Cordura desquiciada

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“Perdonen mi cordura en un mundo desquiciado.”

EL COMENTARIO DE ELIAS

Por, Jorge Guebely. 

Lo llaman “El loco del barrio”. Posee una lucidez que pocos cuerdos pueden mostrar. En sus frecuentes delirios, escribe cartas a personajes importantes del país y del mundo. Lo conocí cuando llevaba una dirigida a Donald Trump. Lo comparé, entonces, con Herzog, el personaje de Saúl Bellow, el fracasado que escribía cartas sin destino alguno.

Mi reciente encuentro con él sucedió después del año nuevo. Me pidió un café, pues hacía días andaba en ayunas. Terminamos en un Juan Valdez. La carta del día estaba dirigida a los cacaos de Colombia. Me la leyó con tono seguro y quedé impresionado por sus insólitas revelaciones.

Invitaba a la elite económica a observar el cuerpo humano para descubrir la sabiduría divina. Cada órgano cumplía una función distinta para armonizar el todo: la visión sólo pertenecía a los ojos; la audición, a los oídos; el gusto, a la lengua… Con la piel, se palpaba al universo, las caricias del aire y hasta el ardor de la luz solar. El secreto de la armonía y la trascendencia residía en la humildad de los órganos para seguir la ley original.

EmilyDickinson

EmilyDickinson

El pensamiento, que manaba del cerebro, era tan importante y sagrado como la insulina que surgía del páncreas. El corazón bombeando sangre era tan respetable como el ano excretando heces. Todos funcionaban como máquina divina para un fin superior: la vida.

“Nunca, señores cacaos”, afirmaba la carta, “ningún órgano cometió la estupidez de creerse superior, ni la imbecilidad de someter al otro. A pesar de la importancia del pensamiento, jamás ningún cerebro exigió a otro órgano la función de pensar. ¿Se imaginan ustedes al hígado pensando? Peor aún, ¿cómo serían los pensamientos si surgieran del culo? El encanto de la existencia total reside en que cada uno estalle a plenitud en lo suyo. Sin embargo, ustedes nos condenan a empleos mezquinos para acrecentar ganancias. Construyen los infiernos en la tierra y la vergüenza de la creación. Su mezquindad ha impedido que los órganos sociales cumplan sus funciones naturales: que los poetas escriban bellos poemas en vez de asistir a oficinas bancarias y los pintores pinten maravillosos cuadros en vez de emplear su vida en talleres infernales. Ustedes impiden que los seres humanos trabajen la virtud que Dios les otorgó, única condición para construir una humanidad feliz, único camino para retornar al primer paraíso e iniciar la verdadera historia del ser humano.”

Terminaba con un verso de Emily Dickinson: “Perdonen mi cordura en un mundo desquiciado”

jguebelyo@gmail.com

 

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