El reino de la miseria y el posconflicto

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“Uno piensa, no somos campesinos. Somos mecánicos. Pero ni los campesinos son lo bastante torpes para creer en la guerra. Al frente de los países hay gente estúpida que no comprende y no comprenderá nunca nada. También se enriquecen con ella. Ernest Hemingway. (Adiós a las armas).

Por: Ubaldo Manuel Díaz

Ubaldo Manuel Diaz

Quién es ese Rambo? -Pregunto.

Mi hijastro –responde el mulato de ojos zarcos, acostado en una hamaca debajo de un caluroso pretil mientras se cruzaba de piernas. Era un hombre de mediana edad, con el rostro tostado por el sol, un personaje sufrido, sacado de los cuentos de Hemingway.

“Vas pa’l cielo y vas llorando”. Se escucha cantar a Iván Villazón desde un viejo televisor. El Rambo seguía ahí en la foto, con cara de pocos amigos, su torso desnudo cruzado por una canana de balas, terciaba una M60.

Desde un patio lleno de cuerdas con ropa secándose al sol, emerge una adolescente menuda y escurridiza, su cuerpo mojado por la faena de la batea indica que ha terminado su labor. El televisor sigue encendido, ahora el artista de turno es un hombre de calvicie pronunciada, de un espeso mostacho que canta al desengaño. Por la sala principal cruza presuroso un pato dejando a su paso una estela de estiércol, perseguido por un pedazo de escoba parecido a un proyectil. ¡Pato hijueputa! Se escucha. ¡Perdón, no sabía que había visita! – se disculpa la mujer, inclinándose y recogiendo lo que quedaba de la escoba-. Un rayo de luz penetra la ventana desportillada.

-¿Ha protagonizado muchas batallas su Rambo? –pregunto nuevamente.

– Muchas- me contesta el personaje acomodándose en la hamaca.

– ¿Sabía usted que firmado el acuerdo de paz, ya no regresará a la guerra? –le digo.

Queda en silencio. Un silencio embarazoso. El pato cruza nuevamente la sala en forma desafiante. -Mijo, es esa vaina que llaman el posconflicto -interviene nuevamente la mujer enviándole un salvavidas a su esposo. Da un rodeo, pela algo que tiene en la mano y lo vierte en una olla humeante. Saca al pato de forma definitiva de un pequeño puntapié. “La verdad es que no sabemos cómo se come eso” -puntualiza con desdén-. Se mete en un profundo monólogo y sigue revolviendo la olla humeante que libera agua y burbujas de vapor que  tratan de apagar el fogón.  Las primeras gotas de lluvia tamborilean sobre el pretil, son las últimas lluvias de verano, las gotas siguen acribillando el improvisado techo, van aumentando hasta convertirse en un fuerte aguacero.

La adolescente  que ha terminado su faena, corre a recoger la ropa de color que había esparcido de un lado a otro parecida a la carpa de un circo. Del otro lado de la pared construida en cañabrava y estiércol de ganado se escucha llorar un bebé. El Rambo sigue ahí, en otra foto, laureado en un diploma de la básica primaria, sobre la misma pared hay una leyenda: “fui lo que otros no pudieron ser, fui donde otros temieron ir”… (La oración del soldado). Sigue con su cara de pocos amigos, mostrando las cicatrices de la guerra. -“De los ocho años que ha estado en el ejército ha ganado muchas batallas”… la única que no ha podido ganar es la batalla contra la pobreza –interrumpe la mujer, enfundada en un vestido raído que en otra época debió ser rojo. Atiza el fogón de leña que ahúma perpetuamente el pretil donde el mulato ya se ha incorporado, bosteza y silencioso mira fijamente caer la lluvia sobre el polvoriento patio. Sobre las paredes pintadas con cal cuelga un afiche con una modelo ligeramente vestida promocionando un equipo de fútbol.

