El paraíso perdido de Rainiero Patiño

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Patiño creyó que su libro nos hablaba de la ausencia, en la cual está la esperanza del retorno, pero en realidad configuró un concepto más profundo al hablarnos de lo perdido.

Por John William Archbold

Fue una verdadera sorpresa encontrar a Rainiero Patiño entre los ganadores del Portafolio de estímulos para el desarrollo artístico y cultural del distrito de Barranquilla, mucho más cuando observé que este galardón lo obtuvo en la categoría de poesía. Hasta entonces, sólo había conocido su producción periodística, y algunas críticas literarias, por lo que fue un tanto inesperado que este autor también tuviera un trabajo en este género. Esta sensación de extrañeza se intensificó en la medida que me fui acercando a las páginas Metástasis de la ausencia, el título que lleva la colección de 34 poemas que resultó ganadora, y que lanzó hace ya algunos meses bajo el sello de Collage editores.

Los poemas que encontramos en este libro están claramente influenciados por las grandes figuras de la literatura costeña, sin embargo, Patiño tuvo la pericia suficiente para no caer en lugares comunes, y no recrear los mismos patios, calles y plazas que encontramos en los versos de Raúl Gómez Jattín o Luis Carlos López; en lugar de ello supo trasplantar esos arquetipos de nuestro paisaje cultural a las esquinas, cafés y bares, más acordes al plano contemporáneo. Sus poemas nos muestran nuevos ángulos de lo popular, desde un presente que se reconoce a sí mismo, aunque vigile el pasado con grandes añoranzas. Una y otra vez explota estos espacios para mostrarnos una poesía que también se aleja de los esquemas tradicionales, en los que suele ignorar la estructura del verso tradicional, aunque sin desinteresarse por mantener la ritmicidad. Con esto, Patiño logra crear una propuesta lírica auténtica, que en su forma manifiesta la misma rebeldía completamente contraria a la resignación que predica en su contenido.

No. Tal vez sería incorrecto catalogar como resignación el sentimiento que manifiesta Patiño. Sus poemas, que como indica el título del libro, pretenden fijar una reflexión en torno a la ausencia, pero, involuntariamente imagino, termina por instalar un profundo lamento. La frustración es la emoción que cruza la gran mayoría de ellos, y aunque en algunos suele agolparse repentinamente un destello de esperanza, el hablante lírico reitera una y otra vez su constante desconexión con el mundo, con las sociedades que lo increpan, y una cultura a la que se niega a obedecer. Critica con una probidad invariable los vicios de la postmodernidad, y para ello recurre a distintas voces, y perspectivas, que van desde el drama del feminicidio hasta la aparente consciencia que nuestra sociedad ha tomado con el medio ambiente. De hecho, en dos de sus poemas se une a la tradición latinoamericana de prestar su oído a la voz del animal: un perro y un gato se dirigen al lector con el mismo hálito de superioridad moral que observamos en cuentos de Juan Bosh o Alejo Carpentier. En unos pocos poemas, aunque mantiene el ritmo sosegado y sencillo que vemos en los demás, es notoria una espinosa intención satírica, que ataca desde el circulo literario de Barranquilla, hasta personas más cercanas al contexto inmediato del autor.

Pero el rasgo, y al mismo tiempo conexión más común que notamos en los versos de Patiño, es la añoranza de la infancia. No obstante, en lugar de configurarla con el sesgo nostálgico que observamos en la poesía de Alejandra Pizarnik, o el mismo Gómez Jattín, este autor la observa como si se tratara de un “paraíso perdido” un destierro irremediable ante el cual no queda más remedio que observarlo una y otra vez, en ocasiones bajo la sombra de la propia amargura, y en otras bajo la inocente mirada de los niños, que a su vez dejan de serlo. La configuración del “paraíso perdido” se ha consolidado como una línea temática en la literatura, incluso antes del poema épico de John Milton. Según el crítico Esteban Pujals esta inquietud ha sido una constante en la historia de la literatura porque, desde la expulsión del paraíso, el hombre ha estado en una constante pérdida de sus cualidades, la cual termina con el desvanecimiento de su consciencia y de su propia existencia. El temor a esta pérdida acompaña al hombre, y la comprensión de la fugacidad de todo lo que le rodea (Pujals, 1999). Patiño no sólo coincide con ese mismo sentir, sino que utiliza la frustración como un medio para conectarlo a otras realidades y debilidades del hombre que ya no se desprenden de sí mismo y de la naturaleza, sino del medio social que lo rodea, y cuya injerencia en su propia existencia es irrefrenable. Esto permite entender que aparezca constantemente la figura del escritor y su frustración ante los avatares de su labor, ya que su ejercicio lo hace mucho más consciente de la fragilidad de la experiencia y la situación del hombre como individuo. También la del padre que ve tributada en su descendencia su propio límite y finitud, una continuidad de sí mismo que ya no lo tendrá como protagonista, y que lo compromete con su propio fin.

Es interesante cuando un autor, mucho más si se trata de un novel como es este caso, alcanza niveles que superan sus propias proyecciones, que prestan lugar a otras lecturas y acercamientos. Patiño creyó que su libro nos hablaba de la ausencia, en la cual está la esperanza del retorno, pero en realidad configuró un concepto más profundo al hablarnos de lo perdido, una cualidad que reside en todos los arquetipos universales, como el tiempo, y la vida misma, los cuales son irrecobrables. Este libro no se constituye en un camino, sino en un agradable alto que nos permite pensar que es imposible caminar hacia atrás, y que, en algunos casos, esa imposibilidad es lamentable, pero también un estímulo para pensar en todo lo que pende de nuestro horizonte.

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