Relatos incómodos, parte II

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 Soy Juan Camilo Nieto, y lo reconozco: fui un devoto cristiano y magufo.

Por  Andrés Ibáñez – El Satírico

Hasta hace unos años (aproximadamente 7 u 8), consideraba que el adoctrinamiento infantil religioso era una forma inocua de inculcarle valores morales a los seres humanos. Afortunadamente, pude armarme del valor suficiente para confrontar el adoctrinamiento del que yo mismo había sido víctima toda mi vida, y ahora lo considero un acto vil y reprobable que ahoga el escepticismo, aniquila el espíritu investigativo y acalla cualquier susurro de la razón y el pensamiento crítico. Dicho de esta forma, no parece haberme costado tanto como en realidad si me costó, y por eso quiero contar mi historia; hela aquí.

Desde niño, fui educado por mis padres y familiares más cercanos en los principios de la doctrina cristiana, aún a pesar de que mi papá no llegó a considerarse como fiel practicante, hasta que yo cumplí más o menos la década de vida. Antes de eso, fue mi madre quien se encargó de enseñarme (si es que se le puede llamar enseñanza al proceso de mostrarle dos caminos a alguien, so pena de recibir una tortura eterna si elije el equivocado) los principios básicos del cristianismo.

Aprendí, pues, que Dios era el bien supremo, el Creador de todas las cosas, y que era una especie de Dictador celestial omnibenevolente que determinaría, al final de todas las cosas, a cuál de los dos únicos destinos de ultratumba iría a parar mi alma inmortal; y guiado por tales ideas supersticiosas, viví mi niñez, mi adolescencia y parte de mi vida adulta.

No fue sino hasta el noveno grado cuando recibí mi primera lección de pensamiento crítico por parte de mi primer maestro de filosofía, quien para mi fortuna, era agnóstico. La tarea era muy sencilla: sólo tenía que leer un pequeño libro de filosofía de no más de cien páginas, titulado “El Discurso del Método”, escrito por quien es considerado por muchos como el padre de la filosofía moderna, el matemático, físico y filósofo francés, René Descartes.

En el libro, Descartes hacía brillantes analogías entre las ideas y las edificaciones, ambas construidas por el ser humano, enseñando que, en ocasiones, hay que derribar los cimientos sobre los cuales fue construida una idea, con el fin de reemplazarla por ideas más sólidas y lógicamente consistentes, dando como resultado una edificación compacta y resistente a toda clase de sofismas. Ese fue tal vez, el pequeño copo que terminó convirtiéndose en la inmensa bola de nieve que más adelante derribaría mis fundamentos religiosos.

Esa hermosa experiencia no sólo despertaría en mí una curiosidad hasta entonces latente, sino que además me enseñaría a apreciar el valor de la lectura, de modo que a partir de allí no dudaba en buscar todo tipo de literatura distinta a la que normalmente veía en la congregación, o de la que hablaba con mis amigos correligionarios y autoridades espirituales.

Luego vendría lo que parecía ser el fin de esa tenue llama investigativa y escéptica, y sería mi iniciación en la carrera teológica. Sí, comencé a estudiar lo que a mi parecer es  la “ciencia” más absurda e inútil que pueda existir: teología.

Dije parecía, porque ese no fue el fin de mi duda, sino que, por el contrario, el conocer los profundos recovecos de la doctrina cristiana, hizo que me cuestionara aún más la necesidad de tal sistema de creencias en mi vida y en el resto de las personas, y si de verdad era tan bueno como hasta entonces lo creía. Escudriñar los relatos bíblicos del Génesis como el del Diluvio Universal, la Creación Divina, la diversificación de las lenguas como un castigo a la rebeldía ideológica o conocer el mítico proceso de concepción del famoso decálogo bíblico (los Diez Mandamientos) y la legislación judía, socavaron aún más la fisura que desestabilizaba la integridad estructural de mi fe, conduciéndome a mi primera “crisis espiritual”.

