Un capítulo más de mi vida

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Los 28 de agosto, y 20 de octubre dos de esos días con una mezcla de emociones.

Por: Andrés G. Rodríguez Barros – @andgregory1992 

El 28 agosto, fiesta de San Agustin de Hipona, es uno de esos días que recuerdo una hermosa y fructífera etapa de fe, amor hacia el prójimo y de formación que en mi vida he tenido.  Y es que este 2018, cumplí 7 años de haber estado  en el seminario San Agustín de la Orden de Agustinos Recoletos, en la ciudad de Manizales, tierra hermosa de gente amable, trabajadora, pujante y creyente de la fe católica.

La historia comienza

Fue con mi servicio en la Parroquia Ntra Sra de la Candelaria, con el padre Guillermo Parra Gutierrez en que luego de una eucaristía dominical de 7 am, me acerqué a él y le dije “Padre, yo quiero tocar la campana”, él con su característica sonrisa  me dijo, “listo, venga el martes a la misa”  allí estuve puntual, y empezó una nueva etapa en compañía del Sr. Carlos, cuñado del padre y quien era el sacristán de ese entonces, él me dio la bienvenida y encargó con Neider, un niño de mediana estatura, el monaguillo más fiel de la época, con el que fui aprendiendo lo necesario para ser monaguillo, de igual manera fui sacristán, coordinador de monaguillos, e integrante del grupo juvenil Lumen Christy. Asistía jueves y domingo al templo de mi barrio, Bellavista – Malambo, cuna donde nació y creció una vocación que hasta el 2009 no tenía idea de tener o menos realizar, ser sacerdote.
Recuerdo que los fieles de la parroquia me decían “Andrés, tú tienes vocación para el sacerdocio, ¿por qué no te vas para el seminario?” eso no había ocasión en que ‘no me coqueteaban’ diciéndome “Ay mijito, usted sí le luce esa alba y tienes un don muy bonito para orar, tus palabras llegan al corazón del que las escucha”. Yo, en ese entonces, 9 años atrás, no tenía idea de cómo se hacía para ser sacerdote, sólo empezaba a explorar el mundo eclesial con mi servicio como monaguillo de la parroquia. Poco a poco esa idea fue tomando fuerza en mi corazón gracias a ese incondicional respaldo del Padre Guillo , como también del que fuera y aún lo es, mi padrino y guía espiritual: Mons. Carlos José Ruiseco Viera – Arzobispo emérito de Cartagena, que conocí gracias a un tío materno: Juan Barros mensajero de oficio, quien le habló de mí a monseñor Ruiseco.

Y ahora qué…

Para el 2009, tenía solo 17 años de edad, estaba en búsqueda de lo que haría de mi vida luego de graduarme el año anterior del bachillerato, quería estudiar comunicación social, al igual que mi hermano, pero dado a las condiciones económicas de la casa no podíamos estudiar los dos al tiempo teniendo en cuenta el costo de un semestre académico en la universidad que se veía “viable”. No fue posible en ese entonces, cursé un modulo de Farmacia, luego de haber ayudado en una droguería de mi barrio, porque sabía de la mayoría de los medicamentos que formulaban, sus usos, recomendaciones, cuidados entre otras cosas, pensé que esa era una opción más viable, pero con sólo una clase, me di cuenta que no era lo mío, ¡descartado!, siguiente por favor. ¡Bingo! el seminario, sí claro, en fin, era a lo que más dedicaba tiempo, servirle a Dios a través de la iglesia y ya había empezado a apropiarme de lo que me decían los conocidos, allegados y fieles de la parroquia.

El aspirantado

Fue un camino en que exploraba múltiples opciones en comunidades religiosas, el seminario regional, y demás, mi preferencia, era ingresar a una comunidad mariana, pues mi ‘primer amor’ fue ella, la santísima virgen María,  con una alabanza en especial “Hoy he vuelto madre a recordar” y en ese buscar, llegó a mí una persona que no conocía, era Fabián Caraballo, que a través de una odontóloga conocí, pues él estaba cursando ya su formación como seminarista, con Fabián sólo hablaba por celular, él me contaba cómo era la vida en un seminario, y me motivaba cada vez más a orar para que Dios me concediera el discernimiento necesario ante tal decisión, darle el sí generoso a Dios.
El mes de octubre llegó, y con él un primer encuentro de aspirantes a la vida religiosa Agustina Recoleta, fue la primera vez que salía de casa, sólo y tan lejos, me tocó ir a Manizales, fueron tres días de convivencia vocacional con 30 jóvenes de todo el país, especialmente de la región caribe, andina y llanos orientales. Allí conocí más de la vida de un seminarista, sus rutinas y formación como futuros religiosos y sacerdotes. Fue una experiencia inigualable de comunidad y fraternidad.

