La mágica faena de Yuberjen Martínez

338

Un recorrido por la vida del mejor boxeador colombiano de la historia del ciclo olímpico.

Por Fausto Pérez Villarreal – Especial para La Cháchara

1. La noche en que fue imposible dormir

Cinco horas después de la ardua pelea, sentado en una silla de madera rústica, frente al televisor, Yuberjen Martínez miraba en su aposento de la Villa Centroamericana, una y otra vez, repitiendo con el control, los fuertes y centellantes intercambios de golpes con su adversario dominicano Mario Lavegar Cepeda.

Congeló la imagen en el justo momento en el que tenía la espalda apoyada en las cuerdas y sacó un salvaje uppercut de derecha que entró directo en la barbilla del quisqueyano, en el minuto y medio del tercer y último episodio.

El potente gancho de derecha de Yuberjen Martínez entró en forma reiterada en el rostro de Mario Lavegar. Cortesía: Juegos Centroamericanos y del Caribe – Barranquilla 2018.

– “¡Nojoda, casi le arranco la cabeza!”, exclamó exultante, soltando el control y y levantándose de la silla, como impelido por un resorte. En un acto rápido e instintivo estrelló el puño de su mano derecha contra su palma izquierda.

-“¡Esa fue la cereza del postre!”, agregó con emoción. En sus ojos se veía el brillo natural propio en los niños cuando están en presencia de un juguete nuevo.

No le prestó atención a su amigo y consejero Julio Torres, gerente de la Federación Colombiana de Boxeo, quien minutos antes le había sugerido arrellanarse en el sofá abullonado de color caoba.

“Aquí es más cómodo, y de repente puedes quedarte dormido”, le había dicho Julio, con voz pastosa, luchando con el sueño que poco a poco iba haciendo mella en sus párpados.

-“Déjame aquí. Me siento como si todavía estuviera en la esquina, escuchando las indicaciones del profesor cubano Rafael Iznaga. Además, el torneo acabó para mí. Ahora es el turno de la celebración”, objetó el recién coronado campeón de los minimoscas de los XXIII Juegos Centroamericanos y del Caribe Barranquilla 2018. Eran las 12:15 a.m.

El festejo no significaba irse de rumba ni mucho menos ingerir licor. Él solo quería estar despierto, reviviendo paso a paso, cada segundo de su ascenso a la cumbre.

Lucía más vigoroso que nunca. Ni el rigor de los golpes recibidos en el rostro, en los brazos y en el tórax, ni el agotador esfuerzo de desplazarse sobre el ring tirando puñetazos con violencia, conectando al rival, fallando, y esquivando, lograban apaciguar su ingobernable alegría.

Volvió a la silla de madera rústica y retrocedió la acción en cámara lenta. Lo hizo una y otra vez.

La ventana de la sala de su apartamento, en el tercer piso de la torre 44 de la Villa Centroamericana, estaba abierta, permitiendo la entrada de la fresca brisa de la medianoche, acompañada por momentos del leve sonido de las hojas de los árboles que se mecían con el vaivén del viento veraniego amenazado por la lluvia.

Fuera de ese recinto, la mayoría de los ocupantes de los 1.100 compartimientos de cinco plantas dormía plácidamente. En cambio, para él, no pesaban las largas horas de un extenuante día; las horas, para él, parecían tener alas.

El tiempo avanzaba. Echó una mirada de soslayo a su reloj de pulsera. Era la una menos cuarto.

“Esta pelea hay que repetirla, para ir encontrando errores que no deben cometerse la próxima vez”, dijo en voz alta, quizás para ‘espantarle’ la roncadera a Julio Torres, que se había quedado dormido en una de las butacas.

Yuberjen seguía firme. Era imposible para él, ente emotivo de movimiento constante, dormirse de inmediato. En sus oídos aún retumbaba el vibrante coro de centenares de seguidores pronunciando al unísono su nombre: “Yuber, Yuber, Yuber, Yuber”, que lo ratificaban como el ídolo indiscutido en la actualidad de Colombia en el boxeo, deporte que tuvo en el legendario Antonio Cervantes ‘Kid Pambelé’ el primer deportista nacional en ser campeón mundial, y el primero en conquistar los corazones de miles de aficionados.

