Donald Trump tiene muy mala memoria­

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En su afán de recuperar su alicaída imagen frente a las elecciones presidenciales del 3 de noviembre de 2020, se olvida de Al Capone, Lucky Luciano, Joseph Bonanno, Johnny Torrio y del torrente de coca que sus súbditos absorben a diario por sus narices. 

Por Rafael Sarmiento Coley

Cuando el actual mandatario estadounidense, Donald Trump, insulta a su homónimo colombiano Iván Duque por no controlar la alta producción de coca y el presunto envío de mercenarios colombianos a Estados Unidos, se olvida, o se las tira de loco, de la mafia que siempre ha dominado la vida del Gran Imperio del Norte.

Tampoco recuerda, o no quiere recordar, los millones de estadounidenses que a diario se pasan por las narices toneladas del maldito polvo blanco, importado y mercadeado allá por los intocables ‘capos norteamericanos’ del negocio. Es una economía subterránea que no se ve, pero se siente.

El deslenguado mandatario estadounidense habló el miércoles en San Antonio, Texas, en un acto para recolección de fondos para su próxima campaña electoral del 3 de noviembre de 2020.

Hace pocas semanas, Duque fue recibido con apretón de manos y palmaditas en la espaldas por Trump en la Casa Blanca.

Trump dijo esta semana que, desde cuando Duque está en el poder, en 2018, presuntamente la producción de cocaína se ha disparado, y de paso, de manera perversa e irresponsable (lo dijo sin citar pruebas), señaló al gobierno colombiano, en asocio con Honduras, Guatemala y El Salvador, de enviar mercenarios a Estados Unidos, cuando la abultada verdad es que el imperio del norte tiene verdaderas mafias, siempre las ha tenido, mucho más sanguinarias que los fulminados carteles de Medellín y Cali.

Eso ha sido así siempre. Primero fue la lucha interna para enfrentar la poderosa y sanguinaria guerra de las pandillas de traficantes de whisky y cerveza, durante los primeros 40 años del siglo pasado. Eran los tiempos de Alphonso Capone (alias ‘Al Scarface’ –‘Caracortada’), Joseph Bonanno, Johnny Torrio, Lucky Luciano.

Los más reconocidos escritores e historiadores recuerdan que en los años 1910, 1920 y hasta 1950, funcionaron las ‘familias’ dedicadas al contrabando del licor, en momentos en que su producción, venta y consumo, estaban prohibidos de manera rotunda. Casi todas eran familias oriundas de Italia, por lo cual se le conoció también como ‘La cosa nostra’. Pero también hubo una famosa y poderosa familia irlandesa, que llegó tan lejos, que hasta impuso un presidente de la República.

El tristemente célebre Alphonso Capone, uno de los más tenebrosos capos de la mafia de Estados Unidos, a quien no pudieron matar. Lo encarcelaron por evasión de impuestos y años más tarde murió de muerte natural.

Tan sanguinarios han sido los ‘capos’ estadounidenses’, que no solo mataban oficiales de organismos secretos y simples policías, sino que tuvieron la osadía de cometer un magnicidio al más alto nivel por encargo de las poderosas industrias de la aviación y de las armas, porque supuestamente el presidente víctima no era partidario de declararle la guerra a un país miserable lejos de las fronteras norteamericanas.

Autores como Gay Talese (‘Honraras a tu padre’); ‘El Padrino’ (Mario Puzo), y el ruso exagente encubierto de la KGB y también de la CIA, Daniel Estulin, en una docena de obras, entre otras, ‘Fuera de Control’, ‘Los secretos del Club Bilderberg’, ‘El Instituto Tavistok’, entre otros, abundan en detalles sobre el largo y sanguinario historial de las distintas formas de mafias en Estados Unidos.

Estos respetados autores describen de manera minuciosa cómo, luego de fulminada la ‘cosa nostra’, han surgido mafias mucho más poderosas y ambiciosas, con sólidos entramados con las propias agencias de seguridad del Estado. Como ocurrió en los años 50 en decenas de frustrados intentos por matar al dictador cubano Fidel Castro, en un malsano intento por rescatar las millonarias inversiones que adinerados mafiosos norteamericanos tenían en esos años en Cuba, denominado entonces ‘el gran burdel de los gringos en el Caribe’.

