Escuchar a Buenaventura

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El colombiano que triunfa con su voz en Europa cerró con lágrimas el XIII Carnaval de las Artes.

Por Rainiero Patiño M.

La música es un hombre que llora de alegría mientras cuenta la historia de sus luchas, muchas de ellas tremendamente tristes. Su voz es un canto hondo, un néctar que nace y estimula en medio de los huesos, un grito que construye el silencio para la reflexión.

Yuri Buenaventura habla con el público presente en el cierre de la versión XIII del Carnaval Internacional de las Artes, y cada letra que sale de su boca tiende un puente.

Llora más. “¿Por qué?”, pregunta el periodista David Lara, su interlocutor en el escenario. Se apresura, dice que no lo sabe. “¿Por qué lloran ustedes?”, responde en su defensa, con la sabiduría de un niño que no sabe que es sabio pero sabe usar sus oídos. De felicidad, declara. Y el público lo imita.

Él decidió encimarse el Buenaventura, a cambio del Bedoya, su apellido de pila, como honor y agradecimiento al lugar donde nació, pero bien podría ser Pacífico, o Colombia, o Humanidad entera. Tiene lo simple de lo esencial y lo vital del que intenta entender cada latido del mundo, del que abre los sentidos, del que valora cada bocanada de aire, el que se reconoce a sí mismo como un instrumento, un error y un acierto.

Canta. Como lo ha hecho durante tantos años, al ritmo del pedaleo cansado de la bicicleta de un cortador de caña de su pueblo que regresa tras el jornal, con la voz ambiciosa del joven que se fue a estudiar a París sin plata ni saber francés, con la entonación de la fuerza inexplicable que lo sacó aquella noche fría de las aguas del Sena en donde desesperado y con sus sueños y frustraciones amarradas al cuello decidió sembrarse, con el ritmo de sus manos hinchadas por el contacto del cuero del bongó en la estación del Metro, con la entrega de quien empeñó todo para grabar su primer disco Herencia africana, con la fortaleza del Caballero de las Artes y las Letras de Francia. Canta como si este fuera el primer día, como el último.

Definir su obra, propone Lara. Explicarla, conceptuarla, tratando de abrir un camino para quienes esta noche recién descubren a Yuri. Y una sola palabra basta, como debería ser siempre, como realidad real: «Amor».

Y, así, todos valoran más sus lágrimas, se las pagan al mismo precio.

Entonces lo demuestra, se desnuda en el escenario, agradece y muta en un gigante de mil colores que todos podemos ver aunque su pequeño cuerpo diga otra cosa. Crece, crece como los árboles imponentes que están acostumbrados a que la multitud celebre sus flores pasajeras mientras ellos en silencio empotran sus eternas raíces.

Yuri canta otra vez y se une a Edmar Castañeda, ese gran virtuoso del arpa (uno de los puntos altos de la versión de este año), y al pianista Ángel Álvarez –integrante de Son de La Cueva, ese fenomenal grupo de músicos locales que cada día sorprenden y crecen más- , y todo estalla en medio de la música. Merecido.

Este país, el mismo que aún, injustamente, lo mira de reojo, necesita a Yuri Buenaventura, y a muchas más voces de su especie, como a la voz sincera del espejo. Los necesita en el centro, como foco de atención, como un machete laborioso del día a día, a cambio de tanto ruido ensordecedor que no deja pensar, actuar, avanzar.

Hay que oír a Yuri Buenaventura y a otros de su talla, Atender cada una de sus letras. Aceptar sus puentes. Escucharlos.

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Acerca del Autor

Rainiero Patiño

Colabora en medios de comunicación desde hace más de 20 años. Experiencia como reportero y editor. Sus textos periodísticos y de ficción han sido publicados en espacios nacionales e internacionales. Nacido en Barranquilla. Lector y viajero empedernido. Música y buena comida. Inquieto por el periodismo para el desarrollo social. Papá y esposo. El mar, siempre vuelve al mar.

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