«¿Puedo volarme el sensor para trabajar?»

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  • Kelly García no es una más de las vendedoras que se suben a los buses a contarnos historias tristes. Ella utiliza únicamente su carisma y experiencia para vender dulces en los buses de la Costa Caribe. 

Por Omar Barboza Camargo

Desde cuando llegué a Barranquilla a estudiar en la Universidad  no he dejado de ver personas que se suben a los buses a ofrecer dulces, mentas, crucigramas, tarjetas con mensajes bíblicos y hasta tónicos a base de marihuana. No hay una ruta de buses en la que me haya montado que no me tienten a gastar las monedas que llevo para mi alcancía.

Kelly García aprovecha su juventud y atractiva sonrisa para vender dulces en los buses que viajan para cualquier parte en la Costa Caribe. 

Siempre me causa curiosidad conocer la veracidad de las historias que algunos de estos vendedores cuentan sobre sus hijos enfermos, su reciente salida de la cárcel o que acaban de “bajar” de Venezuela y prefieren vender que atracar, entonces uno les colabora “con lo que nazca de su corazón”. En todos los casos el discurso es lo suficientemente convincente para despertar la nobleza de los pasajeros.

Pero no todos los que se suben a vender en los buses cuentan este tipo de historias trágicas. Sin embargo, detrás de cada uno seguro hay un pasado lleno de relatos interesantes que vale la pena conocer. Por eso, como cualquier amante de las buenas historias, no pierdo oportunidad alguna para permitirme conocer qué esconden estas personas que inspiran una vida de valentía y sacrificio, y que por lo general son muy dispuestas y amables para la cháchara.

Un viernes en la mañana tomo la ruta de Urbaplaya y me dirijo a mi pensión. A la altura del puente de la circunvalar una mujer joven detiene el bus. Hace una pregunta al conductor, con la que no puedo evitar sorprenderme:

¿Puedo volarme el sensor para trabajar?

Para ganarse su confianza y abordarla, el cronista compra dos botellas de agua, una para él, y otra para ella.

Va vestida con original elegancia, lleva el cabello recogido con una cola, usa delineador en los ojos y pintalabios fucsia. Es de tez clara, usa pantalones negros en conjunto con una blusa dorada de estilo cuello de tortuga sin mangas. Lleva un canguro en la cadera y una bolsa de dulces en la mano para vender.

El conductor responde positivamente a la pregunta mientras observa con cuidado que la mujer no marque el sensor al hacer su marometa.

Kelly García, se vuela el sensor con evidente experiencia y ofrece a los pasajeros unos caramelos con sabor a fresa llamados Fruticas. Lo hace con mucha amabilidad y un discurso bien fluido donde, para la sorpresa de muchos, no relata ningún episodio trágico de su vida. Solo usa su elegancia y su experiencia, de la que me entero más tarde, para vender sus dulces.

Por lo que me doy cuenta, logra vender bastante. Tal vez porque algunas personas prefieren un ofrecimiento sincero, como el de Kelly, que los repertorios de lástima.

Compro varias fruticas, las guardo en mi mochila y me dispongo a ir a la parte trasera del bus, para esperar a que se baje e ir tras ella, con la curiosidad de conocer qué historias atesora.

Se baja en frente del Makro de la 51B, en el parque Villa Santos y de inmediato saluda a dos vendedores que al parecer la conocen desde hace tiempo. Mientras termina de charlar, le compro dos botellas de agua de limón a uno de ellos, para ofrecerle una a Kelly mientras conversamos.

Cuando le pido una entrevista se emociona y empieza a contarme sobre su vida con mucho orgullo:

“Soy mamá soltera de tres hermosas hijas. Vivía en Bocagrande, en Cartagena, con mi papá que era un señor muy adinerado. Mi mamá vivía aquí en Barranquilla y yo no la conocía. Así que un día, dejé mi casa paterna, y tomé un bus a Barranquilla, en busca de mi madre”.

