En este pueblo no hay ladrones

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– ¡No me has traído esa vaina ¡- se escuchó la voz de un hombre cerrado de barba y espeso mostacho desde el interior de una tolda parecida a la de un beduino.

Por: Ubaldo Manuel Díaz

Profería insultos y deletreaba por teléfono un email, resignado se dejó caer sobre un sillón. Una incipiente lluvia caía sobre los techos oxidados. Por encima de esa colorida tienda se veía el callejón donde los hermanos de Ángela Vicario acuchillaron sin piedad a Santiago Nazar. Túnel de aproximadamente 1 metro de ancho por 10 metros de profundidad, muere en una alta pared: un callejón sin salida; lo que pudo correr Cayetano Gentile cuando los hermanos Víctor y Joaquín chica, le respiraban en la nuca con afilados cuchillos. Minutos después vengarían la honra de su hermana Margarita.

Este episodio inspiraría muchos años después a García Márquez escribir una de sus obras “crónica de una muerte anunciada”. Al final de ese estrecho callejón a la derecha, una pequeña buhardilla comunica a la habitación de un hotel de segunda clase, donde dos hombres de enorme panza, silenciosos juagados en sudor, uno en mangas de camisa y el otro con el torso desnudo permanecen absortos, de rodillas, en señal de devoción reparando un motor fuera de borda. La lluvia sigue cayendo sobre las toldas multicolores. El hombre del espeso mostacho ha dejado de hablar por teléfono, ahora organiza meticulosamente sobre una mesa un sinnúmero de cachivaches y chucherías, una mujer de caminar acelerado cruza la calle y lo saluda. Una adolescente de hermoso vestido estival barre la terraza de la imponente casa de dos plantas donde vivió la mamá grande. Estoy sentado en una de las bancas del parque de este lindo y pintoresco pueblo de Sucre – Sucre. Nada pasa, todo se ha detenido, el paisaje se ha coagulado, a excepción del hombre del espeso bigote que ahora bosteza y espanta unas moscas con una bayetilla.

Sede del Club Sucre

El reloj marca las once de la mañana, tres hombres salen presurosos de una de las tiendas y se resguardan en el billar o club “sucre” que está al otro lado del parque, a la entrada de este sitio hay una legendaria inscripción en madera que dice: “En este pueblo no hay ladrones”. Seguido hay un edificio amarillo de tres plantas donde queda la alcaldía municipal. Según Javier Camargo habitante de este pueblo, este club es el más antiguo de la región, en su interior los hermanos Pedro y Pablo vicario, embriagados urdieron y prepararon la muerte de Santiago Nazar.
La adolescente ha dejado de barrer, recoge la basura y desaparece engullida por la enorme puerta de cristal de la casa que hoy ha sido convertida en entidad bancaria, casa donde alguna vez vivió María Amarís Sampayo de Álvarez: la célebre mamá grande.
La mesa permanecía tapada con un enorme paño de color morado en señal de duelo, algunos hombres la fisgoneaban mientras pasaban por la acera. Corría el año 1942, según cuenta la historia, a don Miguel Navarro dueño del club “sucre” un hombre se le metió furtivamente por la noche y robó las únicas tres bolas de billar largándose con rumbo desconocido, bolas de billar que eran la única diversión de los hombres del pueblo. El radio Philips el único medio de comunicación de la época que trasmitía las noticias y la música permanecía silenciado en señal de protesta por el robo. Hasta que una tarde el ladrón en un acto de contrición decidió regresar las bolas de billar.

La tarde que entramos al club a realizar esta crónica, permanecíamos sentados alrededor de una mesa cuando hizo entrada un hombre de hablar estruendoso, que sin mediar palabra nos relató en un verbo de ráfaga el suceso de las bolas de billar, señalaba el fondo del club, un lugar atiborrado de cachivaches, ahí según él jugó García Márquez muchas veces. Caminó hasta el fondo y desde allá en un ligero gesto señalaba y tocaba con un bolígrafo que tenía en sus manos la mesa donde se embriagaron los hermanos chica antes de salir a darle muerte a Cayetano Gentile. Desde ahí, desde ese sitio con su atronadora voz mostraba con su dedo índice la inscripción que tiene el club a la entrada que en este pueblo no había ladrones.

Un hombre sentado en un rincón, en la penumbra, parecido al bebedor de la pintura de Paul cézanne escuchaba nuestra conversación, permanecía silencioso, entre sorbo y sorbo acababa una cerveza. En sus labios se dibujaba una sonrisa enigmática cuando nuestro interlocutor decía que “en este pueblo no había ladrones”. El hombre silencioso se levanta y con toda la paciencia del mundo toma un taco de billar, construye con precisión una carambola perfecta a tres bandas. Hace una pausa, entiza el taco y vuelve a atacar; se escucha el ruido seco, fino del golpe del marfil al chocar. Nunca tuvo interés en terciar en nuestra conversación, le parecía anodino lo que hablábamos. Las bolas se desplazaban y rebotaban entre si amortiguando el efecto cinético. El hombre ataca por tercera vez, ladea la cabeza y mueve su cuerpo inclinándolo hacía el lado que se deslizaba la bola color fucsia sobre el tapete parecido a un pequeño campo de futbol; suelta una palabrota de grueso calibre. Falló la carambola. Paró su juego, enciende un cigarrillo, camina dos pasos, mete sus manos en los bolsillos de la chaqueta y mira con indiferencia por la ventana que da a la calle.

Afuera había dejado de llover, algunas personas se volcaban sobre las estrechas calles, el hombre de la carambola fallida saca las manos de los bolsillos, a grandes zancadas cruzó el umbral de la puerta que lo separaba de la calle, nos miró a todos con curiosidad como si nos hubiese visto por primera vez y justo cuando pasaba frente a nosotros soltó una estruendosa carcajada al escuchar a nuestro interlocutor decir por décima vez que “en este pueblo no había ladrones”. No sin antes mirar despectivamente hacía el edificio pintado de amarillo y sin decir más se perdió en la lejanía.
El cielo está despejado por completo, surcado por un pájaro en cacería que de un momento a otro acelera y se clava como un obús en las oscuras aguas del rio Mojana. Yo estoy parado en el muelle esperando la chalupa que me llevaría a majagual. En ese muelle se paró muchas veces el coronel Aureliano Buendía a esperar la anhelada carta que nunca llegó. Hombres con la cabeza cubierta por un trapo rojo, bajan y suben por una improvisada escalera de una enorme lancha repleta de víveres llamada “el niño Manuel Camilo”. A mi lado una anciana de manos arrugadas espera ansiosa una caja. La misma que la tarde anterior permanecía en el cementerio con otra abuela de vestido luctuoso, ambas rezaban, mascullaban letanías convertidas en susurro al lado de la tumba de Cayetano Gentile.
Ubaldo Manuel Díaz,sacerdote. Premio nacional de cuento y poesía ciudad Floridablanca. Sinuano1817@yahoo.es

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Acerca del Autor

7. Francisco Figueroa

Comunicador y Periodista. Editor deportivo de Lachachara.co, tiene experiencia en radio, prensa y televisión. Se ha desempeñado en medios como Diario del Caribe, Satel TV (Telecaribe), RCN, Caracol radio, Emisora Atlántico, Revista Junior. Fue Director deportivo de la Escuela de fútbol Pibe Valderrama y dirigió la estrategia de mercadeo y deportes de Coolechera. Para contactarlo: Email: figueroaturcios@yahoo.es

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