En la última casa de Van Gogh

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El empedrado de la entrada fue la mejor señal para cruzar con sigilo al siglo pasado o dejarnos poseer, como fantasmas, por el embrujo de este pequeño pueblo medieval, de antiguos sembradores de trigo, de casas erigidas con las piedras de sus canteras y sus tejados de ladrillos rojos y rectangulares, oscurecidos por el tiempo en que vivió Van Gogh. No se avanza sin presentir el parpadeo del artista frente al esplendor de marzo.

Por: Gustavo Tatis Guerra

«La casa amarilla», de Van Gogh

Al llegar nos sorprendieron los lirios amarillos y violáceos recién abiertos al amanecer. Lirios blancos, azules y rojos, dientes de león y flores silvestres de la primavera asomados en los quicios de las casas y en los campos silenciosos. No me extraña que haya sido el secreto e iluminado refugio de los impresionistas, porque allí estallan los colores por todas partes. Pero desde mucho antes de que llegaran los pintores, alguien sembraba estas flores con la vigilia espartana de quien talla piedras para convertirlas en jardines, y ahora esta sigilosa ciudad donde parecen vivir los recuerdos, es una de las villas florecidas de Francia.

No hay una casa que no tenga su jardín, con las flores que pintó Van Gogh. Y si no hay flores, alguien las pinta en el buzón del correo, en la ventana o en los muros, con los mismos colores del holandés que habitó estos lugares. Ahora no solo es una villa de sembradores de trigo, a las orillas del río Oise. En el pasado fue una rica despensa agrícola de remolacha blanca y trigo, un fecundo granero de Francia y cuna del impresionismo. Y hoy sigue siendo una ciudad de artistas, de sembradores y empresarios.

A medida que caminamos descubrimos que en el empedrado está fundido el nombre de Van Gogh en bronce, su firma, porque todo, la tierra y sus habitantes, es una obra de Van Gogh, que pintó sus últimas setenta obras allí, antes de pegarse el tiro, en el atardecer del 27 de julio de 1890.

Todo es un museo vivo en homenaje al artista, y conserva el milagro monástico de una ciudad en piedras desnudas bajo la sombra de sus jardines y sus altísimos álamos. Al descender por una escalera en medio del empedrado y los jardines, descubrimos que estamos descendiendo por una escalera que ha pintado Van Gogh, y, al comprobarlo, vemos a su vez la casa con su tejado rojo intacto, y los jardines que siguen floreciendo iguales, como en el lienzo. Nos detenemos en la calle y en la casa del doctor Paul Ferdinand Gachet (1828-1909), el médico de Van Gogh, y en la puerta tenemos la rara sensación de que el mismo doctor Gachet nos abrirá la puerta. Su casa es un museo que se mantiene intacto.

Con el piano de su hija Marguerite, que solo espera que alguien como ella vuelva a tocarlo, para que ese muchacho de pelo rojizo vuelva a pintarlos. El artista pintó dos retratos de su médico, uno a su hija tocando el piano, y otros dibujos allí en Auvers. El doctor Gachet compró esa casa cuando tenía 42 años, deseando que en aquel refugio, donde también atendía a sus pacientes artistas, se recuperara su esposa Blanche, que murió a sus 32 años. Fue el médico de Cézanne, de Auguste Renoir, a quien le atendió una neumonía, y fue quien aconsejó a Manet que no se dejara amputar la pierna, pero el artista no le hizo caso.

El cuadro «La casa amarilla», en una exposición de la Royal Academy,

Fue médico de Charles – Francois Daubigny y Camille Corot y Camille Pisarro. Van Gogh, al conocer a su médico, lo describió en una carta a su hermano Theo como “más enfermo que yo mismo, o casi igual”. Fue quien atendió al grabador Charles Meryon, antes de ser llevado al manicomio de Charenton. Pero tampoco pudo convencer a Van Gogh que dejara el tabaco y el alcohol. Fue su paciente más difícil. Pero en los retratos que le hizo el artista, como ese pequeño óleo de 68 por 57 centímetros, pintado en junio de 1890: ‘Retrato del doctor Gachet con rama de dedalera’, hay un desencanto profundo, la mirada tristísima, inconsolable, de alguien que ha perdido todas las esperanzas.

En la villa, además del museo del doctor Gachet, está el museo de Van Gogh y el de Daubigny, el Musée de l’Absinthe (Museo de la Absenta), el célebre licor absenta o ajenjo, licor anisado de raíz rojo con el que se embriagaban los impresionistas, pero también Wilde, Baudelaire, Manet, Picasso, Degas, Hemingway, Rimbaud, entre otros, que al cabo de un tiempo se prohibió, atribuyéndole propiedades alucinatorias e inclusive aterrorizaron a los bebedores al anunciar que una molécula alteraba a quienes la consumían, y afectaba la visión. Bajo la embriaguez de la absenta, Van Gogh se cortó su oreja en 1888.

