Recuerdos en una EPS

327

Cuando   me   desperté, ella estaba  sentada frente  al computador.

Por: Ubaldo Manuel Díaz

Padre Ubaldo Díaz

Un silencio reinaba en la sala. Habían pasado 10 ó 20 minutos desde que había entrado.  Cuando abrí los ojos por segunda vez, seguía digitando y atendiendo sin mirar a un hombre de conversación agitada que hacía un reclamo sobre una remisión, nos miraba reiteradamente buscando aprobación. Finalmente gruñó y se sentó furioso. La mujer sin mirarlo buscó su nombre en un fichero.

– ¿Usted está afiliado a una EPS o IPS – le pregunta? – El hombre sin levantar la mirada murmuró: “De que sirve estar afiliado a una cosa o la otra, si todas son la misma mierda, estas EPS han dejado más muertos que la misma guerra”. – La mujer no se inmutó – Hubo un silencio largo, triste, la mirada de los que estábamos en la sala buscaba un sitio dónde fijarla. Ahí en esas desnudas paredes, pendía atrapado de un cajón de rejas negras, un televisor mal sintonizado, en una franja infantil.

Era una mujer de unos 25 años, silenciosa, de modales y hábitos finos, alta estatura, ojos negros y tristes, enfundada en un saco de líneas negras y amarillas parecida a la extinta abeja maya. Su cabello recogido un un adorno blanco de felpa simulando las orejas de un conejo le daba un aire de conejita semejante a esas del emporio  de la revista Playboy. Debajo del escritorio se consumían dos varitas de incienso que inundaban la sala. La mujer seguía ahí, escribiendo, tecleando o “chateando”, la verdad poco me importaba lo que  hacía y no era mi intención averiguarlo por el fuerte dolor que me agobiaba. Por el mismo pasillo había otras salas que tenían inscrito: “sala de partos”, “sala de neonatos”.

La sala donde estábamos podría haber sido bautizada ‘La sala del dolor’: Un niño lloraba, una mujer gemía, el hombre de la fallida remisión sentado en una silla evocaba algo en su memoria, refunfuñaba y cerraba los ojos. Dos mujeres para que el tiempo transcurriera, cotorreaban historias, una de ellas le contaba   a  la otra sin ningún pudor las infidelidades de  su marido, de cómo  lo había pillado…… otras dos hablaban y se lamentaban de lo siempre, lo pésimo de los servicios de la salud, de la tragedia que es ir a uno de esos sitios a pedir una cita médica. Perdí la noción del tiempo. Al despertar nuevamente estaba acostado en una camilla, por mi lado pasaban enfermeras que me sonreían pero ninguna me decía nada, al cabo de una hora apareció una mujer enorme enfundada en un uniforme blanco parecido a un kimono, tuve la sensación de estar frente a un bonzo japonés.

Era una enfermera  que parecía tener una larga experiencia, inmune al dolor de los demás, que lo han visto todo dentro de las frías paredes de hospitales y clínicas: ya no las sorprende nada… Se comunicaba por medio de gruñidos, mientras me canalizaba con una reluciente jeringa le pregunté algo y su respuesta fue otro gruñido, un sonido gutural. De un pequeño giro empujó la camilla que chirriaba conmigo a cuesta  y  sin  proferir palabra  la empujó  no  se para  dónde.  En ese recorrido vi  nuevamente a  la conejita de  playboy que  miraba  como “posesa” hacia la calle completamente desierta, escuchaba en un diminuto parlante la canción “work” de Rihanna. Se entretenía insertando “memos” en un filoso y agudo   pisa  papel   donde   estaban   los   nombres   de   los pacientes   que   íbamos desfilando ese día. “Lastima pensé”. Que esta mujer no hubiese sido descubierta por Hugh Hefner, el  mismo tío “Hef”, como cariñosamente le llamaban sus “pupilas” enfundado en su eterna bata de seda; sin duda, hoy estaría en la portada de la revista de entretenimiento para adultos más famosa del mundo o conduciendo un porsche por Beverly hills arrastrando los recuerdos del lascivo Hef.

