Paolo Buggiani, el arte no es efímero

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En este sábado de enero he pasado una mañana conversando con él sobre el origen de su vocación y su obsesión. En este instante no es el hombre de melena blanca y plateada de casi 86 años, sino aquel lejano niño de 9 años cuya abuela, Carolina, confiada en la precoz autosuficiencia del nieto, regalaba fósforos para que los encendiera y lanzara encendidos sobre el silencio de la ventana abierta.

Al recorrer las calles de la infancia, tropezó muchas veces con las cajas de madera donde se depositaba la dinamita del ejército alemán, en plena guerra. Y después de la guerra, sobre la arena italiana, en medio de los escombros del día, el niño encontraba estas cajas para jugar a encender otras luces. Así, viendo aquellos restos de la guerra, aprendió a hacer sus propias mechas y explotar el mercurio, jugando entre castillos de tierra, en el río seco del verano.

Las latas con la dinamita elevaban al cielo para su asombro de niño, peces y piedras. Con sus enormes ojos de escudriñador de secretos y su vitalidad de hombre que se resiste a envejecer, siempre desafiando sus propios hallazgos, me dice riéndose: “La abuela me dio los fósforos”, como sugiriendo: “Ella es la culpable que yo haga esculturas de fuego”. A esa abuela cómplice de sueños le hizo su primer retrato de 40 x 50 centímetros. Recuerda a un primo mayor que él, que a sus dieciséis años fabricaba barcos de madera. Pero no recuerda algún familiar que pintara o esculpiera. Muy pronto conocería a un profesor napolitano –Mario Ridol- que lo llevaría a su estudio, siendo él casi un niño, y él le ayudaba a limpiar los pinceles, y lo veía dibujar y pintar. Con él aprendió a dibujar el cuerpo humano. Pero luego, al visitar los museos y galerías de Roma, vio por primera vez las pinturas de Chirico y Bacon, y se decepcionó de su profesor. Nunca estudió en ninguna academia de arte.

Paolo Buggiani, artista del fuego

Siempre fue rebelde. Desconfió siempre de los criterios técnicos ortodoxos del arte. Estuvo todo el tiempo del lado de la libertad de crear e imaginar, sin limitaciones. En un instante, al verlo moverse de un lado a otro en su pequeño taller de Cartagena, pienso en Picasso, pero no alcanzo a preguntarle cuando me responde: “No me gusta Picasso”, y la pregunta buscaba saber si la influencia de Picasso había tocado a los artistas en los años cincuenta, como ocurrió entre nosotros en Colombia. Él se sintió identificado en los años cincuenta con los artistas abstractos, pero él eligió pintar en abstracto y trabajar de manera tridimensional sus obras. Forjaba máscaras de yeso, que le daban una lectura distinta al rostro y al cuerpo. Escribió un libro “Acerca de la intuición del tiempo”. Se fue a vivir a Nueva York. Ganó el Premio Guggenheim. “La mitad del premio que me gané, lo gasté pagándole a los abogados para divorciarme”, dice riéndose.

En una exposición individual en 1963 en Nueva York, conoció a Andy Warhol, quien fue a la apertura de su obra, y le brindó su taller para que trabajara. Pero él consiguió un taller cercano al de Warhol.

En su serie Roof Beach (1965), fotografía sobre tela con intervención pictórica, retrató a su esposa desnuda, con su cabellera negra, acostada en un lecho que pintó de rosado. El ambiente del taller está pintado allí, y hay entre los dibujos, un par de veleros en la línea azul del mar.

Lo efímero está por igual en la obra pictórica, en el retrato intervenido con colores, y en las esculturas de fuego. Lo efímero prevalece como video, como fotografía, como pintura, más allá de la instalación. En la serie “Apocalipsis 1”, realizada en el Worlf Trade Center, de Nueva York, en 1979, el artista utilizó unos andamios para ascender por entre las Torres Gemelas. Nueva York se paralizó con aquella instalación temeraria. Y la Policía estaba debajo esperando para detenerlo, sin saber que se trataba de una obra de arte. Cuando el artista había ascendido por entre las torres, balanceándose en el vacío, ocurrió lo inesperado: de su boca salió una llamarada de fuego, premonición del apocalipsis del amanecer del siglo XXI. La secuencia de la acción artística fue fotografiada, en imágenes de 200 x 90 centímetros, que forman parte de un capítulo singular de la historia del arte contemporáneo en el mundo.

