María Carolina Hoyos Turbay: “Así superé el asesinato de mi madre, Diana Turbay”

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A veces ella quisiera que el mar no solo lavara los recuerdos, sino que los disipara o desapareciera entre sus oleajes, particularmente los instantes más dolorosos, como aquel 21 de enero de 1991. Ese día almorzaba en un restaurante en Bogotá cuando vio en la televisión la noticia de la muerte de su madre.

Por: Gustavo Tatis Guerra

Diana Carolina Hoyos Turbay

Es María Carolina Hoyos Turbay, la hija de la sacrificada Diana Turbay; acaba de publicar su libro ‘Desde el fondo del mar (Así me recuperé del asesinato de mi mamá, Diana Turbay)’, publicado en marzo de 2019 por Random House. El libro es una serena y profunda catarsis de 145 páginas que combina recuerdos, reflexiones y una mirada resiliente sobre la tragedia y la capacidad de perdonar, no solo desde la conciencia sino desde el corazón. Pero ningún perdón que se regala a quienes arrebatan la vida de un ser humano restaura una paz interior cuando el perdonado no se ha transformado ni arrepentido, y no es suficiente la sanidad espiritual de la víctima.

La sola palabra perdón implica una metamorfosis integral de víctima y victimario. No desde las palabras, sino desde los actos. María Carolina tenía 18 años cuando asesinaron a su madre, luego de cinco meses de cautiverio en manos de Pablo Escobar. Vio su cadáver tendido en la sala donde habían tratado de salvarle la vida y lo primero que reparó en ella fueron las heridas de sus pies, unos pies idénticos a los suyos pero distintos en las huellas de su cautiverio, el terrible y fatídico peregrinaje por el monte. Ahora su larga cabellera, que brillaba bajo una luz dorada, había perdido su color en los días y las noches del infierno del secuestro. La infancia solitaria con escoltas para ir al jardín infantil o al Palacio de San Carlos (Casa de Nariño) a ver a su abuelo, el presidente Julio César Turbay Ayala, era una paradoja solitaria que se agigantaba en el privilegio también solitario de ser la nieta de un presidente y la de intentar jugar al escondido en un palacio donde nadie la buscaba.

Diana Turbay y María Carolina Hoyos

Mientras las niñas de su escuela contaban historias de paseos y fiestas, ella andaba siempre escoltada, abrumada del amor de los abuelos, sus padres y sus tíos, pero con la sensación extraña y triste de estar sola en un palacio. Su madre, Diana Turbay, pasó de ser la secretaria privada de Palacio a la periodista temeraria que se atrevió a conversar sobre la paz con el comandante del M-19, Carlos Pizarro, y luego de cruzar los pantanos de la ortodoxia y la radicalidad, se convenció de que en eso de la paz había que ser estratega de diálogos, como quien mueve las fichas del ajedrez impredecible de la historia, sin posturas maquiavélicas, en donde los dos bandos de tanto odiarse terminan por ser habitados o invadidos por sus contrarios, como imán y limadura.

Ella ha vivido la dura lección del país: no hay otro camino que el de tallar en la piedra de lo imposible el sendero esquivo de una reconciliación encarnada. Como todas las víctimas, ella se preguntaba en el delirio de la desesperación: ¿Por qué a mí?, una pregunta que con el paso de los años se despoja del ego y se convierte en: ¿Por qué ese dolor se multiplica en los otros?“Mi mamá fue una abanderada de la paz”, dice María Carolina.

“Sus investigaciones periodísticas, sus reportajes: toda su vida estuvo encaminada a buscar puntos de encuentro entre opositores y muchas veces pospuso su vida y la de los suyos por ese ideal, que ella consideraba superior. Cuando le avisaron de la posible entrevista con el cura Pérez (comandante del ELN), no fue algo nuevo. Ocurría con frecuencia que ella viajaba por el país, que se entrevistara con unos y otros”. La joven María Carolina, a sus 17 años, vio cómo se transformó su vida apacible de estudiante en la soledad del Palacio, cuando Pablo Escobar secuestró a su madre, cuando el cartel que él lideraba pretendía que abolieran los tratados de extradición de narcotraficantes nacionales hacia Estados Unidos. La frase se volvió común en aquellos días: preferían una tumba en Colombia que la cárcel en los Estados Unidos. “A mis 17 años nunca pensé que Pablo Escobar iba a cambiar mi vida”.

