150 años de Barranquilla en un libro de 400 páginas

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La obra, con abundancia de fotografías, es de la autoría de Adlai Antonio Stevenson y Enrique Yidi, con el soporte histórico de Rodolfo Zambrano Moreno. 

Por Rafael Sarmiento Coley

Hubo una época, desde comienzos del siglo XX, que en Barranquilla vivían los hombres más ricos de Colombia, entre otros los Marulanda Grillo y Roberto De Mares, el primer dueño absoluto de Ecopetrol.

Rodolfo Zambrano Moreno, la memoria que aportó nombres precisos de calles, dueños de viviendas y lugares emblemáticos.

Los Marulanda Grillo eran dueños de inmensas haciendas ganaderas en el Magdalena Grande, en lo que hoy es el Cesar, en jurisdicción de La Gloria.

Vivían en Barranquilla en donde fundaron una enorme fábrica moderna de artículos de cocina, como molinos para el maíz, y calderos de hierro puro para el arroz. Eran unos calderos enormes que dejaban en su fondo un cucayo negro y grueso que se removía con café y era uno de los desayunos preferidos de los barranquilleros.

Roberto De Mares, en asocio con Virgilio Barco Vargas, fueron los primeros empresarios colombianos autorizados para explotar los yacimientos del crudo. De Mares en Barrancabermeja y Barco Vargas en el Catatumbo. Eran los amos y señores de la entonces riqueza más apetecida en el mundo, el ‘oro negro’.

De Mares se casó con una hermosa joven barranquillera a quien le construyó una de las más espléndidas mansiones de la ciudad, frente al Parque de los Fundadores. Dicha mansión fue adquirida después por la familia Char, la derribó y construyó un edificio maluco en donde desde hace años vive otro de los historiadores de Barranquilla más respetables, pero no tan minuciosamente bien documentado como la ‘Wikipedia’ ambulante de los periodistas, Rodolfo Zambrano, miembro de la Academia de Historia.

Adlai Stevenson Samper y su hija Laura, presentadores del libro sobre Barranquilla.

Ya aburrido de hacer tanta fortuna con el monopolio petrolero en asocio con Barco Vargas, decidieron vender la concesión al magnate norteamericano que construyó una inmensa fortuna con la industria petrolera en el mundo, John Davison Rockefeller. El man teso de los Rockefeller.

(Estas historias no están en el libro de mesa de Adlai Antonio Stevenson Samper y Enrique Yidi Daccaret, son las reservas que mantiene en su memoria envidiable Rodolfo Zambrano).

El libro de mesa (mucho lujo de obra con 1,200 fotografías de coleccionistas particulares, regaladas, compradas y de los archivos personales de Yidi y Adlai Antonio. Su título es tan largo como la cantidad de fotos y datos: 400 páginas, “La Barranquilla desaparecida, imágenes y memorias”. Y su costo es un poco ‘caribe alegre y tropical’ para el barranquillero de a pie, $120 mil. Y no lo fían ni aceptan tarjetas de crédito. Yidi los tiene en una caja fuerte.

Es una obra importante para conocer la esencia de lo que fue el despertar de la ciudad desde los primeros años del siglo pasado, con el desarrollo portentoso de su actividad naviera, la aviación, la radio comercial, sus empresas de servicios públicos (telefonía, energía eléctrica y acueducto, alcantarillado y aseo). “Sin duda, la ciudad protagonizó sucesos memorables en industrias y servicios”, según Adlai Antonio, durante la presentación del libro este jueves en el Club ABC.

“Yo recuerdo, estando muy niño, que era una Barranquilla pujante”, dijo Hernándo Celedón Manotas, expresidente de Monómeros, historiador y escritor invitado al evento en el ABC, al igual que arquitectos, ingenieros, exbanqueros y expresidentes de importantes empresas locales.