Matones de siempre

Según testimonios de varios autores, en todo tiempo, lugar y circunstancias las distintas agencias de seguridad del Estado han realizado ‘trabajos sucios’ en forma directa o por segunda mano, como en el caso de la comprobada entrega de armas a los ‘contras’ de Nicaragua, los magnicidios de mandatarios como el ecuatoriano Jaime Roldós Aguilera (le derribaron el avión el domingo 24 de mayo de 1991); la eliminación del hombre fuerte de Panamá, Omar Torrijos Herrera, al hacer estallar con una bomba el helicóptero en el cual viajaba a una finca; ‘extraños accidentes aéreos’ en los que también perdieron la vida, el líder del M-19, el samario Jaime Bateman Cayón y el popular hombre de radio, televisión y seguro candidato presidencial venezolano, Ronny Otolina, víctima de ´’otro’ accidente aéreo el 16 de marzo de 1978.

 Pero ¿Por qué Trump sale con esas torpezas?

Simplemente porque sus neuronas son muy buenas para sumar ganancias y restar perdidas como lo hace con gran maestría en su poderosa industria de finca y raíz. Es también un as para fulminar a cuanta chica salga en los medios de comunicación acusándolo de acoso sexual. Se burla de ellas en público, y por debajo de la mesa envía a algunos de sus esbirros a entregar un abultado maletín con dólares de la más alta denominación. ¡Y cuento acabao!

Trump es un político que destruye. No construye. Su dialéctica es la del ricachón trompeador de esquina que quiere ganar todo a punta de patadas y trompadas, con el lenguaje más ramplón. No sabe discutir. Sabe insultar. No es capaz de mantener una buena relación, a pesar de que es un burro con plata, con la compañera sentimental de turno -como la actual, que lo ha despreciado y esquivado en público-; y, como en estos momentos teme que el partido Demócrata salga con un candidato inteligente y fuerte, con carisma y capacidad de estadista, tiene la certeza de que su reelección estará en vaina. ¡Y él lo sabe! Porque, después de todo, no es tan bruto como parece. Por eso no ha corrido a bombardear el Palacio de Miraflores y sacar por los cabellos a Nicolás Maduro y su carnal Diosdado Cabello. Ganas no le faltan.

Sin embargo, el trompito de poner a la mano es Iván Duque, a quien hace apenas unas cuantas semanas recibió a sus anchas panchas en la oficina oval de la Casa Blanca, le dio palmaditas y días después le envió a Bogotá al vicepresidente quien vino a ‘ofrecer toda la ayuda que esté a nuestro alcance para frenar en seco el crecimiento de los cultivos’ de coca.

La marimba, otro cuento chino

En pleno auge de la marimba en Colombia, ?el Gavilán Mayor’ se preciaba de ser uno de los marimberos más bonachones y parranderos.

Si el desabrochado Donald Trump hubiera estado en la Casa Blanca en los años dorados de la marihuana ‘Santa Martha Gold’, con toda seguridad habría ordenado bombardear cuanto avión entrara a cielo norteamericano sin el debido permiso y registro comprobado.

Entonces los negocios, después de las sangrientas peloteras de la nefasta época de la prohibición del licor y la cerveza, bajaron esa agresividad mortal.

Por el contrario, ya desde comienzos de la década de 1960 los propios servicios de inteligencia de Estados Unidos, en asocio con institutos de estudios sociales de Alemania y el Reino Unido de Gran Bretaña, tenían en la mano un arma más poderosa y menos trágica (aparentemente): las drogas sintéticas.

El mundo evolucionaba con unas juventudes que reclamaban libertades, derechos sociales, mejores condiciones de trabajo, más seguridad social. Eran movimientos gigantescos. Fuertes. Como los realizados en Paris, México y China.

Las agencias de inteligencia de los Estados Unidos se anticiparon al crear drogas alucinógenas de laboratorio, como el LSD y otras tantas, que entregaban subrepticiamente en discotecas, clubes sociales y hasta en centros educativos.

Festival de Woodstock del invierno del 15 al 18 de agosto de 1969, con 32 agrupaciones y más de 500 mil asistentes.

Fue la espléndida época del hipismo ‘paz, queremos paz, no queremos guerra, bacano como mi hermano’. Viendo a esa juventud tan tierna bajo los efectos de decenas de píldoras de diversos colores y sabores, no faltó el ‘creativo’ genial que propuso a las agencias estatales que se hiciera un festival de música de la juventud en un enorme predio rural, durante tres días, sin carpas, camas ni servicios sanitarios.

