Desde la cafetería

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La primera vez que mi madre la vio, apagó el televisor.

Por: Ubaldo Manuel Díaz

Ubaldo Manuel Diaz

Quejumbrosa se alejó murmurando: «¡las mujeres de hoy no se quieren vestir!», sacando su vieja camándula empezó a rezar por su alma. Una vecina que estaba a su lado se unió a esta cruzada de puritanismo con un hondo suspiro: “Doña Esther, esas son las mujeres que pierden a nuestros hijos”.

En un rincón de la sala mi padre sonreía con sonrisa de moral Volteriana, ojeando un ejemplar del Marques de Sade. En la mesa reposaba la fotografía donde aquella mujer de la cual hablaban posaba sonriente a mi lado, con mi famosa dedicatoria: ¡mamá estoy triunfando!

Cuando la vi por primera vez, era primer viernes. Lo supe porque algunas señoras en una procesión silenciosa, pasaron con sus velos inmaculados sobre sus cabezas rumbo a la iglesia. Ese día  su cabello recogido como cola de caballo le daba una extraña belleza, hierática, parecida a un guerrero mongol. Su rostro como luna de agosto era eclipsado por unas gafas oscuras. Llevaba puesto un blue jeans a la cadera. En esas caderas inexploradas sobresalían dos hoyitos similares a dos pequeños remolinos.

Los remolinos de la conscupicencia.  Los aderezos orientales que  adornaban sus brazos, el crucifijo de plata  que se ahogaba en medio de sus senos, la pañoleta hindú que surcaba su cabeza dejaban ver con claridad su condición panteísta de la vida. Esta  mujer no es de este mundo – pensé. Por el mismo anden venia un transeúnte  que se unió a mi cruzada de admiración suspirando: “se están cayendo los ángeles del cielo”. De todas formas los ángeles no son de este mundo – logré musitar. Sus ademanes sibaríticos y femeninos, propio de  la gente decente, le hacían tomar un aire desafiante como diciendo: ¡mundo aquí estoy! Sin saber que yo era de este mundo, ignorando que la observaba  se alejó.

Desde ese día monté guardia silenciosa en la cafetería “doña chava”. Vigilancia inofensiva al estilo suizo de bostezos,  tintos y cigarrillos, esperando otra señal de vida. Pista que a veces me da la ventana de vidrio – donde cuelga una calabaza desdentada del Halloween pasado – cuando empieza a sudar por el aire acondicionado o el sauna que se enciende produciendo un ruido parecido al arranque de un reactor nuclear.

Hoy es el quinto día de guardia. Nada sucede, nada pasa, nada se mueve al interior de esa casa; solo la mirada de doña chava que se está mareando conmigo porque esta semana muy a mi pesar le he consumido tintos y cigarrillos. Mi atención se exacerba cuando veo el garaje automático subir lenta y pesadamente como un puente levadizo, vomita un lujoso auto de vidrios polarizados que casi revientan por el “pum pum” de la estridente música; sus farolas oblicuas le dan una imagen agresiva de felino. Raudo se pierde en la lejanía, levantando a su paso confetis y papeles del reluciente asfalto. Mi esperanza se desvanece.

Por la claraboya de la cafetería veo un cielo azul sin una sola nube, indiferente, surcado velozmente por un get plateado, fulgurante como la hoja de un cuchillo, dejando en su recorrido  un perezoso  hilo de humo blanco.

Cierto día que no recuerdo, entró subrepticiamente un niño a la cafetería. Sin decir palabra depositó un papel en mi mesa y se alejó. Una hoja arrugada, igual a un manuscrito, casi deshecha por el sudor de las manos del infante. Sin aspaviento lo abrí con toda la calma del mundo; la vieja chava me sonrió y siguió limpiando con un pañuelo el ultimo vaso de vidrio. El papiro rubricado por una caligrafía de convento tenía la siguiente inscripción: Mañana en la cafetería x de la calle circunvalar. 230 de la tarde. No faltes: Gabriela.

Entró con paso decidido y resuelto entre las mesas, al sitio donde  me encontraba. El hermoso vestido de verano que lucía, dejaba entrever una delicada y anoréxica figura, cuidada por ejercicios diarios y dietas. Su pronunciado escote hacía juego con sus brazos blancos como leche. Su cabello rubio y plateado, caía sobre sus hombros. Un silencio de velorio reinaba en el sitio.

El rayo de luz que penetraba los viejos cristales de la ventana, se refractaba sobre la descolorida pared. Como agujas que siguen el curso de un imán, las miradas de los que estaban presentes, la seguían. Se sentó sin mirar. Ordenó café. Su cuerpo exhalaba un costoso perfume, Dolce & Gabbana tal vez; cruzó sus piernas con  la elegancia y  sensualidad de una geisha. El corazón me latía violentamente. Estaba demudado, la sensación que pasa del rubor al gozo comenzó a invadirme. Sin mediar palabra comenzó a tararear una canción de moda, la misma melodía que bailara el último día con el artista de turno.  Esa noche se veía feliz, fantástica, no podía creer que bajo esos sensuales movimientos se escondía el deseo soterrado de millones de hombres que a esa hora la veían frente al televisor. Ahora estaba aquí, junto a mí, con una taza de café en sus manos. Sentí la envidia de esos millones de hombres caer sobre mis hombros.

