‘La fantasma’, una artista a la que todo el mundo escucha y sigue, sin que nadie la conozca

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A Katyuska le encanta tomarse un mate antes del desayuno.

Por Óscar López Lobo

A Katyuska le encanta tomarse un mate antes del desayuno. Calienta el agua cuidando que no hierva, prepara la hierba acomodándola dentro del recipiente. Le echa el agua y prueba con la bombilla metálica. Frunce el ceño, se quemó la punta de la lengua, se dice que está perfecto e ingiere esa amarga, ceremoniosa y cotidiana bebida del sur de La Plata.

Se sirve unas galletas dulces y le agrega un pedazo de queso costeño, traído del Caribe colombiano que un amigo le regaló. Entra al garaje y quita la manta verde que cubre la batería de ocho piezas que toca desde hace cinco años en una banda de Jazz, de la que ella es su única fuente de energía: graba por separados guitarra, bajo, saxofón, teclados y batería. Los mezcla en su estudio acondicionado en el garaje. Ya ha editado cinco trabajos de cinco canciones que duran cinco minutos cada una.

Nunca ha dado un concierto, nunca ha invitado a músicos para que interpreten sus creaciones. Su misantropía solo le permite grabar y distribuir su música por redes sociales, por demos que envía a emisoras, amigos que distribuyen en bares y hasta en festivales musicales a los que nunca va pero que suenan su música. Todos sus trabajos discográficos son exitosos, siempre pega dos o tres canciones, y se venden con su sello independiente: La Fantasma Records, como su banda, como ella: La Fantasma.

Sus portadas son fotos de un instrumento por álbum, el que más se destaca con solos virtuosos, ambientales y armoniosamente hermosos según la crítica especializada. Debutó con su cuerpo desnudo cubierto por el saxo, siguió su desnudez en el segundo pero cubierta por la guitarra, en el tercero por el bajo, en el cuarto acostada sobre un piano y, en el último, de pie, y desnuda, dándole la espalda a la batería. Sus nombres: La Fantasma 5.1, La Fantasma 5.2 y así hasta llegar al último, del que solo le falta un tema por grabar y será La Fantasma 5.5.

Se comunica con sus únicos cinco contactos que le mueven su imagen, relaciones públicas, presentaciones de sus trabajos a los que nunca va pero en las que siempre deja impregnado su poder musical en salas repletas de seguidores, que aún a pesar de sus cuatro trabajos previos y que nunca la hayan visto, mantienen la ilusión de verla, olerla, desearla, darle un rostro a todo ese placer musical que les entrega La Fantasma.

Sus cinco contactos con el exterior son amigos de infancia: un músico, un publicista, un fotógrafo, un gestor cultural y un productor audiovisual. Todos firmaron un pacto de sangre, y por escrito también, de jamás revelar la identidad de La Fantasma. Les ofrecen dinero, fama, mujeres, pero se mantienen en su promesa, ignoran el acecho de los medios a los que solo acuden para presentar las nuevas piezas, y de la última ya la crítica le augura disco de platino, oro y hasta Grammy.

La Fantasma, quien en sus portadas, fotos y videos la muestran ensayando, cubre su rostro con un peinado a medio lado salvo los labios, siempre pintados mitad azul, mitad rojo, y cinco tatuajes de sus instrumentos repartidos en sus extremidades, de cincuenta centímetros, y el último con platillos y tambores amarrados por espinas en su pelvis. Es trigueña, hija de madre nacida en algún lugar del Caribe, morena, y de padre un nórdico hijo de africano con noruega, moreno de ojos claros.

Es alta, senos grandes aureolas pequeñas y hasta la salida del último álbum con el que dará fin a su carrera jazzística conocerán unas nalgas redondas, caderas anchas que acompañan todo un cuerpo grueso, robusto y unas manos delgadas con dedos largos.

Sentada en su batería inicia calentando con una base de salsa. Sus pies, el izquierdo toca la clave en dos tercios, el derecho el bombo acompañando, variando, disminuyendo o aumentando tiempos. Baquetas en manos, acorde con la métrica, toca con sutileza los platillos: charles, china, splash repicando en los tom toms. Combina brazos, redobla, vuelve a un jazz lento, melancólico. Al fondo los otros instrumentos la acompañan desde la consola donde ya los tiene mezclados.

Su Jazz sabe a un beso ‘Love Supreme’ de John Coltrane, a la lágrima rabiosa de Nina Simone, al grito orgásmico de la rockosa Janis Joplin o al liberador poema ‘Me gritaron Negra’ de Victoria Santa Cruz, que adornan su pared; hasta la mística atmosférica de Miles Davis cubierto con el telón afrocaribeño de una Celia Cruz seducida a piano y batería, hasta el toque salao de ‘La niña Emilia’. Sonaba a todo y a nada parecido, como un fantasma soplando entre calados en una noche llena de neblina.

