Mano Lole, 104 años, a ritmo de tambora

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Mano Lole está sentado en  una mecedora y sonríe al recordar el día de su nacimiento el 12 de abril de 1914, en Barranco de Loba.

Por: Gustavo Tatis Guerra

Mano Lole, 104 años y tan campante!

Tiene la memoria fresca aún de 104 años de existencia para precisar que fue en la Calle Real, de su pueblo, en donde celebró desde niño la primera fiesta de los bailes cantaos, y de la tradición de la tambora, de la que es su guardián más antiguo.

Sus pies se ajustan a sus abarcas tres puntá’ y en su mano aún gira su sombrero vueltiao que siempre lleva puesto, y en instantes se lo quita para dejárselo en su pecho.

Al llegar a Barranco de Loba, al amanecer, aún estaba lloviendo.

La lluvia había desdibujado el horizonte del río Magdalena, y en el viejo puerto de El Banco los comerciantes hablaban de la tempestad del amanecer.

El cielo estaba nublado y la chalupa que iba rumbo a Barranco de Loba estaba más llena que nunca.

Éramos como treinta pasajeros, entre niños pequeños, madres y padres de familia y personas mayores.

Luego de más de nueve horas de viaje, desde Cartagena, por la vía de El Banco, el sueño era llegar a entrevistar a dos de los más viejos y sabios guardianes de la tambora: Mano Lole y Ángel María Villafañe, en pleno Festival de Bailes Cantaos que perpetúa esa herencia folclórica.

Supe al llegar que el alcalde estaba preso y que el alcalde encargado tampoco estaba en el pueblo.

La sede de la alcaldía con candado, al igual que las oficinas públicas y de salud.

Mi único contacto en el pueblo era Dagoberto Gómez, directivo del Festival de Bailes Cantaos, que convoca  de manera ejemplar a los grupos de toda la región de Loba.

De repente, llegó el último de los pasajeros, un hombre gordísimo que desequilibró la chalupa y nos obligó a todos, a balancear la embarcación. Salimos por fin, rumbo a nuestro destino.

“Dale rápido a eso que se enfría la yuca y el bocachico”, dijo una mujer con gracia.

A pocos minutos de llegar a Barranco de Loba, se fue la luz.

Pregunté dónde podía comerme un bocachico frito con yuca.

Edgar Fonseca, el mototaxista del puerto, me llevó, luego de probar el primer café bajo la lluvia. Quedé satisfecho.

Recorrí el pueblo de arenas livianas y piedras  arrastradas por el río.

Conversé con los estudiantes de la Institución Educativa de Barranco de Loba, y les pregunté qué era lo mejor lo peor y lo que esperaban transformar en su pueblo.

Las respuestas las guardo para una crónica del pueblo, visto por niños y jóvenes.

Ahora al atardecer, luego de adivinar quién era uno de mis entrevistados con solo verlo sentado en un taburete en la puerta, decidí ir tras Mano Lole.

Festival de Bailes Cantaos

Manuel Dolores Gómez Herrera, al que todos llaman Mano Lole, está junto a su hija Cleotilde, que le ha puesto una camisa.

Además de sembrador de maíz y yuca, padre de dieciséis hijos, Mano Lole es la memoria viva de los bailes cantaos y la tambora.

Además de cantar, improvisar décimas, tocar el tambor, Mano Lole le gustaba disfrazarse en las fiestas de su pueblo.

Una vez se disfrazó de Hojarasquín del monte, con puras secas recogidas en las treguas de la siembra.

Su amigo burlón Gilberto Flórez, al verlo, lo correteó por las calles: ¡Cójanlo! ¡Cójanlo! ¡Préndanlo! ¡Préndanlo! y en esa chanza colectiva de amigos le arrebataron la hojarasca del cuerpo y quedó prácticamente desnudo.

De aquellos amigos recuerda a Marcial Ardila y a Miguel Ángel Tafur.

Dice que además del tambor y el llamador, tocaba el acordeón.  Se tocaba la tambora en Navidad.

De calle en calle, la fiesta empezaba temprano y culminaba al amanecer.

