El Dios de Spinoza

333

Ese Dios cuyo templo es el universo entero, que deja escuchar su voz en el silencio supremo de la noche. Que se lo puede gozar en las sinfonías ejecutadas por las olas marinas y se hace visible en el guiño discreto de un lucero lejano.

Por Jorge Guebely

Razón tenía Nietzsche cuando afirmaba que el hombre, en su inmensa ignorancia, había creado un Dios a su imagen y semejanza. Diría yo, un Dios al tamaño de sus ambiciones, un comodín para perpetrar sus codicias, una bandera política y económica.

El espíritu conservador, a través de la iglesia católica, lo convirtió en rey, en emperador. El Todopoderoso que favorece a los más poderosos. Institución que ha imperado durante siglos, liderado por un Papa cuya vestimenta semeja a la de los faraones egipcios, de donde tomó algunos de sus principios. Poder supra-estatal que sometió, por las buena o las malas, a millones de personas en diferentes regiones del mundo. Que prohijó las guerras más inhumanas y, ella misma, desplegó sus acciones más represivas a través de la Santa Inquisición. Abanderó un Dios político que proclamaba la justicia sobre los pobres, pero coadyuvaba con la injusticia de los ricos. Nunca sabré si el verdadero Creador quedó contento con el mundo social que habían construido sobre la Tierra.

El espíritu liberal no fue menos perverso que el conservador. Hicieron de Dios un ser capitalista, una marca para negociar con la mercancía espiritual. Fundaron instituciones con rostros de iglesia, pero con conciencia de multinacional. Abjuraron de la rebelión luterana y adhirieron al espíritu mercantilista. Negocios particulares donde cualquier astuto puede autoproclamarse pastor, rodearse de una comunidad de enfermos corporales y disminuidos espirituales para comenzar a predicar. Negociantes que conocen la debilidad del ser humano, a quien le basta un cáncer en el cuerpo o un hematoma en el alma para refugiarse en el primer discurso consolador de cualquier iglesia. Comerciantes que pronto engrosaron sus rentas, construyeron suntuosas mansiones y se movilizan por el mundo en jets privados. No usan aviones comerciales, «para evitar los pasajeros, muchos de ellos verdaderos pecadores, porque Dios no les hablaría si viajan rodeados de demonios», como se expresó uno de los que se hacen llamar ‘pastor’.

En mis soledades de Semana Santa, compartí las palabras de Einstein: “Creo en el Dios de Spinoza, el que nos revela la armonía de todos los seres vivos”. Ese Dios cuyo templo es el universo entero; que, sin pastores profanos, deja escuchar su voz en el silencio supremo de la noche. Que se lo puede gozar en las sinfonías ejecutadas por las olas marinas y se hace visible en el guiño discreto de un lucero lejano. Voz íntima que, cuando vibraba en el corazón de Van Gogh, el pintor holandés salía en las noches, ebrio de divinidad y locura, a pintar las estrellas.

jguebelyo@gamail.com

Compartir.

Acerca del Autor

Jorge Guebely

Los comentarios están cerrados