Los tesoros perdidos del Museo Histórico de Cartagena

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Cartagena es una ciudad donde desaparecen los recuerdos.

Por: Gustavo Tatis Guerra

Museo Histórico de Cartagena

Hace poco desapareció el mármol de un muro en el Camellón de los Mártires, y junto a él los nombres de las mujeres que se resistieron al sitio de Pablo Morillo en 1815, y se sacrificaron para que la ciudad no siguiera siendo colonia española.

En el Cementerio de Manga, se llevaron pedazo a pedazo recuerdos de más de tres siglos en el mármol de varios mausoleos e, incluso, se llevaron para siempre el recuerdo del rostro del primer presidente negro que ha tenido la nación. A alguien le incomodó que un negro, un mulato o un mestizo de origen humilde, como Juan José Nieto; nacido en un pueblo como Cibarco, perdido en las lomas del Caribe, llegara no solo a ser presidente sino uno de los grandes estadistas, escritores y políticos de su tiempo, capaz de reprender a Santander y exigirle que la región merecía atención y no era de menos madre, como el resto de la nación.

Se llevaron los recuerdos de Nieto para que nadie más lo nombrara y entonces desapareciera de la historia. Pero los despojos no solo están en el cementerio, al pie de las tumbas, sino al pie de la memoria colectiva de todos los cartageneros. Cuando se comenzó a restaurar el Teatro Heredia, el mayor dilema de los arquitectos no fue restaurarlo para lograr el esplendor de aquel noviembre de 1911, sino volver a construir lo que había desaparecido en el teatro, el mármol de las escaleras.

El escultor Carlos Enrique Rodríguez Arango descubrió, al restaurar la Virgen de los Navegantes, que la corona de la santa había desaparecido cuando la trasladaron del Reducto de San Lázaro a la bahía. La Virgen llegó a la bahía sin su corona de bronce de tres metros de diámetro, tal como lo constató el restaurador al ver una foto de 1961 (captada por el italiano Giovanni Mangini). En esa imagen, la Virgen tiene sobre su cabeza una corona con 12 rayos y 12 estrellas iluminadas. ¿Quién se quedó con la corona de la Virgen de los Navegantes?

Moisés Álvarez Marín, director Museo Histórico 

Vamos a cumplir un siglo de despojos a Cartagena, me cuenta Moisés Álvarez Marín, el director del Museo Histórico de Cartagena. Moisés ha sido el guardián de la memoria de la ciudad a lo largo de casi cuatro décadas como artífice del Archivo Histórico de Cartagena. Gracias a él, muchos documentos de la historia local de más de dos siglos se salvaron de ser devorados por el comején, el rocío del mar y la negligencia cartagenera.

En una sola noche de los años noventa, los ladrones se llevaron 89 tesoros del Museo Histórico de Cartagena. Pero Moisés no se queda en el lamento porque también gracias a él, y a su equipo humano y técnico, el Museo Histórico de Cartagena protege con celo el diez por ciento de los despojos de casi un siglo y arma el rompecabezas de la historia para completar la Sala de la Independencia, en 2024. Unas réplicas de las llaves originales que tuvo Cartagena para abrir sus cinco puertas debajo de la muralla, en la Colonia, desaparecieron junto a una ruana que el general Bolívar había regalado a la familia de Gutiérrez de Piñeres. Era una ruana suave, de rayas amarillas y azules, de tierra caliente, que estaba documentada y guardada junto a las llaves, en una vitrina.

La réplica de las llaves había sido solicitada por el historiador Eduardo Lemaitre al Museo Nacional de Colombia, en donde reposan. Y ha vuelto a solicitarse, por segunda vez, una réplica para esta celebración de los 95 años. Un tesoro como El Arcángel, talla en madera y yeso, pieza del siglo XVIII, que había sido robada, fue devuelta por un anticuario de la ciudad al descubrir que pertenecía al legado del Museo.Y volviendo a Nieto, lo más patético fue que el retrato sin restaurar del general estaba en un cuarto de San Alejo, antes que restauraran el Museo, en el momento en que Orlando Fals Borda preguntó por el retrato y se inició de inmediato una ofensiva de restauración. El historiador Lemaitre no solo se interesó en rescatarlo, sino que escribió una semblanza sobre el general.También una vieja campaña, mordida por el tiempo desde el siglo XVIII, es uno de los tesoros del museo. Fue una campana de la iglesia de Palenque, que pasó al ingenio de Sincerín.

