir en la 76. Como Luis Eduardo no conocía bien la ciudad me ofrecí para llevarlo después de comer a una dirección donde debía verse con un paisano. Cuando salimos del restaurante y nos subimos al carro ya habían empezado a caer unas gotas. Pero quienes conocen el comportamiento de las fuerzas meteorológicas en Barranquilla saben que a los más temibles arroyos de otros tiempos les bastaban unos pocos minutos para engrosar su caudal e iniciar su ciega carrera. En la época de la que hablo, el arroyo de la 76 era uno de los más temidos. Embestía con fiereza llevándose cuanto encontraba por delante convirtiendo la más ostentosa burbuja cuatro puertas, doble tracción, en un indefenso barquito de papel.

Ingenuamente, llevado por mi muy falible sentido de la orientación me mantuve un par de cuadras sobre la 76 y de pronto, Luis Eduardo de copiloto y yo al volante, nos encontramos frente a frente con la feroz acometida del agua que se estrellaba contra el parabrisas y sentimos cómo el carro pasaba a ser un endeble juguete de la corriente, que se tornó caudalosa en unos pocos segundos. Me sentí tan angustiado y desvalido como cuando en Alemania, en plena carretera me sorprendía una tormenta de nieve.

Lleno de pavor, entre los gritos de pánico de Luis Eduardo, como pude, actuando como esos domadores de potros salvajes, logré orillar el carro y parquearlo en un sitio que, aunque no seguro del todo, por lo menos me permitió apagarlo. Respiramos aliviados pero el temor no se iba. Nos quedamos dentro del carro, conversando para disfrazar el miedo. Que en Luis Eduardo, como ya dije, era pánico.

Por las ventanillas veíamos y oíamos el salvaje rugido del arroyo. La calle era toda suya. Una corriente indomable, oscura, turbulenta, espumosa. Nuestra nerviosa charla estuvo acompañada todo el tiempo por una banda sonora en la que rivalizaban la furia de la corriente y el retumbar de la tormenta eléctrica que se había desatado.

Pasó algo así como una hora y media hasta que pude arrancar el carro, sin que Luis Eduardo dejara de encomendarse a todos los santos. A estas alturas, ya había anochecido y él no volvió a hablar de la visita que pensaba hacer. Ese día nació una relación, que siempre fue cordial y respetuosa e incluyó a Gladys, su bella esposa. Una relación que, obligada por la distancia, en los últimos años, se redujo al contacto en las redes y a una que otra llamada por teléfono.

¡Qué vaina!, físicamente se nos ha ido Luis Eduardo, pero a mí la memoria del agua me lo ha vuelto inmortal.

 

 

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