El tesoro de García Márquez estaba en Cartagena

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Era casi un niño Jorge García Usta cuando empezó a investigar la vida y obra de Gabriel García Márquez.

Por: Gustavo Tatis Guerra

Rocío García, esposa de Jorge Usta

Con Rocío García, la esposa arjonera de Jorge, a quien él llamaba Zoe, nombre de la abuela de ella, se conoció cuando estudiaba Educación Preescolar y era compañera de universidad de Catica, la hermana de Jorge, y se encontraban en su casa de la calle Don Sancho. Rocío tuvo amores durante seis años con un novio anterior, pero Jorge fue su amor definitivo. Ella nunca conoció un amor anterior en la vida de él.

“Es increíble: Lo conocí hace cuarenta años, en 1978, y andábamos juntos sin que él me dijera o me insinuara nada, y tuvimos diez años de amores. Fue esquivo y silencioso cuando yo decidí dejar al pretendiente que quería hablar con mi padre. Jorge se alejó tres meses, hasta que un día me dijo: ‘Tengo que hablar contigo. Fue en esos silencios, cuando me acompañaba a buscar el bus de regreso en Puerto Duro, cuando me tomó sorpresivamente la mano’”.

Jorge García andaba investigando la vida de García Márquez en Cartagena, a su llegada en 1948, mucho antes de cumplir los dieciocho años. Pero su devoción no era solo por el autor de Cien años de soledad, sino también por los músicos populares, por la obra de Héctor Rojas Herazo, por la obra de los periodistas y escritores del Caribe colombiano y del país en general, por los ancestros sirio-libaneses, y por las torpezas ambientales del mercurio en la bahía de Cartagena.

Con un rigor de arqueólogo y una disciplina de buscador de tesoros sumergidos, Jorge se consagró a rastrear todas las columnas periodísticas de García Márquez, publicadas en el diario El Universal, y a investigar en San Jacinto, quién era ese discreto y silencioso ser que era el jefe de redacción de El Universal, Clemente Manuel Zabala, que según Rojas Herazo, era como una lámpara que alumbraba en la sombra. Y a su vez, empezó a investigar a su abuelo, un artesano de Damasco, y a reportear a todos los descendientes de árabes en Cartagena, Barranquilla y en todo el Sinú.

Rocío García tuvo noticias de García Márquez en su pueblo, porque allí vivía la familia Barcha, padres de Mercedes, la esposa del escritor. En muchas ocasiones, García Márquez pasó temporadas en la casa de los suegros en Arjona, y se hospedaba en Villa Zoyla. Una de las curiosidades que comparte Rocío es que Jorge siempre le pedía en sus viajes a su novia y futura esposa que le recogiera palabras antiguas, salidas del monte de los labios de los campesinos, de la loma, la vereda, las orillas.  Su primer interés fue entrevistar a los decimeros Cico Barón y Julio Gil Beltrán.

Buscador de orígenes

Gabriel García Márquez, en Cartagena

El rastreo sobre García Márquez pasó de Cartagena y Arjona a Sucre-Sucre, La Mojana y pueblos de Bolívar.

En cada pueblo encontró siempre a alguien contemporáneo de García Márquez, que lo conocía o tuviera noticias de ese ser que les parecía estrafalario en el vestir y desparpajado en el hablar. La pesquisa de Jorge iba en contravía del investigador francés Jacques Gilard, que había subestimado el período formativo de Cartagena y había magnificado y concentrado todo en el período barranquillero y, en especial, del Grupo de Barranquilla.

Jorge demostró con pruebas contundentes que hubo dos sabios en ese período de formación de García Márquez, entre las dos ciudades: Ramón Vinyes, el sabio catalán; y el sabio sanjacintero, Clemente Manuel Zabala. Pero no solo dos sabios, sino dos núcleos humanos significativos en dos ciudades que eran vasos comunicantes, con sus tensiones humanas y sus caracteres culturales, comunes en las diferencias temperamentales.

Mientras en Cartagena hubo mesura, introversión, seres tímidos como Clemente Manuel Zabala que solo se extrovertía con un poco de cerveza, y seres sacerdotales como Gustavo Ibarra Merlano, y criaturas de un vitalismo creador como Héctor Rojas Herazo, en Barranquilla también hubo devoradores de libros, lectores de la mejor literatura nacional y universal, hubo criaturas que parecían salir de los cuentos y novelas de Hemingway: la euforia delirante de Álvaro Cepeda Samudio y las excentricidades de Alejandro Obregón.

