¡Todos con ellas!

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La ciudad no puede vivir de espaldas al sufrimiento de estas mujeres. No podemos abandonarlas.

Por: Rafael Castillo Torres

Tomemos el Evangelio de Lucas 7, 36-50: el encuentro de Jesús con la prostituta del pueblo. Leámoslo en silencio y despacio sintiendo que cada palabra y cada gesto tiene su sentido y su valor.

El relato nos dice que estando Jesús en casa de Simón, fariseo que lo había invitado comer, una mujer irrumpió de forma inesperada en el banquete. Todos la reconocieron inmediatamente: es una prostituta de la aldea que con su presencia genera malestar y preocupación en los comensales. Detengámonos en la reacción de Jesús, a quien ciertamente no le preocupa si la señora puede “contaminar” la casa de Simón.

La señora no dice nada. Está acostumbrada al maltrato y al desprecio. Ella va directamente hacia Jesús, se agacha y se pone a sus pies y comienza a llorar. No sabe cómo agradecerle al maestro de la misericordia la acogida que ha tenido con ella: cubre sus pies de besos, los unge con un perfume que trae consigo y se los seca con su cabellera.

Entretanto, Simón, que sabe que es una pecadora y que según la norma no puede tocar a Jesús, mientras encuentra la manera de apartarla, sigue rumiando por dentro: “Si este fuera profeta, sabría quién es esta mujer y lo que es: una pecadora”.

Pero Jesús no la rechaza sino que la acoge con respeto y ternura. Descubre en sus gestos un amor limpio y una fe agradecida. Delante de todos, habla con ella para defender su dignidad y revelarle cómo Dios la ama: “Tus pecados están perdonados”. Luego, mientras los invitados se escandalizan, la reafirma en su fe y le desea una vida nueva: “Tu fe te ha salvado. Vete en paz”. Dios estará siempre con ella.

Conociendo lo que ya todos sabemos sobre lo que sucede en Cartagena y acercándonos al acompañamiento que hacen los religiosos y religiosas, entidades del Rostro Solidario Arquidiocesano frente a la trata de personas en la ciudad, hemos podido comprender que detrás de este drama sólo hay impotencia, miedo y soledad. Estando cerca de estas mujeres, en la calle o en la cárcel, pudimos entender por qué Jesús las quería tanto y por qué se atrevió a decirnos: “Les aseguro que los publicanos y las prostitutas entrarán antes que ustedes en el reino de los cielos”.

Estas mujeres, engañadas y esclavizadas, aterrorizadas y aisladas, sin protección ni seguridad, como lo constatamos recientemente, son las víctimas invisibles de esta sociedad cruel e inhumana. La ciudad no puede vivir de espaldas al sufrimiento de estas mujeres. No podemos abandonarlas a su triste destino. Hay que levantar la voz y despertar conciencia. Hay que apoyar a quienes luchan y defienden su dignidad. Jesús, que las amó tanto, hoy es el primero en defenderlas.

*Padre Rafael Castillo Torres.Vicario de Pastoral de la Arquidiócesis de Cartagena

ramaca41@hotmail.com

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