Sentados en una mesa del parque Villa Santos, Kelly me cuenta con mucha espontaneidad que lleva 9 años trabajando en este sector del comercio barranquillero:

“Cuando llegué a Barranquilla mi vida dio un giro de 180°, porque mi mamá era trabajadora informal. Yo tenía una hermana aquí, y junto con ella empecé vendiendo libros y cartillas de fábulas en la calle. Una vez, en San Isidro, en la parada de buses en frente del antiguo edificio del Seguros de los Andes, decidimos subirnos a un bus. Entre llanto y tartamudez vendimos nuestros primeros 27.000 pesos. Nos dimos cuenta de que nos rendía más si vendíamos en los buses, y allí comenzó todo. Incluso vendo en los buses intermunicipales, ahora mismo voy hacia Montería, a mi tierra. Llevo mercancía con perfumes, carteras, correas, bisutería, y, por su puesto, dulces.”

“Tengo estudios técnicos en diseño de joyas. Me casé con el papá de mis hijas y dejé de vender por un tiempo, pero cuando nos separamos vi la necesidad de volver a los buses, porque a pesar de todos mis estudios, no contaba con la experiencia y los contactos suficientes para entrar en el campo laboral. Sin embargo, actualmente si me encargan un collar o un rosario, yo lo hago.”

“No quiero dejar de trabajar en los buses porque aquí soy dueña de mi tiempo y puedo dedicarme a la crianza de mis hijas. Porque de otra manera tendría que pagar a alguien para que las cuide. Yo las he criado con todos los principios morales que aprendí en la vida luego de haber pasado de estar arriba, en Cartagena, a estar abajo, acá donde mi mamá. Porque allá todo era moda, lujos y apariencia, en cambio aquí aprendí que las cosas se consiguen con sacrificio.”

“Tú cortaste tu árbol redondo, tú te lo hechas al hombro”.

“Acá el plato de comida era un arroz con lentejas. Y cuando salíamos con mi hermana a vender en la calle solo conseguíamos lo estricto, a veces no nos alcanzaba ni para el agua ‘e panela de la cena. Una vez intenté regresar a la casa de mi papá porque no me sentía preparada para esta vida en la casa de mi madre, pero ya era tarde. Mi papá con su carácter santandereano ya no me trataba igual que antes y no tenía la libertad que tuve en los días que viví con mi mamá, así que decidí devolverme. Yo cambié la comodidad por la libertad.


“También he vendido en las playas de Tolú. Y me subía a vender en los buses que van de Tolú a Sincelejo. Viví en Medellín, donde no trabaja quien quiere sino quien puede, porque hay un monopolio de los vendedores en las paradas de buses. Entonces me fui a Cúcuta a comprar mercancía, y en el viaje de ida vendí en los buses intermunicipales y me di cuenta que así me va mejor que en los buses dentro de la ciudad.”

Cuando le digo a Kelly que soy oriundo de San Onofre, afirma que es una de las rutas intermunicipales donde más ganancia tiene.

Entre risas me cuenta cómo el hecho de ser mujer le ha ayudado a ganar simpatía con los conductores. “Falda mata todo” dice a carcajadas.

Terminada la cháchara, Kelly se despide de sus amigos en el corredor del parque Villa Santos, dice no volver por ahora, pues va a viajar a su tierra natal. Se despide también de mí, y emocionados nos subimos a un bus de Puerto Colombia donde, con su anterior autorización, le tomo varias fotos para acompañar este escrito.

Escucho de nuevo su discurso de venta. No menciona ninguna parte de su vida, por más encantadora que pueda ser para alguien que va aburrido del trabajo hacia su casa, o para quien regresa de haber perdido un parcial en la U. Tal vez pensarían que lo sacó de un capítulo de Decisiones o de la Rosa de Guadalupe. Kelly decide callarlo todo, porque su buena actitud y amabilidad hacen que cualquiera le extienda la mano con una moneda.

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