Muy pronto, Jorge concluiría que Cartagena en los años cuarenta y noventa, al igual que Barranquilla, tenía su grupo humano de irradiación de ideas para el joven García Márquez. Y lo llamó Grupo de Cartagena, para una mayor comprensión de ese periodo en la vida de la ciudad y del escritor. Allí estaban: Manuel Zapata Olivella, los hermanos Óscar y Ramiro de la Espriella, Clemente Manuel Zabala, Héctor Rojas Herazo y Gustavo Ibarra Merlano. De esa investigación, Jorge publicó en 1995 su tesis Cómo aprendió a escribir García Márquez, que en 2007 se publicó en Seix Barral, como García Márquez en Cartagena. Sus inicios literarios.

Un tesoro encontrado

Rocío García

Jorge murió a sus 45 años en 2005 de una aneurisma cerebral, partida que truncó su espléndida obra periodística, literaria e investigativa. Su biblioteca colosal y su archivo personal sigue dando sorpresas. Jorge vivió a mil, con la certidumbre de que tenía una breve vida, intuida desde antes de llegar a los veinte. Hacía años guardaba unos sesenta y seis pliegos gigantescos mecanografiados en papel periódico, que él estaba estudiando y que presumiblemente eran borradores de García Márquez.

“No supe jamás cómo le llegaron esos pliegos a Jorge, pero el último año de su vida él quería comprobar si eran originales, y temía que se perdieran en tres mudanzas que tuvimos. Cuando nos mudamos a la calle Siete Infantes, los pliegos se extraviaron entre las miles de cajas, y Jorge temía que se hubieran perdido para siempre. Pero cuando murió Jorge me dediqué seis meses a inventariar todo lo que contenían las cajas, y me encontré con los enormes pliegos que decían: Gabriel García Márquez.

En algunas de las márgenes, que databan de 1948 y 1952, García Márquez había escrito Úrsula, y debajo Evangelina. En algunos de esos legajos había tres versiones de un mismo texto. Y algo que hablaba de la Marquesita de la Sierpe. Los legajos quedaron allí, y solo hasta hace dos años, con ocasión de la publicación de la investigación sobre Árabes en Macondo, volví a tropezarme con los pliegos, metidos en una bolsa plástica transparente, que estaban amarrados con una cinta. Olían a viejos papeles arrumados. Llamé a Jaime Abello y a Alberto Abello para que vieran esos legajos. Ariel Castillo y Jaime Abello dieron fe que eran textos de García Márquez. Reconocieron su letra en las márgenes”.

Buscaron un perito del Banco de la República, quien con lupa empezó a descifrar aquellos papeles que parecían los pergaminos de Melquíades.

El hallazgo de ese tesoro en el archivo de García Usta son los cuatro cuentos inéditos que ahora ha adquirido el Banco de la República, la mayor sorpresa arqueológica de los inicios de García Márquez, de los años cuarenta, en la que es posible ver el esqueleto de Macondo, el de Úrsula, el coronel Aureliano Buendía y el esqueleto de El ahogado más hermoso del mundo, inconcluso en los párrafos de El ahogado que nos traía caracoles. Allí también, en el  texto Olor antiguo, un recuerdo de infancia de una tienda de Aracataca. El segundo texto es un relato sin título, que formaba parte de una serie titulada “Relatos de un viajero imaginario”, y Relato de las barritas de menta, que remite también a las tiendas de inmigrantes italianos en Aracataca. Las mentas tenían “olor a pan guardado y a petróleo crudo”.

Gonzalo, el hijo menor de García Márquez, contó que junto a su hermano Rodrigo rompían los borradores de su padre que él les iba entregando. Gonzalo quedó sorprendido con este hallazgo en Cartagena.

Los hijos del escritor nacerían diez años después. Así que los borradores se salvaron de ser destruidos.

El tesoro de García Márquez sobre sus inicios no estaba en otra parte que en el archivo de García Usta, en un archivo secreto en Cartagena.

Junto al tesoro, estaba también una carta de amor de Jorge García Usta a su amada Zoe.

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