Las primeras viudas de los arroyos barranquilleros

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A la media noche del 12 de septiembre de 1958 se ahogaron en el arroyo del Country dos primos que se querían como hermanos. La ciudad se conmocionó. Desde entonces se le declaró la ‘guerra’ a los arroyos. 

Por Rafael Sarmiento Coley

A Alejandro Char Chaljub le faltaban seis años para nacer, cuando en su ciudad natal, a media noche del viernes 12 de septiembre de 1958, un aguacero prolongado y con vientos fuertes, despertó el monstruo del arroyo de la carrera 53 con calles 76 y 77, desde entonces llamado el ‘satánico del Country’.

Doña Celina Martínez viuda de Dávila, quedó viuda a los 32 años de y con cuatro hijos menores. Falleció el 24 de febrero. Al cumplirse el primer mes de su fallecimiento sus hijos y demás familiares ofrecieron una misa por su eterno descanso.

Esa fría y tenebrosa noche dos distinguidas damas se convirtieron, en medio del dolor colectivo de la urbe, en las primeras viudas a causa de los tristemente célebres ‘arroyos de Barranquilla’.

Dos prestigiosos médicos nacidos en Villanueva (entonces departamento del Magdalena grande, hoy departamento de La Guajira), Ramón Dávila Felizzola y Ezequiel Dávila Ovalle, que se querían como hermanos, a pesar de que solo eran primos, serían esa noche las dos víctimas que mayor dolor e impacto despertaron en la ciudad, que desde entonces empezó a imaginar la forma de enfrentar y dominar esas corrientes satánicas que corrían como caballo desbocado por todos los sectores de la ciudad.

Llevaron al médico al hotel El Prado

Los médicos Dávila Felizzola y Dávila Ovalle asistieron esa noche septembrina a una interesante conferencia que dictaba el consagrado médico bogotano Domingo Vargas, en el auditorio de la Sociedad de Mejoras Públicas de Barranquilla.

Al concluir la conferencia, a las 10:30 de la noche, los primos Dávila se ofrecieron para llevar al conferencista al hotel El Prado, donde se alojaba. Antes de llegar al hotel, lo invitaron a saborear las viandas del sitio de moda en la ciudad, la famosa Pizzería Italiana situada en la calle 72 con carrera 47 esquina. Degustaron los manjares que dos rubias, oriundas de Piza, les ofrecieron con galantería atrayente. Enseguida los primos Dávila llevaron al médico Vargas a su hotel.

El exgobernador del Atlántico, José Antonio Segebre dialoga con Enrique y Marina Dávila Martínez, hijos de Celina con Ramón Dávila Felizzola.

Subieron por la carrera 53 en el carro de Ezequiel Dávila Ovalle, un Hudson nuevecito, de placas HK-05961. Cuando llegaron al tramo entre las calles 76 y 77 con la carrera 53, fueron sorprendidos por el aluvión.

Olga Dangond Lacouture de Dávila, hoy, a sus 92 años, recuerda el mínimo detalle de lo que vivió en la noche de aquel viernes negro. Ella y su esposo y sus cuatro hijos vivían en la calle 52 número 82-109.

Carlos Murgas, María Victoria Dávila de Murgas, Ramiro Dávila DangondJuan Pablo, y Olga Dangond de Dávila.

“Mi mamá recuerda que esa noche no pudo dormir. Tenía un pálpito poco usual en ella, una mujer fuerte y valiente, pero muy amorosa y sensible con nosotros sus cuatro hijos”, recuerda Ramiro Dávila Dangond, ingeniero civil dedicado al cultivo de palma africana y a su carrera de ingeniero. Ramiro es el tercero de los cuatro hijos que quedaron huérfanos aquella fatídica noche de invierno. La primera es María Victoria, esposa del hacendado cultivador de palma africana, Carlos Murgas; le siguen Ezequiel Jr. y Martha Lucía, que es la menor.

Esa noche se hizo interminable para Celina Martínez de Dávila. Porque no era costumbre de su esposo Ramón Dávila Felizzola, pasar una noche fuera de casa. También presentía algo extraño, más no podía imaginar la dimensión de una tragedia que la dejó viuda a sus 32 años de edad, vestida de negro de la cabeza los pies hasta finales de este febrero de 2019, cuando descansó en paz y rodeada de sus hijos Marina, Enrique, Gustavo y Ramón Dávila Martínez.

Desde la madrugada de ese viernes para amanecer sábado, el Cuerpo de Bomberos, miembros de la Policía, el Ejército. Defensa Civil y voluntarios registraron cada calle, cada recodo, cada curva de calles y carreras, lo mismo que las riberas del arroyo del Country. Solo hasta las seis de la mañana del domingo 14 de septiembre descubrieron el cadáver del médico Ramón Dávila Felizzola. Flotaba en la orilla izquierda Río Magdalena. Había recorrido los cuatro kilómetros del arroyo, más el tramo hasta las inmediaciones de Siape.

Olga Dangond Lacouture con sus jnietos Juan Pablo y Laura.

Horas después fue localizado el cuerpo del médico Ezequiel Dávila Ovalle en los muelles de varias industrias de la Vía 40, por donde quedaba la fábrica Rayón.