La ruta de Van Gogh está dispersa en la villa en 29 placas con sus respectivas réplicas de sus cuadros: la iglesia, el hotel Auberge Ravoux, en donde vivió y murió en la habitación número 5, y donde todo se conserva como si el artista fuera a aparecer en cualquier momento, después del almuerzo. Debajo del hotel se conserva un pequeño restaurante que siempre está lleno, animado por el espíritu del artista, siempre hay una copa de vino en la puerta para brindar por el genio de Van Gogh. Todo el pueblo fue pintado por él, con su paisaje y sus seres humanos en 1890: los jardines amarillos con sus espadas del sol, su óleo ‘Camino con ciprés bajo el cielo estrellado’, es un óleo de mayo, de 92 por 73 centímetros: todo allí gira en el paisaje, vertiginoso, dramático, como si el ciprés girara junto al sol y la tierra, el carruaje con dos pasajeros y dos sembradores que descienden, uno de ellos con un azadón.

También de mayo es ‘Castaño en flor’, de 70 por 58 centímetros. Es más que un paisaje en verde y amarillo de un castaño gigantesco en primer plano: cruzan debajo del castaño tres mujeres con polleras largas y sombreros, y otro señor pasa por la mitad de la calle. En junio, pinta el rostro de dos niños pícaros en su óleo ‘Dos niños’, de 51,2 por 51, 5 centímetros. Son niños de su vecindad, amigos tal vez de los otros niños que le lanzaban piedras cuando se iba con su caballete a pintar frente al trigal.

También pinta en ese junio ‘Casas con techo de paja en Cordeville’, de 73 por 94 centímetros, un paisaje de Aurvers-sur-Oise en el que el artista capta no solo las casas de piedra sino las cabañas de los campesinos, y el verdor del entorno. A finales de junio de ese año, poco antes de morir, pinta a ‘Joven de pie delante de un trigal’, es una mujer delgada, sombrero amarillo, manos largas y rostro meditativo que sale de un trigal resuelto con líneas blancas, verdes y amarillas y flores como manchas rojas salpicadas en el paisaje. De aquellos días de junio son también ‘Trigal verde con ciprés’, de 73,5 por 92,5 centímetros, que tiene una placidez y un encanto contemplativo, como las versiones de la misma iglesia de Auvers, vista desde distintos ángulos.

Van Gogt, visto por Turcios

En julio, su paleta es aún más vibrante, intensa, alucinante y premonitoria: del sereno cielo azul con nubes blancas, en contraste con los verdes y azules del paisaje de ‘Trigales en Auvers con nubes’, 73 por 92 centímetros, el artista crea varios óleos en su refugio contemplativo: ‘Casas con techo de paja delante de una colina’, de 50 por 100 centímetros; ‘Paisaje cerca de Auvers bajo la lluvia’, de 50 por 100 centímetros, amarillos y violetas y gotas de lluvia sobre la ciudad; ‘Almiar en un día de lluvia’, de 64 por 52,5 centímetros. Y pasa a un ritmo delirante, sobresaltado y apocalíptico en ‘Campo con gavillas’, de 50,5 por 101 centímetros. El paisaje empieza a cobrar una dimensión monstruosa. Y de la contemplación al delirio pasa al vértigo en ‘Trigal con cuervos’, de 50,5 por 105 centímetros, bajo un cielo negro y turbulento con alas de cuervos que son manchas mezcladas en el cielo que sacuden el trigal amarillo, el verdor y la tierra ocre y anaranjada, la misma que recorremos en marzo de 2019.

Siempre soñé emprender esta ruta y ver de cerca las calles angostas, sinuosas y empinadas de Auvers, sus cerezos florecidos derramándose sobre las piedras desnudas, los cipreces sacudidos por la primavera, la campesina sembradora de trigo, un hotel que ahora es la sede de la alcaldía, la iglesia, el campo de trigo, y bajo ese mismo cielo, los colores de Van Gogh.

Al llegar a Madrid, cuando apenas los cerezos se abrían en la primavera inesperada de marzo, habíamos decidido emprender este viaje. Al llegar, los árboles estaban desnudos, y en siete días, vimos el vertiginoso temblor de las hojas y el estallido de las flores.

“No me cansaré de caminar los kilómetros que sea, con tal de llegar al paisaje de Van Gogh”, le dijimos a Cheo Cruz y Therry, nuestros anfitriones en esa aventura, junto a mi esposa, Mary Serrano.

El aire estaba erizado en aquella mañana del 10 de marzo, al salir de París. Un viento helado y al poco rato, una pequeña granizada.

Epílogo

Van Gogh llamó con una voz de ultratumba, desangrándose en la habitación 5, después del almuerzo, para decirle a la pareja Auvers, que llamaran a su hermano Theo, porque acababa de pegarse un tiro. Muy cerca de la habitación vimos el campo curvado de trigo que había pintado hacía poco, en julio de 1890. La tierra se sacude en primavera para esperar la aparición del trigo y del maíz sembrado enfrente. Tres cuervos revolotean ahora. Muy parecidos a las mariamulatas de Cartagena de Indias, pero más gordas y con pico más largo.

A pocos pasos, está el cementerio de Auvers. Entramos. Toco las dos tumbas de Vincent y Theo. El primero, muerto en la noche del 27 de julio. Y su hermano, muerto seis meses después. Mi esposa Mary recoge un repollito naciente en el antiguo huerto de Van Gogh. Todo el mundo peregrina para venir a ver la sombra de Van Gogh. De tanto pisar su nombre en el empedrado, sus letras doradas brillan más debajo de las suelas de los zapatos de los peregrinos. Caen girasoles en su tumba.

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