Trigo tóxico

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El glifosato que envenena el campo colombiano también lo hace en las ciudades.

Por Jorge Guebely

Ninguna culpa tiene la estaca cuando los sapos brincan y se ensartan. Desde Bolívar hasta Iván Duque, nuestra élite brinca, como los sapos, buscando su estaca imperial. Primero, Inglaterra; después, Francia, y ahora, Donald Trump. Como las otras, se ensartan con el mejor postor.

Élite sin dignidad, dispuesta a envenenar el campo con el glifosato de Monsanto y la ciudad con el trigo de Monsanto. Prefirió arruinar el cultivo nacional para importarlo de Estados Unidos y Canadá. Trigo tóxico. Por cultivarse con glifosato, altera genéticamente el cuerpo humano. Destruye la flora intestinal, causa distensión estomacal, aumenta la glucosa. Convierte sus productos en alimentos intolerables. Veneno químico envasado en panes, cervezas, sémolas, harinas integrales, galletas, pastas…

Nuestra élite, por obedecer a la estaca internacional, no le importa la vida de los connacionales.

Con astucia estranguló la producción colombiana de trigo. El antiguo Idema congeló los precios que sostenían el cultivo, se elevaron los costos de insumos y se facilitó la importación con créditos a bajísimos intereses. Desaparecieron los trigales, se perdieron muchos empleos y aumentaron los conflictos sociales. Dirigencia dañina; como los helicobacter, sólo sobrevive en ambientes ácidos.

Como la de muchos ciudadanos, la historia del señor H es muy infortunada. Sólo el consumo de pan Monsanto le altera la digestión, le inflama el estómago, le revuelve la gastritis, lo intoxica, lo predispone a otras enfermedades. Paga con su salud la sumisión de una élite que permite y fomenta la importación de trigo tóxico.

Tan infortunada como la historia de los campesinos, los que soportan las aspersiones contra los cultivos de coca. Labor inoperante, sólo sirve para sostener la farsa de la política antidroga, para ocultar el poderoso negocio de oscuros capos internacionales. Campesinos que pagan con sus vidas la sumisión perversa de la élite. Y también la pagan la fauna del lugar y la flora y el medio ambiente. Y la pagan a pesar de que el Estado tiene el mandato constitucional de preservar la vida: “La atención de la salud y el saneamiento ambiental son servicios públicos a cargo del Estado”.

Ninguna dignidad se le puede pedir a la élite colombiana. No la tiene. No la han tenido durante 200 años de república. No la tendrá nunca jamás. Urge castigarlos en las urnas electorales, no votar por ningún candidato que promueva el glifosato en Colombia. Porque ellos, tan exitosos socialmente, pertenecen, según Gabo, a la estirpe de los condenados a Cien años de soledad. Los que humanamente no tendrán una segunda oportunidad.

jguebelyo@gmail.com

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Jorge Guebely

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