Candelaria

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El erotismo capaz de atravesar la edad, la pobreza, el regimen y la moral.

Por Jorge Guebely

Tierna, dramática, sencilla, profunda, dolorosa, gratificante; a veces inverosímil y, otras, verdadera, son los calificativos para la película “Candelaria”, del colombiano Jhonny Hendrix. Bella metáfora sobre el triunfo del amor, la sexualidad y el erotismo en la vejez. Filme ambientado en La Habana para construir un discreto, pero sentido canto a la vida.

Historia edificada sobre una inquietante paradoja: mientras todo se derrumba, el ser humano triunfa. Candelaria, mujer blanca, y Víctor Hugo, hombre negro, pareja septuagenaria, sobreviven a las permanentes ruinas sociales: la soledad del bar donde ella suele cantar, la ausencia de hijos, los vecinos que huyen de Cuba a Estados Unidos, la pobreza material donde viven, la cancelación del contrato donde ella trabaja…

Sobreviven al régimen cubano con su estela de pobreza: calles sucias, edificios semiderruidos, habitaciones sórdidas, deficiente fluido eléctrico… y el sonsonete de Fidel Castro, en off, culpabilizando al bloqueo norteamericano. Sobreviven a la última esperanza de los pobres del mundo con la caída definitiva del muro de Berlín y a la corrupción que es decadencia sistémica del Estado capitalista. Y en medio de ese estruendoso derrumbe, la pareja de ancianos sobrevive rescatando el amor.

Reto cinematográfico que se centra en revivir con verosimilitud el encanto del juego erótico: la sonrisa, las miradas, los gestos y todos los ritos del enamoramiento. Difícil por tratarse de una pareja de ancianos que el tiempo, según los mandatos sociales, ha debido sumirlos en la rutina, en la resignación y, en el mejor de los casos, en la tolerancia.

Reto de convencer al espectador de la sexualidad senil, hacerle sentir que un beso amoroso entre septuagenarios está vivo, que un coito en la vejez conserva el fuego sosegado que otorgan los años.

Y aún más difícil, el desnudo femenino de una anciana sin descender a la morbosidad, ni al ridículo, ni a la inmoralidad. Simplemente, avivar discretamente el arte del cuerpo desnudo en una mujer que ha superado los setenta años.

Retos largamente superados si el espectador evita acercarse a las imágenes cinematográficas a través de la inteligencia racional, tan contaminada de recetas. Si, por el contrario, despliega su inteligencia emocional, esa oscura capacidad de sentir para intuir, de no pensar para luego concluir. Ver el filme con los ojos del corazón, con el lóbulo derecho del cerebro, exigencia comunicativa de todo arte con dimensiones humanas. Del arte cinematográfico que nos muestra, como en “Candelaria”, que, a pesar de las ruinas sociales y políticas, la esencia del ser humano sigue viva como un mandato divino.

jguebelyo@gmail.com

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Jorge Guebely

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