Otro de los historiadores presentes, José Nieto Ibáñez, es el autor de la más completa recopilación de la historia del cine en Barranquilla y Colombia. Autor también de un guión emocionante sobre ‘El crimen de la pensión Inglesa’, que ya se está filmando en Puerto Rico y Venezuela.

De repente Barranquilla se agigantó y ‘un nuevo progreso’ se llevó por delante como una tromba marina joyas arquitectónicas de las cuales solo quedan recuerdos borrosos en la memoria insuperable de nuestros sabios historiadores.

Para un próximo libro

‘La Barranquilla desaparecida, imágenes y memorias’, el libro de mesa lleno de historias y viejas fotografías de casas y paisajes desaparecidos.

Los autores de esta obra dejaron en el tintero valiosas historia de casi siglo y medio de Barranquilla. Datos precisos que aclaran confusiones como llamar ‘casa Catinchi’ una mansión que debe llamarse ‘Casa de Doménico Marino’, quien luego se la vendió a Luis Paccini Santo Domingo para alquilarla en una época al periódico La Prensa de los Martínez Aparicio. Luego el propio Paccini montó allí su periódico, el desaparecido Diario del Caribe, que luego vendió a su primo Julio Mario Santo Domingo.

Donde hoy se levanta la Catedral Metropolitana María Reina era un predio de Miguel Moreno Alba (abuelo de Rodolfo Zambrano Moreno). A un lado quedaba su lujosa mansión. Como Miguel Moreno fue el constructor del Edificio de la Aduana (donde hoy, hermosamente restaurada, funcionan la Cámara de Comercio de Barranquilla, el auditorio Mario Santo Domingo y la Hemeroteca Eduardo Nieto Arteta), cuando el entonces presidente de Colombia, Marco Fidel Suárez, vino a inaugurar la más importante obra construida en su Gobierno, se bajó en la residencia del abuelo de Rodolfo Zambrano. Allí surgió la idea de construir una gran iglesia en el predio al lado de la mansión de Miguel Moreno. Por entonces el predio había sido alquilado a las Empresas Públicas de Barranquilla, entonces bajo la batuta del administrador de empresas estadounidense Samuel Hollopeter, para que funcionara un tanque gigantesco de almacenamiento de agua potable para el suministro a los modernos barrios cercanos como Prado, Alto Prado, Boston.

Otra connotación errónea es el de ciertos apodos de algunas calles, como la que está aledaña a la reconstruida Casa Lacorazza Hermanos. Como los Lacorazza querían combatir una ratonera perniciosa, llenaron la casa de gatos que por las noches salían por ese oscuro callejón a perseguir ratones con un concierto de sonoros ‘miaus’, de donde el populacho dedujo que no le encontraba sentido a llamar ‘el callejón de los miaus’, sino, por la oscuridad y lo apropiado para las micciones desesperadas por la incontinencia urinaria, “el callejón de los miaos”.

Muy cerca del ‘Callejón de los miaos’ se institucionalizó el nombre de ‘La calle del crimen’. Y el forastero recién llegado no pasaba por esa vía ni de vainas, porque se imaginaba que por allí noche tras noche alguien moría a puñal o a bala. Nada de eso. Hubo un solo muerto. Un borracho que se quedó dormido a mitad de la calle y un caballo que arrastraba una carreta con mercancías para los almacenes vecinos se asustó al ver ese bulto extraño a mitad de vía, dio un salto y, de una coz en el cráneo, mató al alicorado dormido.

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Acerca del Autor

1. Rafael Sarmiento Coley

Director general de Lachachara.co y del programa radial La Cháchara. Con dos libros publicados, uno en producción, cuatro décadas de periodismo escrito, radial y televisivo, varios reconocimientos y distinciones a nivel nacional, regresa Rafael Sarmiento Coley para contarnos cómo observa nuestra actualidad. Email: rafaelsarmientocoley@gmail.com Móvil: 3156360238 Twitter: @BuhoColey

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