La vida de los otros

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Un libro de Alfredo Baldovino Barrios, ganador de la convocatoria de estímulos que no puedes dejar de leer.

Por Chachareros 

A continuación, les comparto uno de los cuentos  que lleva el mismo nombre del libro:

La vida de los otros

“Dios mueve al jugador y este a la pieza
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y sueño y muerte y agonía?”
J.L. Borges
“…Y Rice tuvo como sospecha que estaba harto
de repetir las mismas cosas cada noche”.
J. Cortázar

Cuando tú interrumpes la lectura de una historia y dejas caer la tapa sobre el libro como si nada, para estirar el cuerpo, servirte un pocillo de café, ir a contestar el teléfono, reflexionar con una mano en la barbilla, o por cualquier otro motivo, los personajes de la narración abandonamos la postura inmóvil que se nos endilga, cambiamos raudamente de vestuarios, desmontamos locaciones, repasamos en voz alta el libreto que alguno de nosotros ha propuesto para los demás, buscando el tono y gestos adecuados para cada frase, y desarrollamos una trama completamente diferente a la que todo el mundo conoce.
Sé que te suena un poco extraño, es apenas entendible, pero si algún día intentaras abrir un libro de sopetón, con la misma agilidad del vaquero que aprieta el gatillo antes que su rival, sin darnos el tiempo suficiente para rehacer la trama consabida, podrías quedarte de una pieza al encontrar, por ejemplo, a Héctor galopando por las calles de Troya con la cabeza mutilada de Aquiles levantada como un trofeo, un Heracles flemático y amanerado, amedrentado con la sombra de los árboles nocturnos y con el canto de la lechuza, o una Caperucita que conspira con el lobo para asesinar a su abuelita y quedarse con su fortuna.
Te frotarías los ojos con los nudillos, seguramente, creyendo descubrir en toda esa escena el síntoma inequívoco de un delirio quijotesco, pero al volverlos de nuevo sobre las páginas y hallar todo en el lugar de siempre, suspirarías aliviado, prometiéndote, de paso, conservar el secreto en la más estricta reserva, leer menos libros de ahora en adelante, marcar el número telefónico de amigos a quienes, de forma paulatina, fuiste relegando al olvido para preguntarles qué hay de sus vidas, y dedicarle más tiempo al salto de cuerda y a los paseos al aire libre.
O puede que de modo campante niegues lo que acabas de ver, sin detenerte a considerar otro tipo de explicaciones, sin darle sitio a la duda ni despabilarte, volver sobre el punto de la historia en el que habías quedado y seguir con expectación la suerte de tus personajes, corroborando lo que intuías o descartándolo, o que, por el contrario, te abstengas de hacer la prueba sugerida, cerrar y abrir el libro con el gesto audaz de quien empuja una puerta para sorprender un cuerpo intruso al lado del cuerpo amado, al dar por descontado la inverosimilitud de los hechos. Puedes hacerlo si te sientes mejor, tomar lo que te estoy diciendo como lo que crees que es, uno de los tantos mundos contrapuesto a eso que llamas realidad, creado por un autor para liberar a hombres y mujeres del lastre de las preocupaciones cotidianas, y adiós momentáneamente al recibo de la luz sin pagar adherido a la puerta de la nevera, adiós al chirriar de alas metálicas que inútilmente te afanas en silenciar por la reciente transgresión a los pactos conyugales, adiós a los temores que te oprimen el estómago cuando vuelves a tu casa después de un círculo de rostros marchitos, flores últimas y tierra mezclada con raíces. No harías nada distinto a lo de siempre: cambiar las partes de la historia que se cuenta cada día, trocar pérdidas por ganancias, encontrar razones sólidas para haber hecho lo que hiciste en vez de culpabilidad, contarte al fin de cuentas, no la historia indiscutible sino la que quieres escuchar, una donde siempre matas al monstruo y te casas con el príncipe o la princesa. Crees, en resumidas cuentas, que basta con ignorar la silla que tienes al frente para que deje de existir, aunque el dolor de muelas y las multas de tránsito tengan otra idea al respecto.
Te entiendo. Siempre cuesta dar el salto de la creencia a la fe, aceptar la posibilidad de la existencia de un mundo diferente al propio, pero quién no se cansa de ser el mismo siempre, quién no añora en algún momento la vida de los otros, romper los ejes de la rueda que se echa a rodar cuesta arriba cuando te pones en pie —el café, la ducha, el tráfico de la calle, la confrontación con otros rostros, el viaje de vuelta, la mejilla en la almohada— y que regresa nuevamente abajo cuando la claridad se adueña del cielo. No es nada halagador (ahora puedes intuirlo) saber que el asombro no es parte de tu vida y que estás condenado a repetir una y otra vez los mismos actos de siempre sin posibilidad de redención. No es la curiosidad, sino el fastidio el motor de todo cambio. Porque, en efecto, hubo un tiempo en que para nosotros no había camino distinto al de la resignación en vez de la posibilidad de asumir roles distintos. En tiempos en que los libros no eran tan comunes como ahora, Edipo se preguntaba si algún día dejarían de enrostrarle la fama de parricida e incestuoso, cuando bien sabíamos sus conocidos cuánto le habría gustado imitar la santidad de Orfeo, y Gregor Samsa anhelaba en vano un final rosa para su historia, al estilo de Alicia en el país de las maravillas, donde todo resultaba ser al final un simple sueño. Pero nada; debíamos conformarnos con sostener vagas conversaciones con los personajes de otras historias, acodados en las infinitas ventanas que comunican a unas narraciones con otras, transmitiéndonos nuestros deseos de ser otros, o aguardábamos con desgana que el lector abriera el libro de improviso para desempeñar con tanta fidelidad como fastidio el papel que nos correspondía, pues nuestros miembros se empeñaban en desoír nuestras voces de desacato.