Desvencijadas sillas y mecedoras desfondadas completan la sala donde el único orgullo es la galería de fotografías con el héroe. El televisor sigue encendido, ahora quien aparece es Uribe rodeado de sus seguidores, con su atronadora voz despotrica sobre el proceso de paz. El mulato, que se ha introducido nuevamente en la hamaca, lo mira con devoción. Al fondo, en otro patio debajo de un pretil, niños desnudos juegan con un perro. Es el reino de la miseria.

El lugar donde nació “Rambo” es un pueblo gris en las estribaciones de la Serranía de San Lucas. Por sus polvorientas calles es normal ver manadas de burros deambulando, niños malnutridos corriendo por sus calles, maquinarias pesadas como poderosos mamuts prehistóricos se internan en el bosque, acompañadas de retroexcavadoras en busca de El Dorado. Es un caserío con tres calles principales. Como todo pueblo del sur de Bolívar, tiene puesto de Policía, alcaldía,  centro de salud,  y una pequeña iglesia.

Ha caído la tarde, ha dejado de llover y se escucha el ruido sordo, lejano, de algo que se acerca. Le pregunto al mulato qué es ese sonido y me dice: “son los remolcadores” que bajan de Barrancabermeja a Barranquilla cargados de combustible. – En otra época la guerrilla los hostigaba desde las orillas y ellos respondían en un fuego cruzado. -Hoy ya no sucede eso porque tenemos seguridad -musita-. Uno de esos remolcadores con su figura imponente me turba cuando lo diviso. Quedo boquiabierto como un niño ante un juguete nuevo. Baja lentamente con una enorme cubierta parecida a un portaviones, la raída y negruzca bandera colombiana era ondeada por el viento. Unos militares semidesnudos cubiertos por una toalla terciando un fusil pasean en cubierta de un lado a otro. “Doña Leonor”, como se llamaba el remolcador, se alejaba indiferente a mi turbación.

El mulato en una especie de ritual, baja  al río  todas las tardes con una carretilla  y regresa con unos tanques similares a unas ánforas llenas de agua, agua amarillenta que deposita en un recipiente enorme y con un método artesanal le introduce unas piedras blancuzcas llamadas “alumbre” para aclararla. El agua la consumirán por una semana hasta agotarla, cuando  el fondo del tanque queda convertido en un cieno color negro.

En la lejanía un trueno rompe el silencio de la noche, es señal que va a seguir lloviendo. La noche es total; el aguacero no da tregua, de desgaja sin piedad, la frágil luz de la lámpara de kerosene alumbra la habitación donde las fotos de “Rambo” dispuestas y ordenadas cuidadosamente forman un pequeño altar.  Por la ventana se ve caer la lluvia. Es tarde, las ranas inician su concierto. La fuerte lluvia se ha degradado en leve llovizna; el reflejo intermitente de las centellas sobre la calle inundada deja ver el reflejo fantasmal de una figura que se acerca, toca la puerta, la mujer abre; estupefacta cae de rodillas al ver a su hijo que empapado y tiritando de frio, exhausto se deja caer en un viejo mueble . Se funden en un profundo abrazo. – ¡Mamá he regresado de la guerra! Fueron sus primeras  palabras. ¡He dicho adiós a las armas¡ -Se ha firmado el acuerdo de paz-. El acuerdo de paz del que hablaba es el pacto celebrado por un hombre de la oligarquía, del linaje Santos Calderón y la guerrilla más antigua del hemisferio.

*Ubaldo Manuel Martínez. Sacerdote. Premio nacional de cuento y poesía ciudad Floridablanca

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Acerca del Autor

7. Francisco Figueroa

Comunicador y Periodista. Editor deportivo de Lachachara.co, tiene experiencia en radio, prensa y televisión. Se ha desempeñado en medios como Diario del Caribe, Satel TV (Telecaribe), RCN, Caracol radio, Emisora Atlántico, Revista Junior. Fue Director deportivo de la Escuela de fútbol Pibe Valderrama y dirigió la estrategia de mercadeo y deportes de Coolechera. Para contactarlo: Email: figueroaturcios@yahoo.es

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