En ese corto recorrido donde la enfermera tiraba de la camilla, vi una anciana con  ojos   de   terror como  si  estuviera  en  la   antesala   del purgatorio mirando con ansiedad la habitación 202 que en cualquier momento se abriría. Afuera a través de la enorme puerta de cristal la calle permanecía vacía, el sopor era intenso, un vendedor de paletas la cruzaba perezosamente. El paisaje se había coagulado, parecía una postal madrileña. En esa reverberante calle como salido de la nada emergió un hombre   con   cara de loco armado hasta los dientes; guardia de una trasportadora de valores que custodiaba a otro que introducía fajos de billetes  en un  cajero electrónico. A los   pocos minutos apareció de la nada un diminuto y tímido transeúnte, miro a todos lados, introdujo una tarjeta en el dispensador de dinero y salió apresuradamente.

No era una simple coincidencia que los que estábamos sentados en esas sillas: la sala de una E.P S. la abuela de los ojos de terror, el hombre del reclamo que ahora estaba más calmado y permanecía de pie absorto mirando la calle vacía. Cuando entró una   niña  en   silla   de   ruedas   conducida   por   su madre, nos sonrió a todos y siguieron hacia el 203. Apareció  un hombre joven que por su atuendo sería un médico. No le dijo nada a nadie, se paró   frente a  la  conejita,   que permanecía ensimismada metida en los pentagramas de Rihanna.  Percatándose que estaba distraído sacó su celular androide queriendo   encontrar   una   respuesta,   chasqueo   sus dedos   varias veces y musitando   dijo para sí: ¿para dónde iba yo? ¿Para dónde iba yo? – ah ya-  como encontrándose a sí mismo caminó presuroso y se perdió al final de un  pasillo que decía maternidad. ‘Cuando fui llamado al 204 estaba sentada en una poltrona giratoria la profesional de la medicina que me atendería ese día, de la cual, ni siquiera de su rostro quiero acordarme. Mientras me  buscaba en el sistema, escruté con la mirada de un lado a otro la habitación, a mi espalda yacía un enorme esqueleto humano en una lámina de plástico que me miraba. Al frente pendía un afiche con una enfermera con cara de modelo y su dedo índice cruzando los labios indicando silencio.   Como   en   una   sala   de interrogatorio de esos de la guerra fría empezaron las preguntas de rigor: ¿nombre?… ¿edad? ¿Algún antecedente de?… La mujer seguía con el interrogatorio sin mírame, mientras el esqueleto a mi espalda seguía silencioso mirándonos ahora a los dos.   La profesional me hizo recostar en un sillón parecido al de los sicoanalistas. Me invitó a que repitiera las vocales: A- A-A- Que hiciera lo mismo una y otra vez  con el número 33. Luego, auscultándome   de   un   lado   a   otro   como   a   un   ladrón   al   que   le encuentran algo…  por primera vez me miró a los ojos y sentenció: – fue una sentencia inapelable- ¡no le encuentro nada! Sin embargo, le voy a enviar acetaminofén.

Cuando cruzaba la enorme puerta de vidrio escuché a mis espaldas: ¡Mariela Martínez!  La abuela de los ojos de terror se levantó de la silla impulsada como por un resorte y se respondió a sí misma: ¡sí, soy yo! La vi por última vez cuando desapareció abruptamente por la puerta 202. Ya había atravesado por completo la enorme puerta de vidrio que me vomitaba en medio de la calle solitaria donde el paletero seguía sonando su campanita… Con el malestar general a cuestas me senté en la acera de enfrente y vi salir a la niña discapacitada sonriendo que venía acompañada por su madre. Al verla, curiosamente me reconcilié nuevamente con la vida.

  • Ubaldo Manuel Díaz,Sacerdote. Premio nacional de cuento y poesía ciudad Floridablanca. Email:sinuano1817@yahoo.es

 

Compartir.

Acerca del Autor

Chachareros

Chachareros es una invitación a que todos nos envíen sus artículos. La Cháchara los recibe con gusto

Los comentarios están cerrados