Oficialmente Seminarista

Luego de unas semanas la ansiedad por saber si había sido seleccionado para ingresar era cada vez más fuerte y después de la espera la respuesta llegó en un sobre marcado Orden Agustinos Recoletos – Seminario Mayor Filosofado San Agustín y en ella la carta que decía estaba admitido como seminarista de dicha comunidad.
Allí comenzó una nueva etapa, tenía sólo 17 años, y ya ingresaría al seminario para iniciar la formación como religioso Agustino Recoleto, a más de 990 km de distancia de mi natal Malambo y a  2.150 metros de altura sobre el nivel del mar, Manizales, ciudad del eje cafetero colombiano sería mi nueva casa, el Seminario Mayor Filosofado San Agustín me esperaba, ubicado a las afueras de Manizales, vereda la Linda.
El seminario San Agustín fue mi casa formadora por 10 meses, tiempo que duré como aspirante a la vida religiosa con la Orden de Agustinos Recoletos, en este lugar conocí jóvenes de mi edad, mayores y religiosos que con el día a día me enseñaron múltiples cosas que con el tiempo fui aplicando en mí: vivir en comunidad, tener a Dios primero, su santísima madre, la virgen y el compartir alegrías, tristezas, la oración, vivienda, comida, momentos y las tan famosas “¿Malambo, estás en crisis?” cuando por las noches en hora comunitaria prefería caminar la cancha de fútbol observando el firmamento y las luces de la ciudad. Pensando muchas veces en mi madre, que cada noche me llamaba para saber cómo estaba pasando, decirme que me amaba, extrañaba y estaba orgullosa de tener un hijo que iba a ser sacerdote. También contarme cómo iban las cosas con papá y mi hermano que para ese tiempo prestaba el servicio militar en el Batallón de Infantería de Marina de Coveñas, Sucre.

Me llamaban Gregorio o Andrés Malambo

Sí, en el seminario fue que acepté mi segundo nombre que hasta ese entonces no me gustaba para nada, sólo lo escuchaba cuando papá con intención de llamarme la atención  o regañarme por algo que había hecho malo era que escuchaba ¡Gregorioooooo! y uy, sabía que me iba a regañar. Pero en el seminario no era para eso, resulta que éramos tres Andrés, uno apellido Aguilera, el otro Andrés Felipe y yo Andrés Gregorio. Claro para poder identificar a cada uno nos llamaban así: Aguilera, Felipe y a mí Gregorio y varias veces me llamaban Malambo, porque en todo lo que hablaba yo mencionaba a mi tierra, creo que en todo iba “Malambo” por eso me llamaban “Andrés Malambo”, que entre otras cosas, era un orgullo que me llamaran por el nombre de mi tierra.

Tarde te amé 

Una de las breves, famosas y muy profunda oración de San Agustín, que como “una flecha” lanzada en el siglo IV, tiempo que vivió Agustín, va ensartando desde entonces miles de corazones uno detrás de otros. Quien lee este texto y entiende lo que Agustín sentía en ese momento, ha unido su corazón al suyo, dentro de un inmenso collar que salta por encima del tiempo y del espacio. Pero que en mi caso conocí como canción.

“¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti”.

De las Confesiones de san Agustín, obispo (Libro 7, 10, 18; 10, 27: CSEL 33, 157-163. 255)

En lo que llevo de vida, he tenido múltiples momentos que han dejado huella y a su vez una importante enseñanza de vida. Y esta, mi etapa como seminarista Agustino Recoleto no fue la excepción.

Luego de una decisión tomada con mi guía espiritual y maestro Fray Juan José Rodríguez Meza, oar; salí del seminario un 20 octubre del 2010. Decisión que tomé luego de dos hechos que marcarían mi joven vida. Recuerdo que Fray Juan me dijo “Vaya mijito, tómese un tiempo de dos años para que ‘viva su vida allá afuera’ y si usted decide regresar después de ese tiempo, ¡hágale!”.

El mayor temor

Con mi salida del seminario, temía a la reacción que podrían tomar mis padrinos: Padre Guillermo y Monseñor Carlos José, porque claro, ellos me habían apoyado en este proceso y que yo, luego de unos meses saliera diciéndoles, que ya no iba a seguir, fue difícil tomar la decisión pero lo tenía que hacer, afrontar la realidad, luego de una conversación con Fabián, compañero seminarista, él me dijo: “vaya mijito, tranquilo. Su vida, felicidad y realización es lo realmente importante, no el qué dirá de la gente”.  Pero algo sí tenía claro, no renunciaría a mi fe, para nada. Porque esa fe es la misma que mi padre inculcó en mi hermano y yo cada domingo cuando nos despertaba muy temprano y muchas veces en contra de nuestra voluntad  para llevarnos a misa de 7:00 am, así mi hermano “hiciera las mil y una caras” porque no quería ir.

¡Gracias mi Dios por llamarme!, a ti papá por esta fe que me inculcaste y enseñaste. Mami Trini y abuela Magola, aunque ya no puedan leer estas letras, gracias porque cada noche ante el cuadro del Inmaculado Corazón de María, que estaba en nuestra sala, oraban con el santísimo rosario por mi vocación y la vida de mi hermano que en ese tiempo era Infante de Marina. Mis padrinos: Padre Guillo, Mons. Carlos José – Fundación Febiana, amigos: Fr. Fabian Caraballo, Yuly Fabregas, y claro está, a ustedes amigos y seguidores por leerme hasta el final.

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Acerca del Autor

Andrés G. Rodríguez Barros

Profesional en locución para radio y televisión, egresado de la Academia de Arte y Cultura del Caribe (AACC). Lidera hace 6 años el colectivo de comunicaciones Onda Juvenil. Director de la Cátedra Manuela Muñoz, proyecto de liderazgo y periodismo juvenil en el municipio de Malambo. Actualmente estudia comunicación social y periodismo en la Universidad del Norte.

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