Al cabo de un tiempo (más exactamente tres semestres y medio) y luego de haber rumiado cada pasaje, cada libro de historia bíblica, de teología sistemática, de escatología y de hermenéutica, llegó el colapso. La enorme cantidad de inconsistencias, contradicciones, inmoralidades y errores contenidos en ese libro espeso de tapa rugosa y negra sintética, hicieron que la apologética fuera insostenible. Recuerdo perfectamente que, luego de pasar días enteros pensando en cada una de las inconsistencias que había descubierto, me detuve un instante a mirar hacia el cielo, y con los ojos inundados en lágrimas y media vida hecha pedazos, dije en alta y firme voz: “Dios no existe”. Desde ese día, a la edad de aproximadamente 18 años, comencé a ver todo desde una perspectiva distinta. Resultaba que ahora, si yo suprimía el personaje imaginario de cada relato bíblico y de cada testimonio creyente, no quedaba más que la acción de la naturaleza humana. Había entendido que en toda mi vida, jamás había visto un solo milagro, y que cada manifestación sobrenatural que había creído experimentar, no se trataba más que de una sucesión de eventos fortuitos y naturales que podían ser explicados de forma absolutamente racional y si recurrir a fantasías milenarias, a deidades ni a ninguna fuerza sobrenatural.

De nuevo, como suele ocurrir en las historias biográficas, todo se percibe muy fácil y hasta inmediato, pero nada podría ser más simplista y lejano a la realidad, que tal afirmación. Lo peor vino cuando mi adoctrinamiento, empecinado en sujetarme entre sus garras, trató de salir a flote. Los sofismas y los argumentos comenzaron a aparecer por doquier. Una cruenta guerra entre mi razón y mi resistente fe comenzaba a librarse en mi mente. Mientras yo casi no tenía influencias externas que me ayudaran a refutarlas, sí tenía otras influencias que las sembraban en mí: mis padres, mis pastores, mis amigos, las circunstancias. Todo parecía venirse sobre mí, porque claro, toda la vida había vivido en un mundo acondicionado para los creyentes y en el que las dudas del ateísmo no tenían cabida… Y cedí.

Casi a regañadientes acepté un par de falacias (como la apuesta de Pascal o el “fine tuning”) y traté de convencerme de que mi intento por liberarme de las cadenas del dogmatismo no había sido más que un capricho de rebeldía similar al de la humanidad y la Torre de Babel. Luego de un tiempo, me arrepentí por haber tenido tal pataleta existencial y volví atrás para sumirme de nuevo en el oscurantismo, pero ya no había marcha atrás, ya nunca más iba a olvidar aquella luz que había visto durante unos breves instantes al salir de mi caverna.

Todo el asunto de la crisis habría quedado atrás como un simple desliz pecaminoso, de no ser porque la realidad de nuevo me dio un duro golpe, y comprendí que creer en cuentos de hadas no iba a resolver mis problemas reales. Mi situación sentimental y algunas malas decisiones que tomé en esa etapa oscura, me hicieron reflexionar y darme cuenta de que ningún ser sobrenatural iba a salir en mi ayuda por más que yo quisiera que eso pasara, porque la realidad es como es, sin importar nuestras creencias o convicciones personales. Entonces comencé a buscar otras fuentes de conocimiento, que me ayudaran a comprender la realidad; fuentes que alimentaron de nuevo mi escepticismo. Fue entonces cuando conocí los círculos ateístas y me uní a ellos. Sus integrantes resultaron ser personas amables, cálidas y realistas que alumbraban como faros y me guiaban a través de la niebla de la duda. Esta vez el proceso no fue tan traumático. No hubo lágrimas. No hubo dolor, solo aprendizaje.

Me adapté poco a poco a mi nuevo ambiente y conocí aún más y mejores fuentes de conocimiento y experiencia que me llenaron de valor y decisión. Conocí a un contundente y asertivo Richard Dawkins, a un experimentadísimo y brutalmente sensato Bertrand Russell, a un ácido y mordaz Matt Dillahunty, a un grandioso y apasionante Carl Sagan, y lo más importante: a la comunidad atea de Colombia.

Mis nuevos amigos me enseñaron que sí hay vida después de la fe, y que la razón es la mejor herramienta que tenemos como especie para resolver nuestros problemas. No en balde gracias a la razón (y en gran parte a la aleatoriedad del universo y sus procesos), llegamos a convertirnos en la especie dominante del planeta, y a pesar de que aún nos falta un larguísimo camino para alcanzar la homogeneidad moral y resolver todos nuestros conflictos sociales, políticos e ideológicos, puedo decir libremente y lleno de orgullo que soy ateo y que me siento feliz de ser un extraño pero fascinante producto del azar y las circunstancias, que no dependo de nadie más que de mí mismo para ser feliz, y que a pesar de vivir en una diminuta partícula suspendida en enorme vacío del cosmos, no hay mejor vida que la única que tengo aquí en la Tierra.

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Acerca del Autor

Andrés Ibáñez (Satírico)

Contador de historias, amante de la poesía y el buen periodismo. Coleccionista de tatuajes. Polvo de estrellas. Un pedazo de universo sapiosexual. Móvil: 3003005089

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