Revoluciones fallidas

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Creencia cínica según la cual: “si hay más pavo en la mesa del patrón, más huesos recibirán los perros que la merodean”.

Por Jorge Guebely

Las revoluciones políticas sólo han creado Estados tan crueles como los que han derrotado. Revolución fracasada anticapitalista fue la rusa que impuso un poder más brutal que el de Nicolás II. Y el de China que no es menos dictatorial que el antiguo régimen feudal. Los Estados Unidos no asesinaron tantos camboyanos como lo hicieron los “khmers rouges”. Y Fidel Castro no fue más democrático que Batista. Ni Ortega menos represivo que Somoza. Ni Maduro menos político que los políticos derrotados por la revolución bolivariana. Historia de vergüenza en donde sólo “El poder cambia de manos”, según la bella e inquietante novela de Milosz,

Fracasó y sigue fracasando la revolución liberal que demolió el régimen aristocrático. Hay tantas desventajas humanas en las Repúblicas como en los antiguos Reinos. Peor aún, se democratizó la ferocidad por el capital, matoneo de insaciables victimarios contra inermes víctimas. Cultura trágica de “sálvese el que pueda”. Creencia cínica según la cual: “si hay más pavo en la mesa del patrón, más huesos recibirán los perros que la merodean”.

Estado liberal surgido de la revolución francesa y las viejas revoluciones industriales. Se fraguó con lo peor de los ideales conservadores y lo peor de los ideales liberales. Con los primeros, se construyó un Estado verticalista, de privilegiados, centralista, de aspiraciones aristocráticas. Con los segundos, se oficializó la rapacidad en pro del buen dividendo. Estado de mezquinos negociantes, bellamente presagiado por Shakespeare en “El mercader de Sevilla”.

Construcción jurídica en donde los mercantes legalizan sus negocios, según Marx. Bunker protegido por varios anillos de seguridad: el de los políticos para administrar convenientemente la hacienda, el de los banqueros para promover los negocios con la hacienda y el de los militares para asegurar la hacienda y a los hacendados.

Estado enano con apariencia de gigante. En Colombia, hay mucho país para poco Estado. Semeja una camisita de infante en cuerpo de luchador de sumo. Sirve al centro y olvida la periferia, sirve al sector urbano y descuida al sector rural, sirve a los estratos altos y menosprecia los bajos, sirve a la élite y desdeña la montonera. Sólo existe para proteger riquezas y arruinar seres humanos.

Fracasan por eso, por ser revoluciones políticas y no revoluciones humanas. Revoluciones para seguir usufructuando privilegios sociales y personales. Revoluciones de envenenados discursos cantinflescos. “Hablar de democracia y callar al pueblo es una farsa. Hablar del humanismo y negar a los hombres es una mentira”, lo tenía bien claro Paulo Freire hace más de setenta años.

jguebelyo@gmail.com

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Jorge Guebely

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