Salud.- Cómo aprender a cuidar los ojos

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Una receta ‘mágica’ que puede convertirse en  un remedio  compuesto con elementos que pertenecen a la canasta familia.

Por Canuto Espejo/Todomail

 

Por Canuto Espejo/Todo-mail

Desde cuando el hombre se atrevió a salir de las cavernas empezó, con la curiosidad de un niño, para qué servía todo objeto que encontraba a su paso. Encontró el aguacate, que algún mamagallista ha regado la especie de que se lo tragó con fruta, concha y todo.

Luego, ya en otro estadio del recorrido humano, le sacó las tripas a los animales que se dejaban agarrar. miraba con  asombro todo lo que ese animal tenía por dentro y, obvio, quedaba anonadado al descubrir que, aún después de recibido un garrotazo –que era entonces el único ‘armamento´ que poseía aquel ser humano. obligado a descubrir, ingeniarse para convertir un tronco de madera en un arma útil para la cacería y para su defensa misma.

Más adelante, en otro estadio de la vida humana, el hombre empezó a distinguir lo que era bueno y lo que era malo. Ya supo que la serpiente mata con un simple pequeño mordisco con sus colmillos envenenados. Que el tigre no era como lo pinta la naturaleza como un animal gallardo, respetuoso y sincero. Mera apariencia errónea. Porque el tigre desde siempre ha sido un cuadrúpedo astuto y hasta buen amigo de dejarse sobar el lomo cuando un ser humano le ha caído bien. «Pero deben tener en cuenta/que el tigre nunca tiene amigos» (del maestro Pacho Rada).

Por algo las respetables tribus indígenas desde siempre han tenido el ajo como elemento sagrado, dándole el mismo valor del oro y del cacao.

Después del periplo de los primeros seres humanos que poblaron la tierra, sobrevino, primero, el desarrollo rural ; luego el desarrollo industrial, en el cual está incluida la vertiginosa industria de los grandes laboratorios que han inventado remedios ‘de marca registrada’, y, por lo tanto bien caros para toda las enfermedades que de manera sorpresiva van saliente, como si en los multimillonarios laboratorios que dominan en el mundo este sector industrial, trabajaran de manera simultánea en el remedio que crea la enfermedad y en el que la cura.

Un oftalmólogo barranquillero de mucho prestigio cuenta la anécdota que en cada clase de otorrinolaringelogía, repetía ,como un disco rayado, que dos hermanos estudiaron la misma especialización y se retornaron a su ciudad natal, a prestar sus servicios, vestidos de blanco de cabeza a los pies, por lo cual la comunidad los llamó con ironía los ‘dioses de bata blanca’. La ciudad era muy pequeña como tener tantos enfermos de ojos, oidos y garganta, de tal manera que llegaron a un acuerdo amigable y familiar. El uno era el médico gentil y voluntarioso que atendía a sus pacientes con mucho respeto. El otro montó la línea de los copitos para  limpiarse los oídos. Entonces el médico le decía al paciente que, para que no se repitiera ningún malestar peligroso en los oidos, que acudiera al local de enfrente en donde le venderán ‘unos palillos con las puntas forradas de un par de motitas de algodón.

El asunto es que, tal como sucede ahora con los peces grandes del negocio de la droga, los copitos ‘saludables’ lo que hacían era empujarle hasta el fondo de la campana auditiva toda la mugre que acumula, hoy, el ser  humano por la incontrolable contaminación ambiental.

Así ha venido creciendo la industria farmacéutica, enriqueciéndose con la salud humana, así como las funerarias se enriquecen con los muertos. Ahora, ante la gula de los dueños de la industria de las medicinas, los curanderos de antes, los sabios de la tribu, las comunidades indígenas que viven en el vientre del trapecio amazónico, están de regreso a lo primitivo, cuando la marihuana era -y es- una hoja bendita que cura muchos malestares del cuerpo humano. Es lo mismo que el arbusto de la hoja de coca.

Lo más sencillo

Ahora, ante la desmedida ambición de las fábricas de medicamentos que dominan el mundo, los sabios de la tribu, los homeópatas, los bioenergéticos, los afortunados que pueden ir a beber en las fuentes de la medicina china, han empezado a enseñarles a las comunidades a ‘fabricar’ sus propios brebajes que hacen a la perfección la misma acción de los costosos medicamentos de las multinacionales de la droga.

Sea su propio médico

El ajo es un remedio natural que no solo aporta un sabor sabroso a las comidas. Es efectivo para muchas otras cosas.

Una de las tantas calamidades que sufre la humanidad en estos tiempos del nuevo milenio es la pérdida de la capacidad visual, ardor en las pupilas, vista borrosa. Pues bien. Veamos las recomendaciones que un científico amante de los remedios caseros sugiere, para combatir los peligros de padecer esa decadencia en los ojos como consecuencia de la atmósfera contaminada, la sobredósis de televisión, computador y el chateo por celular, la siguiente pócima.

Lo primero que tiene que hacer el paciente deseoso de convertirse en su propio médico, es comprar un frasco de vidrio (si es oscuro, mejor); una paleta, un mortero y un recipiente de madera. Luego echarle 10 cucharadas de miel de abejas; tres dientes de ajo; cuatro limones, y 200 gramos de aceite de linaza.

Luego , a punta de mortero y la ayuda de la paleta, disolverá todos los elementos naturales descritos, cuando ya esté el brebaje listo, lo envasa en su frasco de vidrio oscuro, y se tomará una cucharada sopera antes de cada comida. Y presten mucha atención al video. Si algún aficionado a la alquimia, a los remedios con elementos materiales, no se enoje si sus amigos mamagallistas lo tildan de curandero de pueblo, de culebrero, de brujo y «de engaña bobos». ¡Tranquilo que va por el camino correcto para lograr que en el próximo milenio ya no existan los multimillonarios dueños de los laboratorios que se enriquecen con la salud del ser humano.

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Canuto Espejo

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