Pocos días antes del secuestro, fueron juntas al dentista, porque María Carolina sentía dolores en la cara y la cabeza, y el dentista, al hacerle las radiografías, le dijo que debía operarse las cordales. El dolor persistía, pero el dolor se volvió más grande cuando ocurrió el secuestro. Ella se quejaba de sus cordales, pero pensaba en la soledad de su madre secuestrada y en el dolor que ya no estaba solo en el cuerpo, en los huesos y en los dientes, sino en el alma.

“Tiempo después pude operarme las cordales, pero en esa época me encontraba enganchada en el dolor y sabía que haría falta algo tan afilado y certero como un cuchillo de buzo para que me liberara de esas ataduras”, dice ella.

El consuelo de las olas

Sumergirse en el mar ha sido una de sus pasiones. Es buzo desde que tenía catorce años. Aprendió a bucear en las aguas del Caribe, en Cartagena, cuando era una niña, en vacaciones. Al día siguiente del secuestro ella sentía que el mundo había terminado y no hallaba ninguna luz en el camino. Era una madeja de incertidumbres. La casa quedó suspendida desde aquel día. La habitación. Los objetos de su madre. La respiración de la casa. El mar la recibió con sus lágrimas. Desde aquel día en el colegio nadie quería ser como ella, la niña que un conductor llevaba a la Casa de Nariño. Ahora nadie quería ponerse en sus zapatos. En aquellos días nadie alcanzaba a llorar a sus muertos, porque amanecíamos llorando unos muertos y no habíamos terminado de llorarlos cuando ya eran otros los muertos al atardecer, y más al anochecer. Los carteles de la droga pusieron en jaque mate al país, al Estado y a sus propios ciudadanos.

María Carolina, ¿en qué instante de su vida sintió la necesidad de escribir este libro como una forma de resiliencia y catarsis espiritual?

-Somos tantos los colombianos que hemos sufrido por las acciones de la violencia y en especial del narcotráfico que hay muchas formas de contar esta historia. Hoy existen varias películas, libros y series que, en mi opinión, le dan la voz al victimario, no a las víctimas. Yo sentí la necesidad de contar mi historia para extender mi voz hacia otras víctimas, para que se conozca el lado de los que sufrieron y de cómo ha sido ese proceso. También ahora soy madre de dos luceros que alumbran mis pisadas, Tomás y Mateo, quiero que ellos conozcan esta historia desde un ángulo que reivindique nuestro dolor como familia, pero también como un ejemplo de resiliencia.

¿Qué dificultades tuvo al escribir la escena de la muerte de su madre o el encuentro con el sicario de Pablo Escobar?

-Comencé por visitar Copacabana, un municipio antioqueño que queda a unos 20 kilómetros de Medellín. En una de sus veredas estaba la casa donde estuvo recluida mi mamá. Fui hasta allá porque quería ver si quedaba algo, pero casi toda la estructura estaba oculta entre un bosque denso y solo pude imaginar cómo se habría sentido en ese lugar. Conocí a una mujer que vivía cerca y siempre supo que mi mamá estaba secuestrada por allí, pero no podía decir nada. Aquella mujer sentía una enorme tristeza cada vez que aparecíamos en un noticiero y veía nuestro sufrimiento, pero no podía decir nada porque temía las represalias de Escobar. Quise reunirme con el sicario para conocer detalles de cómo había sido el cautiverio y muerte de mi mamá. Llegué hasta donde él, me confesó que él asumía la responsabilidad por los hechos del Cartel de Medellín y reconoció que él era la mano derecha de Escobar. “Su madre no cometió ningún delito”, me dijo. Afirmó que la usaron como vehículo para detener la extradición. “En caso de que no cayera la extradición, él la iba a matar”, afirmó. A medida que avanzaba la conversación, aumentaba mi tristeza. Quería saber si alguna de las cartas lo conmovió, si se mostró compungido, si hubo algún remordimiento. “No”, respondió categóricamente. No le importaba nada. “Pablo era un hombre muy duro, no se enternecía con las cartas que recibía”. Sus palabras me hicieron llorar. Pensé en mi abuela y en todo el amor y la dedicación que empleaba en escribirle cartas, en tratar de comunicarse con él… Luego de que se confirmara que mi mamá había muerto, Escobar se puso de muy buen humor y mandó a hacer una fiesta enorme, con drogas, alcohol, prostitutas y música, para festejar el acontecimiento.

