Y pudimos ver la corrupción

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Hoy, cuando acabamos de cumplir dos años de la firma definitiva del acuerdo de Paz, debemos reconocer que éste también nos trajo un gran e inesperado beneficio que no aparecía en sus propósitos.

Por: Víctor Herrera Michel

Victor Herrera Michel

Hace algún tiempo en este mismo espacio analizamos lo que consideramos un “Daño colateral” al plantear que mientras el gobierno anterior permanecía en el dificultoso y accidentado tramite de casi 6 años del proceso de paz con la guerrilla de las Farc, se triplicó el número de hectáreas sembradas de coca en el país llegando a máximos históricos de producción hasta el punto de colocarnos hoy como el primer productor y exportador de cocaína en el mundo.

Hoy, cuando acabamos de cumplir dos años de la firma definitiva del acuerdo, debemos reconocer que éste también nos trajo un gran e inesperado beneficio que no aparecía en sus propósitos.

En efecto, el hecho de haber obtenido que las Farc se sentaran a la mesa durante este largo y extenuante proceso para llegar finalmente a la firma del Acuerdo de Paz el 15 de diciembre del 2016 y que posteriormente la ex guerrilla fracasara políticamente, de manera estruendosa, en las pasadas elecciones a Congreso, logró que visualizáramos entonces en su real dimensión el verdadero problema de nuestro país: La corrupción.

Hasta ahora, las últimas 5 ó 6 elecciones presidenciales (estamos hablando de unos 25 años) se habían decidido a favor o en contra de un determinado candidato en función de la cercanía o lejanía de éste con respecto al grupo guerrillero. Casi que el argumento principal de la propuesta de campaña era estar de acuerdo o no con la reincorporación de la guerrilla a la vida civil. Ese temor, bien manejado por la clase política durante todos estos años, hizo que los electores se inclinaran en uno u otro sentido hasta llegar incluso a la reelección (a veces en una posición contraria a la de su primer mandato como ocurrió con Santos).

Juan Manuel Santos, Raúl Castro, Timochenko

No olvidemos que sí existe una mafia poderosa e implacable que sabe cómo perpetuarse en el poder en Colombia. Esa es la de los políticos. Así derrotaron nada más ni nada menos que al gran capo internacional de la droga: Pablo Escobar, cuando llegó a incursionar en el Congreso. Así absorbieron al M-19 después del primer acuerdo de paz de entonces hasta desaparecerlos políticamente. Así dominaron a los paramilitares cuando estos afirmaron que ocupaban el 30% del Congreso hasta el punto que los máximos jefes fueron extraditados a los EEUU. Así acaban de hacerlo con las Farc que han sido llevadas hoy a su mínima expresión. Con la arrolladora maquinaria politiquera y corrupta nadie ha podido.

Una vez llegado a un acuerdo y vencidas políticamente las Farc, éstas pasaron a un segundo plano en el panorama nacional y salió a relucir entonces la corrupción como el fenómeno más devastador que ha tenido nuestro país en toda su historia. Al fin pudimos ver con claridad la manera descarada como nuestros políticos se roban el erario, a través de fórmulas cada vez más sofisticadas.

Pero lo más indignante es que no es solo la clase política y el sector público, también el sector privado. Hoy observamos desde pequeñas empresas que participan en licitaciones amañadas en los municipios hasta grandes bancos y fabricantes de productos de consumo masivo envueltos en prácticas de apoyo indebido a campañas políticas, prácticas de soborno a gran escala, cartelización de precios y distribución, publicidad engañosa, lavado de activos, peso inexacto de sus productos.
Es tan grave la dimensión del fenómeno en el país, que uno de sus más significativos exponentes en Colombia había advertido a los periodistas hace unos años: “…La corrupción es inherente a la naturaleza humana…”.

@vhererram

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