Termina sus quince minutos de calentamiento, quiebra sus baquetas por la mitad, patea el bombo desplazándolo medio metro, grita eufóricamente, abre la nevera que está justo al lado de la consola y se sirve un trago doble de whiskey en las rocas.

Saca un porro, lo enciende, otro trago, retiene el humo, exhala, tose y se acuesta en una hamaca hasta satisfacerse de whiskey y marihuana mientras se masturba frotándose los dedos despacio, con ritmo y armonía dibujando círculos interminables de un lado al otro, sobre un clítoris hinchado, mientras bajan espesas gotas de alegría por sus mejillas y su centro.

La Fantasma realiza el mismo ritual después de concluir cada álbum, pero por ser el último bajó la botella hasta la mitad, porro y medio y cinco orgasmos, uno cada cinco minutos. El último duró cincuenta segundos, siempre lo hacía, temblaba, sudaba, gemía apretando dientes, músculos contraídos que parecieran desgarrarse, pupila dilatada, el corazón palpitaba velozmente hasta el estallido final con un zumbido ensordecedor.

Luego el gemido agudo como un punteo de guitarra desgarrador de tímpanos absorbía la música de los parlantes, el vibrato en la batería, en sus piernas, en su mano derecha empuñada al cielo, en su izquierda que se mojaba entre sus piernas. Dejaba de morder sus labios, concluyendo el ritual catártico y purificador del sueño realizado.

-Ya está todo listo, mi ciclo ha terminado, el quinto vuela, en cinco años, con cinco instrumentos, cinco grandes orgasmos finales, cinco razones y promesas que le cumplí al Jazz, a la música, a los cinco continentes. Mi ofrenda a un mundo irreal, vulgar, misógino y excluyente-, se decía mientras miraba con melancolía el silencio de sus instrumentos.

Para ella el mundo estaba lleno de placeres rotos por egoísmos y soberbia intransigente. Un mundo del que ya no hace parte, una realidad, una maldición, un sueño e ilusión que se ha cumplido hoy cinco de mayo de 2015, cinco años después de convertirse en La Fantasma que es, sigue siendo y será siempre.

Promesa cumplida cuando era Katyuska Manyarama García y pasó a convertirse en La Fantasma, una artista llevada a la vida a petición suya tras fallecer de un infarto fulminante mientras dormía en su hamaca, después de dejar las partituras de veinticinco canciones grabadas, fotos, diseños y la autorización a sus cinco amigos en una carta en la que se despedía para que la ánima musical en pena volara entre esos vivos, esos entes esclavos del vacío y del consumo con quienes ya no quería compartir un saludo, ni su mismo desprecio.

Esas cosas ahuecadas, desprovistas de alma, a las que les negó hasta una lágrima, su propio vacío que ahora está lleno de dolor, de soledad… de blues.

Sobre su lápida caen girasoles, rosas, claveles, lluvias doradas y cayenas con su último testamento cumplido, el mismo que hoy arde en llamas sobre su nombre, luego que uno de sus cinco cómplices lo dejara caer en la cama del viento y frente a la bóveda en donde reposan sus despojos, mientras el resto de la diminuta pandilla improvisaban una estrofa de ‘La Miseria Humana’, de su amor platónico, el poeta Gabriel Escorcia Gravini; versos que nunca sonaron tan lúgubres:

-Aquí en esta soledad que solo cruza el cocuyo, dime: ¡¿Qué se hizo tu orgullo, tu amor y tu vanidad?! ¿Qué se hizo tu potestad de persona soberana y mentirosa y galana que ostentó tanta belleza? Dime: ¿Qué se hizo tu grandeza? Responde: ¡Oh miseria humana! -.

No queda una gota de agua, la hierba está seca, el Mate se acabó, aunque el amargo perdure.

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Nota del editor

Esto que acabas de leer es el cuento titulado ‘A Katyuska le encanta tomarse un mate antes del desayuno’, del libro Bitácoras anónimas y otras sobredosis, de la autoría de Óscar López Lobo, ganador del Portafolio de Estímulos de la Secretaría de Cultura de Barranquilla 2018.

Leer ‘Bitácoras Anónimas y otras sobredosis’ es abrir las entrañas del mundo cuerdo, anónimo,
cotidiano, y encontrar almas arrinconadas que habitan historias con supuesta docilidad, pero cuya
existencia está siempre en el punto de rebeldía.
En estos trece cuentos y una viñeta que lo grita todo se siente un pulso narrativo fluido, al que
Óscar López Lobo ensancha su propia experiencia de vida a las historias, sin que estas siquiera
noten su presencia. Sus personajes pueden ser fantasmas que beben el mate del sur para tocar el
mejor jazz, o ser morenas del Caribe atormentadas por pájaros.
A ese delirio nos invita el autor con estas bitácoras en las que la literatura, la poesía, el cine, la
música, la pintura y muy buenas dosis de ciudad se unen para darle viento, diluvio y neblina a la
anatomía de la vida.

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Chachareros

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