Fue doloroso, sin lugar a dudas, vivir esta terrible experiencia y contarla, porque es revisitar episodios de mi vida que hubiera deseado nunca sucedieran. Sin embargo, también siento que fue terapéutico, me ayudó a organizar mis pensamientos y emociones, y salí fortalecida de ese proceso.

¿Cuándo nadar se convirtió en una forma de sumergirse en una historia dolorosa y, a su vez, en salir a flote con otra visión de la pérdida?

-El buceo se presentó como una pasión en mi vida desde los 14 años, pero yo le diría que su valor como herramienta para afrontar crisis fue claro cuando entendí que es un entrenamiento que nos enseña a respirar, a identificar nuestras redes de apoyo, a comunicarnos asertivamente y a entender que solo el actuar con calma y mesura nos saca de la premura que traen las crisis.

¿Qué objetos de casa aún tienen la memoria emocional de su madre?

-Guardo algunas de sus joyas, perfumes que recuerdan a su olor pero lo más valioso siguen siendo las memorias que tengo de ella.

¿Cuál es el lugar del mundo donde se siente plena con usted misma?

-En el mar, navegando sus profundidades, descubriendo ese mundo infinito que muchas veces está oculto al ojo humano. En ese silencio me siento en una profunda meditación.

Vista a través del tiempo, ¿con qué palabras podría definir el carácter y la personalidad de Diana Turbay, su madre?

-Mi madre era una mujer con sentido de misión y vocación por el servicio. Una mujer generosa cuyas prioridades eran sus hijos y la unión familiar. Fue una mujer disciplinada, extremadamente inteligente y astuta.

¿Qué facetas de su madre descubrió después de su partida?

-De mi madre descubrí el valor de tantas cosas que en vida me enseñó, como la inutilidad de los sentimientos de odio y venganza, de la necesidad de continuar su legado de paz, que el bien común es la lucha más valiosa de todas. También heredé su amor por el periodismo y su ética de trabajo. Sin su ejemplo recoger los pedazos de su ausencia habría sido imposible.

Epílogo

Se sumerge en las aguas, pero los colores del mar en su memoria han cambiado. Ella ha perdonado a los asesinos de su madre. Ella sigue los caminos de su madre, es periodista y hereda de ella el otro coraje para perdonar, con la certidumbre de que no hay nada en este mundo que pueda suplantar el milagro de la vida. “Los dolores más grandes son los que curan con amor”, dice Juan Gossaín en su prólogo. Las olas traen hacia ella un raro fulgor de encantamiento sumergido, y una armonía interior para desafiar con brillo propio, la oscuridad de los recuerdos.

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Acerca del Autor

7. Francisco Figueroa

Comunicador y Periodista. Editor deportivo de Lachachara.co, tiene experiencia en radio, prensa y televisión. Se ha desempeñado en medios como Diario del Caribe, Satel TV (Telecaribe), RCN, Caracol radio, Emisora Atlántico, Revista Junior. Fue Director deportivo de la Escuela de fútbol Pibe Valderrama y dirigió la estrategia de mercadeo y deportes de Coolechera. Para contactarlo: Email: figueroaturcios@yahoo.es

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