Bolívar, despojado

Bolívar, que se hospedó en una casa de la calle San Agustín Chiquita, en cuyas ventanas se asomó para pulir como un orfebre su Manifiesto de Cartagena, no se salvó de los despojos de la memoria y de la ignorancia atrevida e incendiaria.

El inquilino de la casa (solo a finales del siglo XIX se supo que allí había vivido Bolívar) decidió quemar la mesa y la silla donde se sentó a escribir, asustado por el fantasma del tuberculoso. Hoy la casa es un museo gracias al Banco de la República, pero muchos secretos que pudieron preservarse en la ciudad se perdieron por la desidia y el despojo. Bolívar donó a una familia Grisolle, que lo invitó a cenar, unos cubiertos, unas copas de vino y las partituras de las contradanzas de ‘La libertadora’ y ‘La vencedora’, compuestas a Bolívar, música que sonó en los campos de batalla en aquel 7 de agosto de 1819.

Junto a la ruana del general Bolívar, desaparecieron tres piezas de una vajilla del general, veintiséis piezas de cerámica precolombina, veintidós mapas antiguos del país y de América, Colombia, collares, retablos, máscaras, y otros tesoros.

Un museo de recuerdos

El viernes 11 de julio de 1924, con la apertura del Museo Histórico de Cartagena, se publicó en La Patria una nota de Jeneroso Jaspe, en la que invitó a la ciudadanía a donar tesoros en los que la ciudad pudiera retratarse o reflejarse en su propia historia. La convocatoria podría ser la misma 95 años después. En la copia que nos trae Moisés de esa página, hay noticias de donaciones que hoy ya no están entre nosotros.

Uno de los primeros en desprenderse de algún tesoro fue el monseñor Adán Brioschi, que donó en 1924 el escudo de madera tallada con las armas de la orden Franciscana.

El señor G. Castillejo M. donó una piedra sepulcral del fundador de San Diego en 1626.

Domingo Granados R. donó dos tomos de la genealogía y árbol genealógico de la familia Rodríguez Torices.

Daniel Lemaitre entregó un diploma concedido a Rafael Núñez por la Sociedad Académica Franco-Hispano Portuguise de Toulouse, en 1886.

Daniel Lemaitre donó además una carta íntima de Núñez a dirigida a Soledad Román, quien fuera su esposa más tarde. La carta es de 1876.

Gabriel Jiménez M. donó una campana de bronce que perteneció a la iglesia de Simití en 1759.

El Concejo Municipal donó un cuadro tallado en madera del fusilamiento de los mártires.

Jeneroso Jaspe donó un cuadro oleográfico original de la obra anterior.

Enrique Grau entregó un óleo de la imagen muy antigua de Nuestra Señora del Soto.

Gilberto Castillejo entregó tres baldosines (azulejos) con el escudo de España, y un azulejo de la primera estación del Viacrucis.

Hace poco, en 2019, Ignacio Vélez Pareja donó un retrato de cuerpo entero del empresario Bartolomé Martínez Bossio.

Epílogo

Al igual que Jeneroso Jaspe, hace 95 años, Moisés clama porque regresen tesoros guardados que reposan en casas o en ámbitos privados, para enriquecer la memoria de este museo público que se aproxima a los cien años.

Unas réplicas de las llaves originales de Cartagena volverán al museo y abrirán otros secretos y otras puertas en la memoria.

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Acerca del Autor

7. Francisco Figueroa

Comunicador y Periodista. Editor deportivo de Lachachara.co, tiene experiencia en radio, prensa y televisión. Se ha desempeñado en medios como Diario del Caribe, Satel TV (Telecaribe), RCN, Caracol radio, Emisora Atlántico, Revista Junior. Fue Director deportivo de la Escuela de fútbol Pibe Valderrama y dirigió la estrategia de mercadeo y deportes de Coolechera. Para contactarlo: Email: figueroaturcios@yahoo.es

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