Los personajes sin historia ganduleábamos por ahí, transparentes, inciertos, solos o en compañía de nuestros iguales, trepando a la rama de un árbol para otear por enésima vez el consabido asalto de Robín Hood a la diligencia de siempre, la desigual batalla entre indios armados de flechas contra soldados provistos con cargas de fusil, o la fingida glotonería de un par de niños que se extraviaban en el bosque y daban con una casa hecha de caramelos. O subíamos al mástil de un barco, con la aquiescencia de la tripulación, y comíamos sardinas en salsa de tomate y bebíamos vino tinto con los pies meciéndose en el aire, contando en forma regresiva los segundos que faltaban para que se izara a la distancia la bandera de un barco pirata, el canto embriagador de las sirenas, o el torso musculoso de un hombre barbado que surgía del agua, montado en un caballo de mar con un tridente en la mano. En el momento menos pensado, podíamos experimentar un cosquilleo por todo el cuerpo, nuestras narices se alargaban o se hacían chatas, nuestros brazos cambiaban inexplicablemente de color, nuestros miembros ingrávidos se revestían de consistencia, y entonces comprendíamos que el autor se encontraba en pleno proceso creativo. Los que estaban cerca, por su parte, empezaban a brincar y a hacer carantoñas tratando de llamar de todas las maneras posibles la atención del autor, pero al final se marchaban cabizbajos, a la espera de su oportunidad de hacer su estreno en el papel.
Nuestra vida detrás de la página, pues, no estaba supeditada a la tuya, pero nuestra capacidad para efectuar modificaciones cuando tu vista estaba en ella, sí. Fue el descubrimiento más importante que hicimos, porque, con el paso del tiempo, empezamos a advertir que nuestros movimientos eran más enérgicos, los colores de nuestras mejillas mucho más vivos, a medida que se incrementaba el número de lectores que se apasionaba por nuestros conflictos. Casi saltábamos de los estantes de las bibliotecas para hacernos notar por encima de los otros, o buscábamos la manera de seducirlos en los muestrarios de las librerías, como caramelos a los niños de una escuela, profiriendo un llamado silencioso, pero eficaz, como el de los fondos de los acantilados a los corazones rotos, que podían percibir los lectores avezados, aunque se encontraran a varias cuadras de allí, y seguir como invisible hilo de Ariadna hasta llegar al punto en que nosotros competíamos por ganar su atención. Más tarde, cuando el lector abría el libro nuevamente y quedaba atrapado en la red de preguntas con respuestas postergadas que le habíamos tendido, queriendo saber más y más y más de lo que iba a ocurrir, exprimíamos a fondo su vitalidad y la inoculábamos en nuestros miembros hasta que, pálido y exangüe, empezaba a cabecear de sueño y enseguida el bostezo, la barbilla sobre el pecho y los ojos cerrados. Sin embargo, eran solo tímidas conquistas sin mayores efectos en la práctica, porque a pesar del terreno ganado con relación a tiempos pasados, nuestros cuerpos seguían resistiéndose a ejecutar acciones en conjunto, contrarias a las establecidas por la imaginación del lector. El momento de la liberación estaba cercano y lo demás era esperar.
El día soñado llegó cuando dimos con una estirpe de lectores que volvía una y otra vez sobre el mismo libro y deseaba con una intensidad paralela a la nuestra un final distinto para nuestras historias: que Julieta despertara a tiempo de su fingido suicidio para que Romeo no se procurara la muerte, o que Blanca Nieves hallara algún indicio de que la anciana que llamaba a su puerta con la manzana envenenada era en realidad su malvada y envidiosa madrastra.
Fue así como encontramos en la fuerza de esa emoción el combustible necesario para desviar los rieles que conducían nuestros trenes a las mismas estaciones, diseñamos nuevos caminos, reescribiendo los argumentos consabidos, quitando un lugar aquí y poniendo otro allá, superponiendo máscaras en nuestros rostros que nos permitían vivir otras vidas, por muy superfluas que pudieran parecer, pues de lo que se trataba al fin y al cabo era de cruzar a nado el río de nosotros mismos para poder mirarnos desde la otra orilla como si fuéramos unos completos extraños. Al principio éramos torpes: nos sentíamos incómodos en papeles que nos eran desconocidos y exagerábamos los gestos, o, por el contrario, le restábamos naturalidad, por actuar con la precipitación del ex convicto que no sabe qué hacer con su libertad, temeroso de perderla nuevamente. Lo demás se vio venir: alcanzamos el dominio técnico por fuerza de los ensayos reiterados, señalábamos debilidades y buscábamos el modo más efectivo de resolverlas, repetíamos una escena tras otra, cuidando hasta el más mínimo detalle, la tonalidad adecuada del registro vocal, la altura a la que el brazo debía remontarse al recitar el parlamento, la duración de cada silencio y la transición de un momento dramático a otro tenso, hasta que al fin pudimos felicitarnos de haber alcanzado la perfección en el arte de vivir vidas ajenas.
Todo lo hemos presenciado: un Odiseo tarado al que todo el mundo engatuza, un Quijote iletrado y sedentario al que la sola posibilidad de un viaje provoca una guirnalda de bostezos, un Hamlet que se lanza al río acongojado por la indiferencia de Ofelia, o tres lobeznos que levantan casas de paja, madera y ladrillo, para resguardarse de la voracidad de un cerdo malvado. Concluida la representación, devolvemos trajes a los vestiéres y nos reincorporamos a nuestros papeles de siempre.
Ser otros no nos satisface del todo: aspiramos a sembrar el caos, impidiendo que nadie en el mundo pueda leer dos veces la misma historia sin hallar la trama trastocada, mar dormido en vez de nieve, sumisión en vez de perfidia, diálogos punzantes y no narración. Adelante. Frunce los labios si te sigue pareciendo risible, aunque quizá tú mismo seas sin saberlo el personaje de una historia que alguien está leyendo en este momento. Bastaría una mirada al techo de la alcoba y un silencio profundo para presentir la tibieza de unos ojos que te siguen a todos lados y una mano que se desplaza a una taza de café. Tal vez entonces sientas crecer desde el fondo de ti las babas del fastidio y un fuego vivo crepite en tu mirada y cedas al impulso de borrar tus ojos y tu nariz de un solo golpe para animarte a poner, sin sombras de remordimiento, otro rostro en lugar de tu rostro.