Acudieron a un terrateniente dueño de una granja al oeste de ‘Woodstock’. En principio el propietario dijo que sí. Pero cuando empezó a oler el tocino y vio que todo aquello era una podredumbre, se negó. Entonces los organizadores del “Mas grande Festival de Música jamás disfrutada por la juventud”, invadieron un predio baldío cercano, de nada menos que 240 hectáreas, en medio de la maleza, hierba pisoteada por el ganado, charcos de barro y agua. Eso no importó. Desde el 15 hasta el 18 de agosto de 1969 más de 500 mil personas, entre adultos, jóvenes, niños, hombres y mujeres, se olvidaron del mundo, viajando por el espacio sideral gracias a las pepas que los propios agentes encubiertos de los servicios secretos norteamericanos repartían gratis y por montones.

De esa manera Estados Unidos, Alemania y Gran Bretaña fulminaron los movimientos juveniles que reclamaban derechos sociales y equidad económica, controles efectivos a la contaminación y a la explotación del hombre, por el hombre.

Una montonera de hipis zombis, hombres, mujeres y niños embrutecidos por las drogas sintéticas, se olvidaron del mundo.

Después de aquella furia del Woodstock, los mismos creadores del proyecto de las drogas sintéticas propusieron fomentar el consumo de marihuana, que, según aquellos ‘genios’ era menos dañina y no causaba tantos ‘coletos’ con la teja corrida.

Todavía Estados Unidos no había descubierto que sus tierras también eran fértiles para la ‘yerba maldita’. Más no era tan buena como la colombiana, y menos de la ‘Santa Martha Gold’.

Fue la época de oro de los marimberos criollos que se veían volar por las carreteras en camionetas Rangers atestadas de whisky, buen aire acondicionado y vallenatos y rancheras a todo timbal.

Un capitán de aviación de la época relató a este reportero cómo escapó del cerco de los radares y de las patrullas en tierra.

“Ya lo había realizado muchas veces antes. Despegaba de esa carretera larga y parejita que está antes de llegar a Riohacha. Allí los marimberos me cuidaban entrada y salida, con sus camionetas de luces de montaña. Yo piloteaba un avión grande que había sido de la desaparecida Aerocondor. Botamos toda la silletería al mar y le metimos sacos de marihuana hasta el techo. Lo único adicional que llevaba de peso eran dos tanques medianos de combustible, por si acaso tenía que hacer un trayecto distinto al planeado. Mi destino era una autopista en el Estado de la Florida, poco transitada en horas de la madruga. Los capos gringos me estarían esperando allá. Para evitar que los radares me pillaran volé siempre bajito, bajito, casi pegado al mar, hasta cuando divisé las luces que se encendían y apagaban. Me tiré derechito, Esa era la pista. Un tramo largo de la autopista. Entre seis tipos descargaron el avión y me dieron la plata en dos maletas”.

El piloto colombiano cuenta que, cuando ya estaba todo listo para regresar, alcanzó a ver las luces de varios carros y el ulular de sirenas. “Entonces yo me dije…avioncito pa’ que te tengo…para volar mijo’, y volé como un loco rumbo a Colombia. De repente recordé una ruta más directa, pero peligrosa por fuertes vientos tropicales, más peligroso aún, volando a muy baja altura. De todas maneras, me arriesgué y me les perdí a los cazabombarderos gringos. Busque un terreno lleno de arbustos que el avión pudiera llevarse por delante sin mayores consecuencias. Cuando ya había rodado un buen trecho, metí los frenos, apagué luces y motor, y me tiré de la aeronave a correr se dijo, por entre la maleza, hasta cuando salí a un caserío y me presenté ante el inspector de Policía a quien le narré, con pelos y señales, que cuatro gringos me habían secuestrado desde Barranquilla, cuando me alistaba para llevar un cargamento de carnes a Bogotá, como en efecto solía ocurrir. De ahí me llevaron al comando de la Policía de Riohacha y les conté la misma historia. Les agregué que estaba vivo de pura chepa, porque me les escapé volando por una ruta muy tormentosa por donde ellos no pudieron perseguirme. A la larga, ya me habían utilizado a la fuerza para llevarles unas pacas de marihuana a Estados Unidos”.

El gavilán mayor’, canción de la autoría de Hernando Marín e interpretada por Colacho Mendoza y Diomedes Díaz (todos ya fallecidos), fue el tema clásico de los marimberos criollos.

 

 

 

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Acerca del Autor

1. Rafael Sarmiento Coley

Director general de Lachachara.co y del programa radial La Cháchara. Con dos libros publicados, uno en producción, cuatro décadas de periodismo escrito, radial y televisivo, varios reconocimientos y distinciones a nivel nacional, regresa Rafael Sarmiento Coley para contarnos cómo observa nuestra actualidad. Email: rafaelsarmientocoley@gmail.com Móvil: 3156360238 Twitter: @BuhoColey

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