En 1982, realizó su “Apocalipsis 2”, Mitología urbana, Ícaro e le Macchine Terrestri, en Nueva York, en la que el artista intenta elevarse como un Ícaro envuelto en llamas, su cuerpo como uno de los soportes de su arte, desafía la gravedad y el fuego. En otro instante de la serie, va en un carro que se incendia en el mar. Las imágenes en 200 x 90 centímetros fueron desarrolladas como instalación entre 1982 y 1984. De esa experiencia similar se derivaron instalaciones como “The man of Wall St,” 1980-1982, en la que Paolo dibuja un hombre metálico con una bolsa de valores en la mano, que se incendia muy cerca del escenario donde salen hombres de sus oficinas de financistas. Pero la efímera instalación de pocos minutos se convierte en una fotografía intervenida en acrílico sobre tela, de 90 x 200 centímetros. Otra instalación de 1980, “Minotauro, Brooklyn Bridge”, realizada sobre el puente de Brooklyn, es un hombre incendiándose.

Paolo Buggiani, excelente artista

La fotografía se convierte en un acrílico sobre tela de 90 x 121 centímetros. Siguen en esa misma búsqueda de interacción de lenguajes, su pintura “Hiroshima”, en las Naciones Unidas, en Nueva York, en 1982. Óleo de una fotografía sobre tela, en una dimensión de 120 x 100 centímetros. La destrucción de las ciudades, por la sinrazón de las guerras, es una de sus obsesiones. Allí siguen con el mismo nombre: “Apocalipsis”, en 1982, pintura derivada de una fotografía intervenida y de una instalación, donde Paolo elevó hacia los rascacielos enormes piedras y fragmentos de columnas de icopor. “La gente se asustó porque creía que era algo pesado lo que se elevaba, pero era puro icopor”, dice Paolo. Lo hizo pensando en la bomba atómica lanzada sobre Hiroshima. De todo ello, está un lienzo que él ha intervenido con nubes y el cuerpo desesperado de un ser humano que emerge de los rascacielos.

Su experimento Instalación-fotografía-pintura genera nuevas exploraciones para el arte contemporáneo, que se ha enriquecido con el video. En la pintura “Staten Island Ferry”, Nueva York, 1980, fotografió la ciudad de Nueva York anteponiendo al lente de la cámara, un vidrio sobre el que iba dibujando mientras observaba el paisaje. La ciudad doblemente captada tiene la riqueza cromática de rojos, naranjas, verdes, azules, y en las nubes blancas y azules, otros azules incorporados con óleo, en un bello resultado de una obra artística de 60 x 45 centímetros. Ya ese experimento lo había realizado en 1976 en “Darsena”, Milán, en el que sobre los grises de los edificios, complementa el paisaje con azules, rojos, verdes y amarillos, en una obra al óleo de 90 x 60 centímetros. Y en 1979, en “Primavera artificial”, en Nueva York, donde logra convertir el blancor de la nieve, gracias al artificio del vidrio, en una fiesta de color en verdes, amarillos y rojos.

Paolo ha trabajado en sus instalaciones la mitología griega, los minotauros, ícaros, Ariadna perseguida por un minotauro en patines. “La patinadora que elegí usó una malla color piel ajustada al cuerpo, y el tráfico se perturbó creyendo que estaba desnuda. Pero más perturbada quedó la patinadora cuando vio al Minotauro en llamas. La Policía volvió a preguntarse: ¿Qué pasa aquí? Y Paolo, con la sonrisa de quien desafía su propio arte, volvió a decir: “Es fuego efímero para el arte”.

Su obra pictórica está enriquecida también con las texturas: utiliza telas que pega al lienzo, arenas que dan la sensación de vejez y lejanía. Sus instalaciones han sido la inquietante metáfora de los apocalipsis de las guerras y las bombas atómicas, pero en su encuentro con el Caribe surge otro paisaje: los cocodrilos, peces y pájaros, que hace con aluminio e incorpora a sus nuevas instalaciones, como la de la barca que se incendia con él, y cuyo video artístico ha realizado Cinzia, su mujer.

Epílogo

La abuela Carolina dejó la ventana abierta. El niño Paolo está asomado viendo el paisaje que está detrás de la ventana. La abuela le entrega una caja de fósforos que él enciende uno a uno y los lanza al vacío. Paolo, de 86 años, busca encender otros fuegos sobre la ventana de sus pinturas e instalaciones.

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