Medicamentos del capitalismo

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Por Jorge Guebely

También fue un mal momento para la humanidad la revolución agrícola. Creó y consolidó la división de clases, los más violentos iniciaron su tarea de acumular para sí el trabajo de los más débiles. Se vigorizó la voraz individualización, etapa que aún no termina. Peor aún, institucionalizó la economía como la base del edificio social, la vergonzosa medida de todo lo humano. Basta leer los trabajos del arqueólogo australiano Gordon Childe para comprender estos desmanes.

Hizo del ser humano un individuo ávido de éxito económico. Hasta lo divino lo convirtió en fuente de acumulación y poder. Redujo el Dios natural a la condición de minusválido frente a los dioses artificiales. Lo testimonia el Antiguo Testamento en la imagen del Becerro de oro. Y a Cristo, ese bello relato arquetípico, lo convirtió en mercancía con un precio de treinta monedas de plata. Nueva cultura que obstaculizó la evolución humana, la estancó en la mezquindad del tener. Tener se hizo más importante que ser, más urgente que evolucionar espiritualmente. Incluso, más importante que vivir.

Hoy como antes, la vida importa menos que el lucro. Moral universal, propia de las multinacionales farmacéuticas que sólo les interesa el negocio. Lo mostraron dos profesores de La Sorbona: Philippe Even y Bernard Debré, en: “Guía de los 4.000 medicamentos útiles, inútiles y peligrosos”, trabajo publicado en 2012. Analizaron más de siete mil medicamentos para constatar que un tercio no sirve para nada y, otro tercio, deteriora la salud. Develaron lo sospechado: esas multinacionales han hecho de la salud un infame y peligroso negocio.

Para consolidar el comercio, sólo desarrollan estrategias comerciales: crean enfermedades y remedios inútiles o peligrosos, invierten poco en investigaciones y multiplican nuevas versiones de un mismo medicamento, sobornan políticos a través de lobbies y promueven congresos para promocionar productos, multiplican visitadores médicos y convierten al médico en el primer vendedor de la cadena comercial. A esa miseria quedan reducidos tantos años de estudios en facultades de medicina. Moral deshonesta del sistema capitalista, protegida por un Estado que también les pertenece.

Fuertes fueron las críticas de las organizaciones medicales francesas contra los investigadores. Neurólogos, cardiólogos, nefrólogos… levantaron sus voces airadas. Ondeaban un código de ética que resultaba inmoral, según el cual todo profesional de la medicina debía abstenerse de desprestigiar la rama. En Francia, como en cualquier parte del mundo, no es la salud del paciente lo que importa, sino la ganancia que reporta. Normal, casi ningún médico puede escapar a la inhumana moral del capitalismo.

jguebelyo@gmail.com

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Jorge Guebely

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