La entrevista

Reportero: Alfredo buenas tardes, bienvenido a La Cháchara

– Alfredo Baldovino: “Muchas gracias a ustedes por la invitación”.

¿ A qué edad comienza a escribir, y en qué momento empieza a hacerlo con fines de trascendencia?

AB: “Empecé a escribir desde niño, desde los nueve años cargaba con cuadernos que usaba como diarios, eran textos inconclusos. A los 18 años empiezo a estudiar filosofía, entro en una especie de crisis existencial, ya que le dedicaba más tiempo a otros tipos de lectura. Con el pasar de los años me decido por la Licenciatura en español y literatura, siendo esta la forma en la que reafirmo el camino que quería empezar a recorrer. Recuerdo que a mis 26 años es publicado mi primer texto en la revista El Malpensante, luego se me fueron presentando oportunidades en revistas como Latitud, Revista actual”.

Háblenos un poco sobre el cuento que acabamos de leer anteriormente

-AB: “Es un cuento que ha tenido varias versiones, lleva inicialmente un concepto <<Cortazariano>>, por así decirlo. Apunta a que el lector se cuestione sobre el porqué no vivir a plenitud, ¿por qué no soy lo que quiero, lo que deseo ser?, eso sin dejar de lado que cada cual podrá hacer sus propias conclusiones, si llega a tenerlas”.

¿Cuáles son sus recomendaciones para quien desea tomar la escritura como un oficio?

– AB: “Leer mucho, “escribir basura”, no hay nada perdido cuando la escritura tiene un objetivo, a mí por lo menos me tocó por mi propia cuenta leer y entender que las palabras son un medio pero no un fin, uno no debe apegarse a las palabras. Considero importante tener amigos lectores, personas que lean con ánimo de generarte una crítica constructiva, pero sobre todo, uno debe creer en sí mismo, tener la atención fija en cada objetivo y seguir adelante por encima de cada circunstancia, haciendo de las situaciones una excusa para escribir”.

¿Qué autores recomienda para su lectura?

-AB: “Bueno en la literatura tradicional, yo recomiendo los cuentos de Borges, los de Gabriel García Márquez, y los de Cortázar sobre todo que a mi parecer es el mejor cuentista de todos los tiempos”.

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Chachareros

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