Sí, en verdad, era imposible dormir esa noche cargada de emociones. Permaneció despierto por varias horas más, rebosante de alegría, hasta que finalmente el sueño lo venció cuando empezaban a asomarse las primeras señales del alba.

2. Triunfo inobjetable

Varias horas antes, en el refrigerado Salón Jumbo del Country Club, ante 4.000 delirantes espectadores, Yuberjen Martínez había derrotado, por decisión unánime de los jueces, 5-0, al espigado Mario Lavegar, para colgarse en el pecho la medalla de oro de los 49 kilogramos. Eran las 7:15 de la noche del miércoles 1 de agosto.

Durante los nueve minutos de la pelea pactada a tres rounds, el morocho pegador de un metro y 65 centímetros nacido el 1 de noviembre de 1991 en Turbo, en la subregión de Urabá, en el departamento de Antioquia, noroccidente de Colombia, había brindado una exuberante muestra de precisión con ambas manos, de contundencia, aguante y elasticidad en la cintura para esquivar los embates de su rival.

-“Yubergen Martínez es una auténtica máquina de tirar golpes”, había aseverado, durante su efusiva transmisión por el canal televisivo Win Sport, el veterano narrador monteriano Humberto González Kerguelén.

En realidad fue un duelo reñido. El dominicano intentaba acorralarlo en la esquina con sus rectos, pero Yuber siempre se las ingenió para zafarse de la zona de peligro. Su concentración, preparación, técnica, enjundia, inteligencia, poder de aguante y la rapidez de sus manos, le permitieron salir avante.

Yuberjen fue claro dominador, producto de su decidido plan ofensivo, con golpes curvados y rectos que estremecieron varias veces a su oponente. Y cuando le tocó recibir su porción de puñetazos supo asimilar y capear el temporal.

Al sonar la campana, sentenciando el final del combate, nadie dudó el resultado. Todo era cuestión de tiempo para que los jueces entregaran el fallo y el árbitro levantara la mano del ganador: esquina roja.

En su tránsito hacia la finalísima, bajo los puños de Yuberjen, cayeron Óscar Collazo, de Puerto Rico, el 25 de julio, en cuartos de final; y Yoali Mejía Mosqueda, de México, el 28 de julio, en semifinal. A los dos los aventajó en fallos incuestionables 5-0.

“Ante todo le doy gracias a Dios. Este triunfo es para su gloria. También se lo dedico a mis padres Juan Martínez y Neyla Rivas y a toda Colombia”, fue lo primero que dijo Yuberjen, minutos después de su triunfo ante Lavegar, en la zona técnica, bañado en sudor y con las huellas del cansancio difuminadas en su rostro.

Cuando le preguntaron cuál había sido el adversario más difícil de los tres que enfrentó en el cuadrilátero del Salón Jumbo del Country Club, en desarrollo del torneo de boxeo enmarcado en el evento multidisciplinario regional más antiguo del mundo, Yuberjen no vaciló en responder que todos fueron duros, pero destacó al dominicano Mario Lavegar.

“Ha sido realmente difícil porque es técnico, pega fuerte y se mueve mucho. En el segundo asalto me zampó un martillazo pleno en la cara. Me sacudió hasta el alma. Si no hubiera estado bien preparado, me hubiese caído y quedado en la lona”, confesó con voz agitada, como consecuencia de sus palpitaciones cardíacas.

Cuatro años atrás, en los Juegos Centroamericanos y del Caribe en Veracruz, México, Yuberjen vio frustrados sus sueños de ganar la medalla de oro de los minimoscas al sucumbir en la final ante el dominicano Joel De los Santos.

“Aunque la medalla de plata es de gran valor en cualquier torneo, aquella vez me quedó un sabor agridulce en el paladar, porque en verdad yo me preparé para ganar”, sostuvo el pugilista que en contadas semanas cumplirá 27 años.