Yo había llegado de Montería esa noche, toda la ciudad se había volcado al estadio para ver  su gran espectáculo. El tumultuoso río humano que recorría las calles era abrumador. Después del concierto, me la presentó un amigo. Esos amigos que por situaciones extrañas del destino, nunca vuelven a aparecer, el destino los lleva a estar en el momento justo en que debían estar. Esa noche caminamos por la avenida que da al muelle, estaba tan cerca de mí que de vez en cuando la miraba furtivamente, a veces me sorprendía mirándola con descaro. La sangre caliente que corría por mis venas me taladraba las sienes.

El edredón de la noche lo cubría todo. En el silencio, a lo lejos se escuchaba al presentador de turno que daba paso a otro artista. Le hice saber que había quedado alucinado ante su belleza y los movimientos en la tarima. Que era uno de sus Fans. A lo lejos una bombilla mandarina se acercaba cada vez más a nuestros pasos. Ella sonreía nerviosamente. Así nos fuimos caminando, de vez en cuando daba pequeños saltos, esquivando algunas piedras que maltrataban sus finos tacones. – tienes mucho talento, estoy fascinado contigo- le dije-. Pensativa se quedó mirando a lo lejos y dijo: – la belleza es una maldición-.. Esa noche me confesó que en innumerables ocasiones había contemplado mi mirada perdida de perro triste a través de la calabaza desdentada que colgaba en una de sus ventanas.

En esos tiempos yo escribía desesperada y profusamente. Aún no me había salido el trabajo en el diario. Fumando y parado en la ventana miraba el resplandor lejano de la gran ciudad con sus ecos y sonidos que chocaban en mis oídos.  A mi espalda, en la radio se escuchaba la canción de turno; el gato con las patas hacía arriba en señal de juego, dormitaba en el mueble. Una de esas  tantas noches, sentí que la nave de mi poesía zozobraba.

No tenía cigarrillos, se habían agotado los libros, no había nada que leer. Salvo uno que ella había adquirido a un “gurú” sobre superación personal.  No apareció. No se materializó, podía hacerlo en cualquier lugar y a cualquier hora. A veces pensaba que poseía el don de la bilocación que es propio de los Santos.  Quise verla venir sobre la estrecha calle que moría en mi puerta. Como aquella noche que entró a mi habitación, comenzó a mirar con curiosidad y acariciar los libros del estante mientras hablaba de otras cosas, sobre la experiencia con el Gurú.

Yo había ido por una copa de vino. Cuando regresé la encontré arrodillada sobre la alfombra buscando un arete que se le había perdido. Por primera vez vi sus hermosos senos, redondos y duros, adornados por ese delicado encaje blanco, encaje que alguna vez pasó por las manos de una anónima obrera del emporio Dior. Una noche serena se había instalado a través de los vidrios, una llovizna tenue, leve, comenzaba a agonizar. Había llegado la primavera. “Si, bienvenida la primavera” -le dije-. Estaba amaneciendo. Permaneció sentada un buen rato  de espaldas en el borde de la cama, delineando el carmín en sus labios. Su desnudez había sido cubierta por un delicado vestido verde. No necesitas arreglarte – le dije-, Se volvió hacía mí con una sonrisa amplia, generosa y susurró: – la naturaleza ha sido muy generosa conmigo-  mientras se ajustaba el arete. Afuera la esperaba su limosina con el chofer silencioso mirar el lustroso pavimento.

Arrullando la taza de café en sus manos me dijo: He venido para que me entregues tu poesía, he venido a quedarme contigo. En sus ojos pude leer que estaba cansada del mundo, de las luces, las lentejuelas, de las cámaras de televisión, de los diez mil vatios de sonido, del próximo contrato y gira con silicón valley,  de ser una judía errante como la llamaba mi madre. Cansada de todo.

Trémula comenzó a recitar a Bécquer: “Volverán las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar…

La cúpula de la iglesia de nuestra señora empieza a desplazarse por el correr de las nubes. El rayo de luz ya no está. Afuera un cielo azul profundo sin amagos de lluvia empieza a instalarse. Los últimos clientes de la cafetería van saliendo. Gabriela sigue recitando a Bécquer y yo sigo mirando con devoción sus hermosos y profundos ojos.

 

Ubaldo Manuel Díaz.Sacerdote. Graduado en filosofía y letras de la universidad católica de oriente. Premio nacional de cuento y poesía ciudad Floridablanca.. Email: sinuano1817@yahoo.es

 

 

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