Barranco de Loba sonaba como un golpe de agua en el palmoteo de sus mujeres, en la ceremonia responsorial, de alguien que lanzaba al aire un canto y otro respondía, como quien trenza un sombrero, cinta a cinta, canto a canto.

Las mujeres se vestían con sus  mejores polleras almidonadas de colores que nadie veía porque no había luz, y los colores se transformaban al resplandor de los mechones.

Eran polleras o faldas largas.

Y también se ponían en el pelo la primera flor que el invierno o el verano les regalaba: un coral rojo, un bonche amarillo o rojo, o una flor blanca de heliotropo.

Ahora Cleotilde sacude su musengue de palma de corozo para espantar los primeros mosquitos.

Mano Lole recuerda que para el 1 y 2 de febrero para celebrar a la Virgen de la Candelaria, patrono del pueblo, se bailaba también la Danza de los Coyongos y sacaban los muñecos gigantes.

Había expresiones de tradición que se cantaban de generación en generación, como El caballito, que él escuchó mucho antes de que lo cantara la señora Agripina en Altos del Rosario. Y la Rama del Tamarindo, La Pava echá, La cubajé, La verdolaga, entre otros cantos, que viajaron de albarrada en albarrada, de monte a monte, y algunos se transformaron o encontraron dueño propio, más allá de la tradición.

Mientras conversamos, Cleotilde me recuerda que por favor no deje por fuera a Rosario Ponce Herrera, quien durante 42 años fue la esposa de Mano Lole, con la que tuvo 13 hijos, y 3 hijos con Eusebia Zapata. Se casó con Rosario en 1944 y ella murió en 1988.

Al celebrar sus cien años, contaba con ochenta y dos nietos y doscientos dos bisnietos.

Su estirpe ha sido cantada en décimas por el profesor Jaime Eduardo Rojas, quien le contabilizó sesenta y cinco tataranietos, y reconoce que es el precursor del teatro callejero en Barranco de Loba, además de preservar una tradición musical.

Mano Lole, con su bisnieta Estafenía Torres y María Camila Carmona

La semilla folclórica sembrada por Mano Lole se multiplica en las nuevas generaciones, como su bisnieta Estefanía Torres, que  integra Uno con Jesús, uno de los grupos de  bailes cantaos de la región. Y está junto a su amiga María Camila Carmona. Las dos tienen 12 años y forman parte de esa  nueva y maravillosa generación infantil de bailadoras de la tradición de Barranco de Loba.

También en Barranco hemos conocido a la joven Ana Mariela de la Rosa Serpa, una de las mejores voces de la tambora, que ha encantado a las audiencias en la región de Loba, bajo la  asesoría de su maestra Idelsa Cerpa Suárez, coordinadora del grupo Juventud San Martinense.

Hatillo de Loba, San Martín de Loba y Barranco de Loba, cada uno su grandeza matizada y su singularidad en sus aportes, muestra la riqueza de una música ancestral que brilla clandestinamente  en el corazón de un pueblo anfibio, cuya vida transcurre medio año en agua y medio año en tierra.

El nombre de Orlando Fals Borda, el investigador que rastreó el origen de todos los pueblos ribereños, sale a relucir en este viaje.

Aún la región y el país están en deuda con él. En su correría por Loba encontró a un hermano negro que le completó la alegría del viajero errante.

El profesor Jaime Eduardo Rojas recuerda en un instante de la tarde que estas tierras habitadas por los indígenas zenúes y malibúes han construido una cosmogonía cultural alrededor del agua.

Loba en lengua indígena es agua.

Aún pueden encontrarse rastros de esa cultura indógena en el cerro La Nicolasa.

Epílogo

Mano Lole ve llegar al final de la tarde, a la mayoría de sus hijos que se integran para compartir anécdotas de su padre, al que consideran un hombre de gran temple, con gran sentido del humor, exigente y con una gran inventiva para el canto  y la décima.

La noche va entregándonos más sorpresas.

Los hijos del patriarca musical y teatral de Barranco de Loba.

“Nos hubiera avisado para hacer un sancocho”, me dice uno de sus hijos.

El manjar ha sido la memoria misma.

Encontrarnos con un hombre lúcido de 104 años, comedor de bocachicos, que al atardecer suspira, y se conmueve a ritmo de tambora.

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