Ahora, al tomarse desquite y ganar la medalla de oro, Yuberjen se ratifica como el mejor boxeador colombiano del ciclo Olímpico de la historia, pues sus credenciales así lo avalan: medalla de oro en el campeonato nacional de mayores en Bogotá 2011, y campeón nacional élite en Barranquilla 2017; medalla de oro en los Juegos Nacionales de Cereté 2012 e Ibagué 2015; medalla de oro en la Copa Roberto Balado de Cuba 2011; medalla de oro en los Juegos Bolivarianos de Santa Marta 2017; medalla de oro en los Juegos Sudamericanos de Cochabamba 2018; campeón preolímpico en Buenos Aires 2016, y medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016, donde perdió en la final con el uzbeko Hasanboy Dusmatov.

Yuberjen luce, orgulloso, la medalla de plata que ganó en los Olímpicos de Río de Janeiro, en 2016. Foto de archivo.

Con lo realizado en Río 2016, Yuber entró raudo a la historia, con creces. Superó lo hecho por Clemente Rojas y Alfonso Pérez, en los Juegos Olímpicos de Munich 72, y por Eliécer Julio, en las Justas de Seúl 88, quienes ganaron medallas de bronce.

Yuber obtuvo plata, un metal de más alto valor, el más alto logrado por boxeador colombiano alguno en los Olímpicos. No obstante, entre sus compatriotas quedó una cierta frustración, pues sentimos que Yuberjen pudo haber ganado el oro, ese metal de luminosidad inapagable que simboliza el éxtasis absoluto de los triunfadores.

En su pelea ante Hasanboy Dusmatov fue muy pasivo; le faltó arriesgar más. Se dejó ganar la iniciativa, hecho vital para que los jueces se inclinaran por el uzbeko en la sumatoria de los puntos.

3. El sentir y los planes del campeón

Siempre soñé con este momento, con ganar la medalla de oro de los Centroamericanos ante mi público. En verdad no me cabe la dicha en el pecho”, me dice  Yurbegen, veintidós horas después de su victoria, en el auditorio del Centro de Medios de los Juegos Centroamericanos, luego de concluir la rueda de prensa ante numerosos periodistas de varios países.

Son las 5:15 de la tarde de este jueves 2 de agosto ahogado por una lluvia torrencial, con relámpagos y truenos que retumban en los oídos. Aunque el Auditorio es un recinto cerrado, se escucha con claridad el persistente sonido del agua que cae pesadamente en el techo.

El Centro de Medios está ubicado en el corredor industrial Vía 40, en la emblemática obra del Gran Malecón, mirador que permite contemplar la majestuosidad del río Magdalena, principal arteria fluvial de Colombia. El Malecón se ha convertido en uno de los sitios turísticos de mayor desarrollo de la capital del Atlántico.

En la cabeza, Yuberjen lleva puesto un fino sombrero vueltiao, atuendo icónico de Colombia, originario de la cultura indígena Zenú, asentada en la región del río Sinú. Una permanente y contagiosa sonrisa le ilumina el rostro.

En el Auditorio del Centro de Medios de los Juegos Centroamericanos y del Caribe Barranquilla 2018, dialogaron Yuberjen Martínez y Fausto Pérez, autor de esta crónica.

-Después de que viste varias veces la pelea, ¿qué enseñanzas sacaste?

“Que tengo que ser más agresivo en el primer asalto. En esta pelea comencé muy pasivo, y aunque salí victorioso en esos tres primeros minutos, le di la iniciativa a Lavegar. Conceder ventajas desde el comienzo puede ser fatal en el desenlace de una pelea que solo tiene tres rounds. Aprendí, también, que debo controlarme en los ataques. Vi que por momentos en el segundo y en el tercer asalto me desesperé; hice movimientos innecesarios. De igual modo, debo prestarle más atención a la esquina cuando estoy fajado, pues en los intercambios de golpes me dan instrucciones, pero a veces no acato las órdenes”.

-Por lo general, después de logar un triunfo resonante en el amateurismo, los boxeadores se preparan para dar el salto al ramo profesional. ¿Has pensado en esa posibilidad?

