¿Un destino de especie?

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  1. La vida estropeada muestra las huellas en la piel de quien la ha padecido, y como experiencia trata de enseñar un pasado de realidad vivida.

Por: Oscar Flórez Támara

El vaivén de generaciones que se suceden unas a otras va cambiando y terminan por imponer su propio destino. Quizás, un destino de especie o una conciencia reflexionada de humanos. A veces buscando la clave para cifrar algo nuevo.

Escribir en la arena es parte sensible de la memoria de estos pueblos que insisten en no mirar de frente el futuro. No hay nada. El dolor aflora como si nunca antes hubiera existido. Estamos ahí, mirando la inmensidad en busca de una señal que nos oriente. Medito. Mientras mis ojos, fijos en el rostro de mi padre miran más allá de su silencio. A mi edad ¿qué estaría haciendo mi padre?

¿Qué tanto piensas? A quemarropa suelta la pregunta.

Pienso en usted. Como nunca lo noto alicaído. ¿Qué le acontece, le pregunto a mi padre?

Son cosas. Cosas del recuerdo. Los recuerdos son duendecillos traviesos que le trastocan a uno casi siempre la vida. Van y vienen. Como una especie de encanto y desencanto. ¡Qué poco tiempo tenemos para disfrutar de las cosas sencillas de la vida! Tarde despierta la conciencia. ¡Qué tristeza y frío nos causan los años idos! Solo los niños siguen confirmando que somos responsables de este mundo que tenemos. Del dolor que amasamos. De esa alegría cercana que vivimos espantando. Y pensar que todo ha de salir de esta sangre derramada, de este fuego, de esta locura en la que hemos permanecido. El único camino puro y sano que nos ofrece el futuro es volver los ojos al cielo, a los sueños, a la alegría, a la creatividad y al juego de los niños, donde la conciencia despierta del adulto se mantenga alerta contra el camino destructivo que envilece.

Estás nostálgico, padre. Como si ya estuvieras llegando a la otra orilla. Como si hubieras dejado de nadar y sintieras sobre la planta de tus pies el piso movedizo de la tierra. Es bueno que te eches a nadar nuevamente río arriba. No dejes de bracear duro. No busques la otra orilla a esperar que el sol se oculte para siempre. Preferible es, padre, que te mantengas en el centro del río. Ahí tu cerebro y todo el cuerpo no dejarán de moverse como lo hacías en plena juventud. Nada garantizan las orillas. Son solo inicio y llegada. Se acepta el inicio de la vida como recuerdos del encanto. Hasta allí es aceptable. Hasta allí es permitido el paraíso en su inocencia. Me encanta lo de los ojos en el cielo, los sueños, la alegría, la creatividad y el juego de los niños, pero no olvide que solo son etapas de la vida.

¡Qué raro, hijo! Tú como siempre, dices y te contradices. Me pides que esté constantemente nadando en el centro del río. Y me mandas bracear duro y hacia arriba, como si las fuerzas del individuo no se agotaran. Son etapas de la vida y del ser. Yo apenas soy una criatura de la especie. Una gota de gente de la gran masa humana. El cielo, los sueños, la alegría, la creatividad y el juego de los niños le pertenecen a la especie como permanencia y al individuo como circunstancia. Esa es la razón por la que las generaciones se van apropiando de estos elementos para irse mejorando y superando. Ellas van construyendo su propio destino. La solidaridad es de especie, y es la especie quien conserva el constante movimiento como subsistencia. No es una gota de agua el río, pero es una corriente formada de muchas gotas que se mueven.

El rostro de mi padre había cambiado. Lo noté más tranquilo al despedirme.

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