“Ella era una madre severa, pero dulce, sobreprotectora. Su mayor virtud era la serenidad en los momentos de crisis. Sin duda la tragedia de papá la marcó mucho. Pero no se doblegó nunca. Fue una madre bondadosa y tierna. Yo entonces era un niño de nueve años, y me enternecía escuchando los recuerdos que mamá tenía de papá, Ramón Dávila Felizzola, nacido en Villanueva en el año 1912”, recuerda Enrique Dávila Martínez. Estudió filosofía y letras y un diplomado en letras. Es autor de tres novelas, catedrático y asesor editorial de escritores y empresas que encargan libros de mesa. Sus hermanos son: Marina, Gustavo, y Ramón Dávila Martínez.

El pavor a los arroyos

“Nuestro padre nos dejó los mejores recuerdos, a pesar de mis pocos años que pude compartirlo. Sin duda era un hombre bueno y sabio”, recuerda Ramiro Dávila Dangond, próspero ingeniero civil y cultivador de palma africana, es el tercero de los cuatro hijos de Ezequiel Dávila Ovalle con Olga Dangond de Dávila. Los otros hermanos de Ramón son: María Víctoria Dávila de Murgas, Ezequiel, y Martha Lucía.

El exministro Guido Nule, el Gobernador del Atlántico Eduardo Verano, dialogan con el reportero Rafael Sarmiento Coley, director de este portal.

Han pasado 61 años y  el recuerdo está allí, anidado en el corazón y el alma de los hijos de aquellos ilustres médicos que han pasado a la historia como víctimas de los arroyos de Barranquilla, suceso que, desde entonces, ha motivado a la clase dirigente de la ciudad a buscar soluciones adecuadas y de largo plazo a las bravías corrientes pluviales.

Desde ese lejano septiembre de 1958, Barranquilla no hizo más que pensar en cómo enfrentar, con relativo éxito, el drama de los arroyos, que cada vez fueron más frecuentes. Acabaron con la vida de decenas de personas, derribaron residencias y se llevaron por delante carros, motos, y árboles corpulentos.

Ginger Marino de Nule en plena tertulia sobre la tragedia de los arroyos que «ya por fortuna Alex los metió en cintura».

Gobiernos de varios países se ofrecieron para realizar los estudios para acabar con esa tragedia de los barranquilleros. Una Misión japonesa hizo un estudio muy completo y propuso una solución con una especie de esclusas de limpia, dejando una cavidad por debajo para que por allí pasaron los arroyos. No prosperó el proyecto. Una firma italiana presentó otro estudio, que tampoco prosperó.

Los alcaldes, desesperados, comenzaron a hacer puentes en los sitios más peligrosos, siendo el primero el de la carrera 53 con calles 76 y 77. Un puente ‘contrahecho´ que la actual administración lo borró del mapa para construir un lecho ancho y portentoso que recoge y amansa las fuerzas del arroyo del Country. Después se hizo el puente de ‘Felicidad’ (calle 47 con la carrera 46 -Avenida Olaya Herrera). Otro adefesio como tantos otros por donde la corrupción, que no descansa ni duerme, se llevó una abundante tajada. En medio de esa amenaza latente de los cada vez más destructivos arroyos, un alcalde contrató a cierta firma constructora para que hiciera el puente de la carrera 50 con calle 47.

Fue un vulgar adefesio porque la obra quedó a mitad de camino, con el enorme peligro que significaba para algún conductor foráneo o despistado se metiera a toda velocidad …hasta el final viaje al vacío. Era el fatídico puente inconcluso durante medio siglo. Todo un señor mamarracho del tamaño de la cabeza y el nalgatorio del ingeniero que se ‘ganó’ el contrato para esa obra.

Aparece la magia de un alcalde joven

Ramón Dávila Martínez dialoga con el periodista Rafael Sarmiento Coley.

Alejandro Char Chaljub nació en Barranquilla el 16 de abril de 1966. “Y desde chiquitico no escuche otra cosa que las leyendas dolorosas de los arroyos barranquilleros, ya famosos a nivel nacional e internacional. Por eso me propuse ponerle el pecho al problema”, dice Char Chaljub.

Olga Dangond Lacouture viuda de Dávila, a los 92 años, tiene una lucidez asombrosa para recordar vivencias con su difunto esposo Ezequiel Dávila Ovalle.

En efecto, durante sus 8 años en sus dos periodos como alcalde, con el acompañamiento de Elsa Noguera que ocupó la alcaldía en medio de las dos administraciones de Char, Barranquilla no solo se ha convertido en la ciudad de moda en Colombia, sino que, con el ímpetu de uno de los alcaldes más jóvenes que ha tenido la ciudad, por primera vez en la historia de la capital atlanticense, se le puso el pecho a los fatídicos arroyos, que ahora han sido ‘entubados’ con hierro, aluminio y cemento, en un sendero largo e indestructible.

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Acerca del Autor

1. Rafael Sarmiento Coley

Director general de Lachachara.co y del programa radial La Cháchara. Con dos libros publicados, uno en producción, cuatro décadas de periodismo escrito, radial y televisivo, varios reconocimientos y distinciones a nivel nacional, regresa Rafael Sarmiento Coley para contarnos cómo observa nuestra actualidad. Email: rafaelsarmientocoley@gmail.com Móvil: 3156360238 Twitter: @BuhoColey

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