“Eso lo piensa el común de los boxeadores, y es una aspiración hasta lógica mejorar en el terreno económico. En lo que a mí atañe, te digo con sinceridad, el profesionalismo no me quita el sueño. Como amateur me siento muy bien. Ahora, si me dan las mismas condiciones que tengo como aficionado, lo pensaría. Pero por lo pronto mi gran meta es los Juegos Olímpicos de Tokio 2020. Esto quiere decir que por lo menos estaré dos años más en el ramo aficionado. Voy a prepararme para ir al cien por ciento. Mi récord actual es de 450 peleas. He perdido 20”.

4. No olvida su origen

El fuerte aguacero ha disminuido hasta convertirse en una pertinaz llovizna. Como en un poema de Borges, la humedad de la lluvia ha cegado los amplios ventanales de vidrio de la entrada del Centro de Medios. El diálogo con Yuberjen continúa.

-El nombre de Dios es frecuente en tu boca…

(Yuberjen no me deja terminar la idea para formularle la pregunta…)

“Dios lo es Todo –me dice con convicción total, mirándome a los ojos-. Ante Él me hinco tan pronto me despierto y antes de acostarme. Y durante el día lo llevo presente en mis pensamientos y en mis actos. Soy agradecido de infinita bondad y temeroso de su ira. Nací en un hogar en el que se le rinde culto a su existencia. Cuando yo nací, mi padre ya era pastor. Él forma parte de la Congregación de la iglesia Jesús, el Buen Camino. La gente le cree. Yo le creo”.

-Tu nombre es extraño, Yuberjen; prácticamente no tienes tocayo. Se acentúa en la penúltima sílaba, pero la mayoría le marca el acento en la última. Cuéntame la historia de tu nombre…

“Jajajajaja… Es bien curiosa esa historia. Yo me llamo Yuberjen, no Yuberjén, como me dicen con mucha frecuencia. El nombre mío es un invento de mi padre, que se llama Juan Everjo Martínez. De su boca supe que, por el tiempo en que nací, en Turbo vivía al frente de nuestra casa un señor también llamado Juan, que al igual que papá, era albañil. A ese señor, nadie supo por qué, un buen día intentaron atentar contra su vida. Me contó mi papá que a la puerta de nuestra casa llegaron dos sujetos en una moto, preguntando que si ahí vivía Juan. Mi padre les respondió que él era Juan. Entonces, el parrillero lo apuntó con un arma de fuego, y cuando se disponía a disparar, el conductor de la moto le gritó que no era él. ¡Era al otro Juan, el de enfrente, al que buscaban! Y este, al darse cuenta de lo estaba sucediendo, emprendió la huida saltando de patio en patio hasta perderse en medio de un platanal!  No se volvió a saber más de él. Ese hecho dejó traumatizado a mi papá, que no dudó en desistir de su propósito de bautizarme con su nombre. ‘No quiero que a mi hijo un día lo vayan a confundir y me lo maten. Voy a ponerle un nombre bien bien raro, que solo sea de él, para que nunca lo confundan’, me explicó años después mi padre cuando le pregunté acerca del origen de mi nombre. Yuber Everjo Erney. Así me bautizaron. Pero años después, cuando fui a sacar la cédula de ciudadanía, hubo inconvenientes por lo largo de mi nombre. Entonces, Yuber Everjo Erney quedó reducido a Yuberjen, palabra grave, es decir acentuada en la primera e, sin tilde. Lo que pasa es que en la calle y en todas partes acentúan mal mi nombre. Todos, excepto en mi casa, me dicen Yuberjén, con acento en la última sílaba”.

-Háblame de tu origen, de tu niñez…

“Mis padres son chocoanos, de Quibdó, pero yo nací en Turbo, Antioquia, como todos saben. En Turbo solo viví hasta los 12 años porque la iglesia donde mi papá era pastor lo trasladó a Arboletes. Allá se desempeñó como albañil. En Arboletes aprendí a trabajar. Primero vendí chorizos en la playa, a mil pesos. Me ganaba cien pesos por cada chorizo que vendía. Después vendí arepas y más tarde mangos. Con los mangos la cosa mejoró, pues me ganaba trescientos pesos por cada uno vendido.

-¿Cuánto tiempo permaneciste en Arboletes?

“Muy poco, apenas año y pico, pero nos rindió. Nuestro próximo destino fue Chigorodó, otro municipio de Antioquia, localizado en la subregión de Urabá. Allá me fui con mis cinco hermanos, con mi mamá y con mi papá.

-¿Fue en Chigorodó donde aprendiste a boxear?

“No. Mi primer contacto con el boxeo lo tuve en Arboletes. Un amigo del colegio me dijo que yo tenía pinta de boxeador, y me llevó a un gimnasio donde entrenaba el profesor Antonio Mendoza. Yo aún no había cumplido 13 años cuando me calcé los guantes y subí al ring a pelear con un pelao’ más alto que yo. Me fue como perro en misa. Me dio una golpiza. Me quité los guantes con rabia y grité que eso no era para mí. Pero me quedó ‘la rasquiñita’. Dos días después busqué al profesor Antonio Mendoza y le pedí que me enseñara a boxear. El hombre me escuchó. Con él aprendí varias técnicas que nunca olvidé: ataque, defensa y contraataque. Más tarde, ya asentado en Chigorodó, llegué al gimnasio del profesor Wilber Blanco. A él le debo muchos de los conocimientos que hoy por hoy aplico sobre el ring”.

-¿Cuál ha sido tu mayor logro hasta ahora?

“Te lo digo con el corazón en la mano. No ha sido ni la medalla de plata en los Juegos Olímpicos ni esta medalla de oro en los Juegos Centroamericanos. Mi mayor logro y mi mayor felicidad fue la vez que le vi la cara de alegría a mi madre cuando le di la casa soñada, un año después de mi participación en los Juegos de Río de Janeiro. No recuerdo haber sentido una dicha similar. Lo mejor de todo es que es una casa de verdad: de cuatro habitaciones distribuidas en dos pisos, con tres baños, dos arriba y uno abajo, con su sala, comedor y cocina. Una casa con todos los servicios, y en Chigorodó, donde nos cambió la vida”.

-¿Y cómo se logró esa vivienda?

“Lo único que recuerdo es que cuando clasifiqué a la final de los Juegos Olímpicos de Río, después de vencer al cubano Joahnys Argilagos, que era el campeón mundial, me entrevistaron los periodistas. Me preguntaron que si mi gran anhelo era la medalla de oro. En respuesta dije que a lo único que yo aspiraba era a regalarle una casa a mi madre. No quería más nada. Creo que mis palabras tuvieron eco. Yo no sabía que el Gobierno tenía una serie de incentivos para los deportistas sobresalientes. Entonces, el Ministerio de Vivienda valoró mi accionar en los Juegos Olímpicos y contribuyó a la consecución de la casa”.

El 5 de junio de 2017 Yuberjen y sus padres Juan Martínez y Neyla Rivas recibieron de manos de Elsa Noguera, ministra de Vivienda, Ciudad y Territorio, la casa prometida, en Chigirodó (Antioquia). Foto: Fernando Roa (MVCT)

-Antes de esa casa, ¿dónde y cómo vivían los Martínez Rivas?

“Vivíamos como nómadas; nos mudábamos de un lugar a otro, y siempre íbamos en condición de inquilinos. Nunca tuvimos vivienda propia. Cuando empecé en el boxeo me impuse como meta darle un techo algún día a mi viejita. Dios me dio los medios para dársela”.

-¿Qué les recomendarías a los jóvenes que se inician en el boxeo?

“En verdad, yo todavía no soy nadie para recomendar nada. Lo que sí digo, en mi caso, es que creo plenamente en Dios, soy disciplinado, responsable; poseo un corazón a toda prueba y tengo sueños. Con esos cinco elementos más un poquito de talento se puede conquistar el mundo”.

-¿Cuáles son tus planes inmediatos?

“¿Quieres que te sea sincero?

-¡Por supuesto!

“Bueno, te la tiro plena: tengo muchos planes, pero primero que todo quiero que se acabe pronto esta entrevista para irme a dormir. Ahora sí es verdad que me está venciendo el sueño”.

-Bueno, pues, campeón, váyase a dormir…

Compartir.

Acerca del Autor

Chachareros

Chachareros es una invitación a que todos nos envíen sus artículos. La Cháchara los recibe con gusto

Deja un comentario